viernes, 24 de febrero de 2017

Cartas a Uve. El valor de la vida (I)

Hoy vengo a explicarte lo que entiendo por vida. Al menos lo que creo entender, pues se trata de uno de estos conceptos que no te quedan nunca claros del todo, que se reformulan a cada paso, y sobre los que se dice de todo y no todo cierto.

La vida para algunos es el valor máximo, para otros un don divino, para muchos una mera casualidad. Para mí quizás sea una combinación de esos tres aspectos, evitando lo divino y apostando por lo natural. La vida brota de la naturaleza, y desde mi punto de vista, solo a ella nos debemos. Cuando estabas en mi barriga leí en un libro que la misma energía y fuerza que hacer que un bebé surja de la unión de dos células, y que luego crezca, nazca, y llegue a ser persona, es la misma energía y la misma "magia" que hace que crezcan los árboles, que nazcan las flores, que bulla la sangre por nuestras venas a traves de espasmos eléctricos autoproducidos. Por supuesto hay razones científicas para todos estos fenómenos, pero no me dirás que algo de magia sí que se observa cuando atendemos a la vida con mayúsculas, a lo natural, a lo más primigenio, a aquello que nosotros, los seres humanos, no hemos puesto ahí ni hemos provocado.

Eso es lo que tu madre entiende por "vida". Un todo del que todos formamos parte. Por eso devociono la naturaleza como otros lo hacen a sus dioses. Por eso soy una ecologista convencida y practicante, porque ese es mi único dios, la energía que se ha convertido en mí, en ti, en nuestras personas queridas o en las desconocidas, en la naturaleza que nos rodea y en todas sus particulares manifestaciones a lo ancho de este -todavía- precioso planeta del que somos un ínfimo elemento. Creo que nuestras manifestaciones físicas se dan en un tiempo determinado y durante ese tiempo somos personas, y nos llamamos Cristina, o Pedro, o Pablo, o Uve. Y después, cuando nos marchamos de esa situación corpórea, pasamos a formar parte de nuevo del todo, de la infinidad cósmica, llámalo equis.

Hay muchas cosas que dudo sobre la vida. No tengo respuestas para las típicas preguntas de quienes somos o de dónde venimos, pero sí estoy convencida de que la vida es un regalo, aunque yo personalmente, no sepa de quien. Creo firmemente que todos tenemos derecho a luchar por hacer de nuestro espacio de existencia el lugar más fécil que podamos, siempre que no dañemos con nuestras pretensiones. Y me encanta cuando observo a la gente creyente, que ha canalizado estas dudas que todos tenemos y les ha dado respuestas que yo no comprendo, me encanta cuando lo hacen desde el respeto a los demás a dudar, a negar, a cuestionar. Me encantan también los ateos, tan seguros de su seguridad, tan científicos, tan combativos. Me encanta la gente que no sabe qué pensar sobre la vida, pero que la respeta y escucha de aquí y de allá para acabar hecho otro lío de los grandes. Me encantan todos y me encanta el debate sobre el origen de la vida, pero creo que es secundario respecto al debate principal: el valor de la vida.

La vida, ¿qué vale? Un creyente te dirá que no la posee, que es de su dios y que por eso su valor es supino. Un ateo te dirá algo como que el valor de la vida depende de facto de factores sociales o económicos. Un idealista te dirá que todas las vidas valen lo mismo pero, lamentablemente, el telediario se encargará de demostrarte todos los días que eso no es cierto. Cada loco con su tema en esta jauría de debates. Todos con un poco de razón. Todos con un poco de engaño.

Desde los ojos de tu madre no puede haber ninguna vida que valga tanto como la tuya. Pero no eres hija de todos, no todo el mundo percibirá tu vida como el valor definitivo. Habrá quien no tenga problema en hacerte daño, en pasar por encima de ti o de quien haga falta pensando que su propia vida es el valor máximo. ¿Cambia la vida de valor según quien la observe? ¿Según desde dónde se observe? Pues lamentablemente, así parece. No valoramos igual la vida de los animales o la vida natural que la vida humana; y en la propia vida humana hacemos diferenciaciones: verás que quien se escandaliza ante un aborto olvida al instante las últimas imágenes de niños refugiados malviviendo y condenados en campos de concentración; o que demostramos sin pudor y a los cuatro vientos que las vidas de Europa parecen no valer lo mismo que las vidas de Siria. Yo trato de convencerme todos los días de que no somos tan necios o tan malvados -especialmente los ciudadanos del lado acomodado del mundo, como lo somos nosotras- pero cada vez se me hace más difícil ante las crueles evidencias que todos dejamos como un reguero de miseria.

Si a lo largo de todas estas observaciones he llegado a alguna conclusión, es que el valor de la vida es relativo a los ojos de los humanos. ¿Es esto cruel? Seguramente. ¿Hipócrita? Desde luego. Pero es la única explicación que se me ocurre, y por otra parte es algo que seguro poca gente reconocerá.

Para mí también es relativo este valor. Desde mi punto de vista el valor de una vida viene denotado por dos aspectos: la inocencia en primer lugar, y esta dura poco. Por eso creo que los niños y las niñas sois sagrados, si es que hay algo que considero sagrado. La inocencia da valor a una vida porque añade la incapacidad de dañar, y eso siempre se merece un respeto, al fin y al cabo es una manifestación de la bondad. Por desgracia, la inocencia dura más bien poco. A partir de ahí, escojemos nuestro propio camino y con él, el valor que tendrá nuestra propia existencia. Cada vida será valiosa en tanto en cuanto sea positiva, aporte, ayude a crecer y a mejorar. Si la elección va más en la dirección de dañar, de matar, de violar, de destruir, entonces, no tengo duda alguna de que esa vida tiene un valor mucho menor. Y en esto, como en todo, también hay relatividad, porque podemos mejorar, podemos reinsertarnos, podemos darnos cuenta de nuestros errores -que hay errores, y "errores", claro está- pero quien opta por el daño, opta por que su presencia sea, objetivamente más prescindible que quien elige el camino del buen rollo y el respeto.

Ojo, con esto no quiero decir que me cargase a todo el que yo considere dañino, porque ni mi criterio sobre el daño es universal, ni pretendo erigirme como baluarte de las buenas conductas, precisamente yo, que tropiezo quince veces con la misma piedra y a veces lanzo la misma a quien menos lo merece. Solo pretendo ayudarte a reflexionar sobre qué vale la vida y los tipos de vida: la vida humana, la natural, la animal. ¿Cómo valoramos los árboles que crecen a nuestro alrededor, que también son vida? ¿La vida de los animales que fueron la carne que nos comemos? ¿Y la de nuestras mascotas? ¿Y la denuestros muertos? ¿La de quien vive del cuento y roba a su comunidad pero aparece como un triunfador definitivo porque su vida "vale" mucho dinero? ¿La del pequeñín que llega en patera a nuestras afortunadas costas buscando un futuro mejor?

Y ahora que ya tienes otro meollo mental fenomenal generado por las ralladas de tu madre, como a todo esto no le vas a encontrar explicación sencilla y menos aún resumida en un artículo de dos páginas, te invito a que observes tu propia vida y le des el valor que consideres. No vayas a cometer el fallo de mirar las cosas materiales que posees, que son muchas, porque eso es una lotería y nacer aquí o allá es como que te toque el gordo. Mejor piensa en los valores que te rodean, en el amor que te da tu gente querida, en la atención que te prestan y en la que prestas tú. Y cuando seas un poquito más mayor, mira un poco más lejos. Observa los problemas que te afectan y los que no, y pon tu vida al servicio de todas las causas que consideres justas. Dedícate a mejorar un poquito este mundo que te hemos dejado sin hacer daño a nadie ni a nada. ¡Hay tanto por hacer! Con esa actitud, te garantizo una cosa: no podrás equivocarte, estarás añadiendo irremediablemente valor a tu vida si la vives desde el amor, desde el respeto, y desde la solidaridad.

¿Parece fácil, verdad?

Tanto como explicarte el mundo en unas pocas palabras. Nada fácil.

Pero aún nos quedan páginas, aún cartas, aún esperanza... :)

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