jueves, 21 de septiembre de 2017

Cartas a Uve. La Democracia.



Hay una cosa que me da realmente miedo, querida Uve. Quizás dos cosas. Que no comprendas lo que significa “democracia”, y que no quieras asumir tu papel activo respecto a ella. 

Dicen que tú y yo vivimos en una sociedad democrática, tanto a nivel nacional como supranacional. Yo no lo tengo muy claro. Y no es porque me considere una antisistema radical contra toda forma de orden y gobierno, sino porque no entiendo dónde reside el poder final de esta sociedad que habitamos. O si lo entiendo y no me gusta, y no identifico el actual proceso institucional con valores democráticos. Aún así, a título personal, me considero una demócrata convencida, pero a mi manera. Porque no es lo mismo declararse demócrata en España, en Francia, en Venezuela, en Estados Unidos… Las implicaciones sociales del término son muy diferentes en cuanto cruzas una frontera. 

Por eso yo no he venido hoy a rallarte con acepciones sociales del término. Vamos a hablar de democracia como a mí me gusta hacer las cosas, desde el corazón. 

Si nos vamos al diccionario, nos dirá que la democracia es la “forma de gobierno en la que el poder lo ejercen los ciudadanos”. Hasta ahí, todo muy lindo. Cuando nos metemos en el “cómo” ya la cosa cambia. ¿Quiere esto decir que nuestro papel como ciudadanas rasas es el de votar cada cuatro años a nuestros representantes a esperar a que –con suerte- hagan aquellas cosas que dicen que van a hacer en períodos electorales? Sólo el hecho de tener derecho a voto, ¿nos convierte en un país democrático? 

No me malinterpretes. El derecho a voto es irrenunciable y sagrado. Ha costado muchas vidas y si no existiese, habría que inventarlo. Desde luego sin él, no hay democracia pero, ¿es suficiente? 

Desde mi punto de vista, la democracia no es una forma de gobierno, sino que es un valor y un convencimiento que cuando se convierte en colectivo, da como resultado una forma de gobierno. Es una manera de entender el mundo partiendo de la base de que todas las voces importan y de que todas las personas somos iguales en derechos, en valor, en responsabilidad. 

La premisa básica sobre la democracia es que el gobierno de la mayoría es su máxima expresión. Me gustaría que entendieses que eso solo es así si la mayoría es real, es decir, si se ha pronunciado una mayoría significativa de personas. Ha habido muchos gobiernos en la historia de la humanidad que se han hecho llamar demócratas sin contar con una mayoría real, ni tan siquiera significativa si atendemos a las abstenciones. 

¿Son los abstencionistas una pandilla de irresponsables que no tienen derecho a quejarse de lo que pasa en su sociedad por no querer participar de las decisiones colectivas? Pues como todo en la vida, esto tampoco es blanco ni negro. Las personas que, viviendo en una democracia, deciden no participar de las decisiones oficialistas de la misma por diferentes motivos, pueden ejercer sin duda sus derechos fundamentales exactamente igual que aque que sí vota. Y estos derechos fundamentales muchas veces nos llevan a ejercer otras formas de democracia que a veces, son más democráticas y denotan actitudes más comprometidas con la democracia que la de aquel que se pasa por la urna cada cuatro años y el resto del tiempo se olvida. 

Cuando hablo de otros ejercicios democráticos me refiero a muchos: a manifestarse colectivamente por lo que se considera justo, a movilizar a quienes piensan de determinada manera para defender pacíficamente su posición, a recoger firmas, presentar iniciativas institucionales, hacer propuestas, trabajar de forma comunitaria por mejorar nuestro entorno, dar voz a quienes no la tienen, incluso quejarnos de nuestros representantes abiertamente si no están a la altura de la ciudadanía que les elige. 

La democracia no va de ganar o perder, se trata de que todas ganemos. Por eso nunca dejará de sorprenderme cuando el partido de turno “gana” las elecciones y lo celebra como si de una nochevieja se tratase. ¿No se dan cuenta? Les acaba de caer encima el enorme peso de la democracia, la gigantesca responsabilidad de gestionarla mirando por todos y todas. Es una tarea tan tremendamente importante que saltar en un balcón me parece de una frivolidad preocupante, máxime si tenemos en cuenta en el lamentable estado en el que van dejando en nuestro país, gobierno tras gobierno, una democracia que ya nació maltrecha. 

Pero no hablemos de nuestro caso, Uve. Miremos a la democracia de frente y no le pongamos colores ni etiquetas. Es el gobierno de quienes creemos en la libertad y en la igualdad. Y para respetar la igualdad y la libertad del otro hay que hacer un ejercicio básico y demasiadas veces pasado por alto: escuchar. Ser demócrata exige capacidad de escucha. Aunque ganes las elecciones, aunque sea con mayoría absoluta, aunque quien hable sea una minoría aparentemente irrelevante, si eres un demócrata convencido, te importará lo que todo el mundo tenga que contarte. Sabrás responder a las necesidades de tus conciudadanos con honestidad, desde las instituciones, desde la calle, desde tu puesto de trabajo, en tu hogar, en todos los contextos. 

Democracia es justicia, comprensión, solidaridad. Es ser capaz de renunciar a algunas cosas por el reparto equitativo. Es comprender que pagar impuestos es un acto de responsabilidad social y de solidaridad ciudadana. Ejercer democracia es hacer efectivo el respeto de una sociedad por sí misma, y el compromiso que tiene por su propio avance hacia el bienestar colectivo. 

No te dejes engañar por quienes enarbolan la bandera de la solidaridad pero no escuchan, pero mienten a su pueblo, pero ejercen el poder por la fuerza, pero no son capaces de salir de sí mismos. Las personas que se comportan así nunca podrán representar valores democráticos, aunque se aprovechen para ganar dinero de las instituciones de países que dicen –o que quieren- serlo. Ellos están ahí, diciendo que representan a un pueblo, pero solo se representan a sí mismos y a quienes a ellos les sostienen en las esferas de poder. 

A veces, hay que mirar a sitios que parecen poquita cosa para ver democracia. Un equipo de trabajo de cualquier materia que se reparte las tareas compensándolas según sus capacidades. Un grupo de escolares que elige a mano alzada si quieren jugar a fútbol o a baloncesto y una profesora que decide que hoy jugarán a lo que diga la mayoría, y mañana la minoría tendrá su rato de juego. Un padre que reparte con exactitud la merienda de sus hijos, porque sabe que hay cosas con las que no se juega y la comida es una de ellas. Una comunidad que bloquea el desahucio de un vecino porque defiende un derecho irrenunciable de su Constitución. Una señora que escribe “ladrones” en la papeleta aunque sabe que así su voto no será contabilizado. 

Comprometerse con la democracia es comprometerse con todas y con todos. Es ponerse del lado del bien común y de la justicia. Es saber que la ley no tiene por qué ser justa y que desobedecer ante una injusticia flagrante puede ser, también, un acto de democracia. Piensa que los dictadores también emiten sus leyes, y no se nos ocurriría afirmar que la legislación del franquismo era precisamente democrática. Democracia no es subyugación, no es dominio de unos sobre otros, no es callar la boca y esperar cuatro años. Democracia es saber y convencerse de que la historia la hacen los pueblos y de que solo su voz colectiva es la que importa, con todos sus colores, con todas sus formas, con todos sus matices.  

Deja que tu concepto de Democracia salga de las paredes de parlamentos, senados, e instituciones. Empéñate en conocer a quienes contigo comparten sus días. Acércate a todas, pregúntales qué quieren, qué necesitan, qué les preocupa. Entérate de cómo viven todos. Compréndelas a todas. Y solo entonces tendrás la clave, la llave que abre la puerta de esa idea de justicia social que nace de la empatía entre seres humanos. Eso es democracia, al menos para tu madre. Vivir con conciencia de que soy importante, pero no más que nadie; de que soy útil, pero nunca sola; y de que soy responsable de lo que sucede en los días que habito.

martes, 5 de septiembre de 2017

Cartas a Uve. El precio y el valor.



Si consiguiera que diferenciases rápido y bien estos dos conceptos, qué feliz sería, qué tranquilidad me daría, qué buen sendero estarías eligiendo para observar con cierta distancia el circo capitalista. 

Soy consciente del mundo al que te he traído, de la civilización que habitamos, de sus motores y de sus combustibles.  Y me preocupa que los conozcas para que el teatro mundo no te engañe más de la cuenta. Lee esta carta, querida Uve, cada vez que dudes o creas confundir lo que vale algo de lo que cuesta. Y si después aún dudas, no te olvides de observar tu corazón, pues el valor, que es lo único importante, reside ahí mismo. 

El precio tiene una importancia capital en los movimientos de la historia, de las sociedades y de los individuos. El valor… Creo que el valor muchas veces no se comprende. Y me duele que se confunda una cosa con otra, porque evidencia nuestra frialdad y capacidad calculadora por encima de nuestra capacidad de sentir. 

Poner precio a algo, no es valorarlo. Hija. Métete eso en la cabeza. En todo caso, es tasarlo. El precio son números: sumables, acumulables, divisibles, multiplicables, pero solo eso. Cifras. El valor es más abstracto. El valor es el termómetro de la importancia vital de una persona, de una vida animal o vegetal, de un ecosistema, incluso de algunos objetos. 

Normalmente lo que más valor tiene, no tiene precio. 

¿Qué precio le pondríamos al aire que respiramos? ¿Y al sol que cada día nos manda sus rayos de vida? ¿Podrías tasar la sensación de compartir tiempo con las personas que quieres? ¿Cuánto pagarías por un recuerdo feliz? ¿Qué billetes aceptarías a cambio de una de tus convicciones más profundas? ¿Tienes algún objeto que no cambiarías por nada del mundo? Si esta última respuesta es un sí, pregúntate a ti misma, por qué ese sí. Sobretodo, si no has encontrado respuesta para las preguntas anteriores.

Espero que sea un sí de corazón. Un sí que nazca de que algo te remueve por dentro solo de pensar en perder ese “algo”. Que también puede ser un “alguien”, un momento, un entorno, una oportunidad. Ese instinto de conservación de las cosas que te importan, es el valor que les das. No hace falta que tengan un alto precio en tasación. El valor es irreductible a números, es inmune a las matemáticas.
A ver si consigo que lo entiendas. El valor es un recuerdo imborrable. Una experiencia irrepetible. Una persona especial. Alguien  a quien amaste. Una infancia feliz. Una abuela irrepetible y las pocas cosas materiales que dejó tras su último viaje. Un paisaje de ensueño. El aire que respiramos. Los animales que acompañan el poco equilibrio que le queda a la naturaleza que habitamos y que nos da la vida. El valor siempre va de la mano de las mejores cosas de la vida. 

Cuando un objeto material tiene auténtico valor, es porque ha estado ligado de forma muy especial a la vida. Por eso no queremos perder, por ejemplo, un regalo especial que nos hicieron, porque en él está impreso el amor de una persona hacia nosotras. Por eso seguimos guardando ese juguete roñoso que nos recuerda que una vez, fuimos felices niñas.  Por eso sufrimos si perdemos algo de alguien que ya no está, por irrecuperable, porque parece que ese pequeño aliento de recuerdos que nos da esa “cosa” se pierde un poco más con ella. Ese es el valor. Al menos, así lo entiende tu madre. Ojalá quieras entenderlo también tú así, y aprendas a valorarlo todo desde la felicidad que aporte a tu vida. 

Hay quien te dirá que todas tenemos un precio, refiriéndose a las personas. No les creas. Muchas lo tienen. Otras no. Procura rodearte de éstas últimas. De personas de valores y que sepan valorar y no poner precio. Porque insisto. No es lo mismo. No es ni parecido. Vivimos en una sociedad tan podrida que tendrás que ver como unas personas compran y venden a otras, como algunas incluso lo justifican. Como se pretende poner precio hasta a los rayos de sol. Como se confunde una y otra vez lo valioso con lo caro, y como demasiado a menudo detrás de lo más caro y opulento hay una brutal falta de valores. Diamantes de sangre. Minerales impregnados de muerte en nuestros teléfonos móviles. Brutalidad y maltrato animal tras los manjares más exclusivos. Coches de lujo que además, son los más contaminantes. Y millones de seres humanos que aún prefieren acumular y no valorar. Que miran hacia otro lado aún sabiendo que hay precios que no deberían pagarse, por cordura. No seas de ellos, hija. Apuesta por dar valor a las cosas que lo tienen e ignora los cantos de sirena del consumismo y las falsas promesas del capitalismo depredador.

El precio solo va de la mano del dinero. Y el dinero no vale nada. Ni siquiera el que ganas trabajando porque, ¿sabes? Esas monedas y billetes, o esa cifra que asciende en la pantallita de un cajero automático, de por sí, no tienen valor. No lo tendrían sino porque simbolizan tu esfuerzo, la recompensa a tu honradez y a tus ganas de ganarte la vida y a disfrutarla. El valor del dinero no es el billete ni lo que puedas comprar con él, es lo que significa: dignidad y nobleza si se gana limpiamente. Vergüenza y desfachatez si se obtiene por malas artes o si llega sin esfuerzo. El dinero es una herramienta, aunque también es una energía que a mí no deja de parecerme algo turbia cuando observo cuántas veces es capaz de sacar lo peor de las personas. No busques dinero en la vida, hija. Ni nada que lo simbolice. Busca darle valor a tu existencia, y utiliza el dinero como la herramienta que es, pero no lo idolatres, ni lo acumules, ni mucho menos te jactes de él. 

El dinero va y viene. Los precios suben y bajan. El valor es para siempre. Quizás por eso los banqueros y economistas quisieron apropiarse del término, para que una cosa que no vale nada, pareciera tener valor. Pero olvídate, Uve. La vida, es otra cosa. Los valores son patria y bandera, construcción personal, y refugio. Acumula valor y valores en tu vida y deja que te ayuden a crecer como persona. Cuídalos y defiéndelos siempre y no cometas el error de venderlos ni ponerles precio. No vaya a ser que le demos la razón a los idiotas que se creen que se puede reducir a números lo que solo de corazón entiende.

jueves, 24 de agosto de 2017

Cartas a Uve. Cumplir años.

Que los años pasan no es ninguna sorpresa ni un gran descubrimiento que haya venido yo a hacerte, Uve. Pero es así. Pasan y pasan. No siempre al mismo ritmo, pero si en el mismo tiempo. Cuando hayas pasado unos cuantos y tengas una perspectiva un poco más amplia, verás que un verano puede durar lo mismo que un año cuando se es niño y el calor es un regalo para el alma, o cuando los primeros amores de juventud se funden con largos atardeceres estivales, rojizos y ardorosos. Verás que, al pensarlo al cabo del tiempo, ese mismo verano que fue eterno parecerá breve como una única semana. Observarás que los inviernos siempre parecen más largos de lo que realmente son, que cuando llueve, parece que va a hacerlo siempre, y que la nieve a veces tiene el poder de reconciliarnos con la estación más hostil. Cuando recuerdes las primeras veces que viste nevar, o que jugaste en la nieve, seguro que el invierno te parece más hermoso y amable. Ya verás, hija, que la primavera siempre tarda, pero finalmente llega. Que trae la hermosura más exhuberante de la naturaleza, y la pone frente a tus ojos para recordarte que vives en un mundo hermoso que siempre renace. Verás que el otoño trae nostalgia, pero es breve, y aunque de joven no seas capaz de apreciarlo, en tu madurez verás que probablemente es la estación más bella, con su halo suave de cálidos matices, con su aire de renovación con sabor a madera seca.

Cuando hayas vivido un buen puñado de todas estas estaciones, una y otra vez. Cuando hayas acumulado vivencias, aprendizajes, amistades y amores, decepciones, risas explosivas y amargos llantos interminables, paseos en buena compañía, bailes hasta el amanecer, resacas de vino y risas, promesas que se cumplirán y otras que no lo harán nunca, viajes cerca y viajes lejos. Cuando en tu imaginario de recuerdos haya todo esto y algo más, espero que veas claro lo precioso que es cumplir años.

Por que pasa una cosa: mientras seas una niña, será fantástico. Habrá tarta y regalos, confetti y música, y todo el mundo estará encantado de celebrar ese año que pasa cuando aún no son muchos. Pero cuando empiezas a acumular una buena cifra -que ni siquiera tiene por qué ser muy altal pues las cifras son solo eso, números- especialmente si, como tú y como yo, has nacido mujer, todo serán sarcasmos sobre arrugas, kilos de más, arroces que se pasan y demás tonterías de las que no deberías hacer el menor caso.

Las arrugas llegan para todos, también para ellos. Pero a ellos les hacen interesantes y a nosotras, viejas. Las canas les sientan de muerte, pero tú más valdrá que las tapes a conciencia con toneladas de tintes. Aún así, te intentarán convencer de que es preferible que mientas sobre tu edad. Para algunos trabajos, incluso, no se te valorará igual cuando lleves algunos años de los que consideren “de más”. No te dejes engañar por las trampas de una sociedad enferma. No lo hagas. No reniegues de ni uno solo de los años vividos. Saluda cada cumpleaños. Celebrarlo. Celebrate sin complejos y con toda la alegría. La vida te habrá regalado un año más y eso no hay crema antiarrugas que te lo pueda robar.

Aún así, lo importante no es ese día de tartas. La clave, el único secreto para celebrar cumpleaños realmente felices es haber conseguido llenar ese espacio que va desde un cumple a otro de un montón de momentazos que te hagan sonreír cuando pienses en esa etapa que cierras a golpe de soplar velas. Desde que se apaguen esas velas, concéntrate en llenar tu tiempo de cosas buenas: de risas con tus amigos, de la compañía de tu familia, de estudio y apredizaje, de búsqueda y aprovechamiento de oportunidades, de momentos de conexión en la naturaleza, de sueños cumplidos y de sueños nuevos. De sueños, siempre. Ilusiones, todas. Rendiciones, ni una. Acumula vida y deja que lleguen las arrugas, los kilos, la celulitis y todas esas cosas que llaman imperfecciones pero que solo son testigos físicos, a veces ineludibles, de un hermoso paso del tiempo que ojalá te convierta en una persona íntegra, crítica con su entorno pero también amable, combativa y sobretodo, buena gente. Eso es lo único importante. Ser buena gente. La experiencia de los años es un regalo y una oportunidad para cultivar eso mismo. 

Hace poco aprendiste a cantar “Cumpleaños Feliz” y ahora repites en bucle esa canción. Se ha convertido en tu favorita. Ojalá guardes la ilusión por esa canción mucho tiempo. Ojalá todos tus cumpleaños sean felices. Ojalá yo pudiera garantizarte que eso fuese así. Ojalá soples muchas veces mis propias velas, como has hecho este año, trayendo con tu sonrisa todas las bendiciones que ya inundan allá por donde pasas. Ojalá nunca perdieses esa mirada mágica ante unas velas que arden sobre un pastel. Por si acaso, te dejo esta pequeña reflexión en forma de texto, por si algún futurísimo cumpleaños en el que mamá ya no esté necesitas leer de nuevo que estos años que se cumplen son el regalo de la vida y que nunca han de recibirse con temor o vergüenza.

Mientras tanto, siempre habrá para ti una tarta y unas velas en nuestra casa. Las tuyas, las mías. Nuestras vidas celebradas una y otra vez. Ojalá siempre tengas ganas de cantar “Cumpleaños Feliz” como lo haces ahora. Aunque nadie cumpla años. Porque siempre, todos los días mientras estemos vivas, tenemos una vida que celebrar.

martes, 27 de junio de 2017

Cartas a Uve. Un planeta que es de todas

 En memoria de Chico Mendes


Déjame que te cuente, querida Uve, cosas sobre tu hogar. Tu casa. No es ese edificio, más bien es ese árbol. No es esa habitación, más bien es esa montaña. No son esos muebles, más bien son esas flores. No son esas paredes, más bien es ese mar. ¿Me vas comprendiendo?

La casa es una construcción, el hogar es otra cosa. El hogar es el sitio que alimenta tu espíritu y tu naturaleza, donde conectas contigo misma, donde encuentras reposo y consuelo. Y puede ser tan grande como amplias sean tus miras. La casa puede formar parte de ese hogar, pero si no entendemos que todo lo que hay de puertas hacia afuera de nuestra propia casa debería ser considerado más nuestro hogar que nada, entonces no podremos hacer el favor de cuidarlo. No te despistes ni caigas en el extremo individualismo en que vivimos anclados, según el cual cada uno cuida única y exclusivamente la parcela que ha pagado con dinero. Eso tampoco es hogar, es propiedad, y ¿sabes qué? Es un concepto inventado, y no sabría explicarte cómo es posible poseer una tierra, una montaña, una playa, incluso los rayos del sol. Nunca lo entendí.

Me gustaría trasladarte la idea de que es imposible que abarques tu hogar con los ojos. Nunca lo harás. En tu hogar nunca se pondrá el sol. Has llegado al planeta más hermoso que los humanos hemos podido intuir. Que nos da todo lo que necesitamos, incluso cuando está al límite de sus fuerzas. Estás en el más bello decorado que ninguna casa podría tener, estás en el planeta Tierra, el planeta de la vida. Ésta es tu casa. Toda ella.

Ouparás de ella espacios limitados, cambiantes. Algunos te gustarán más que otros. De otros aprenderás muchísimas cosas. En determinados parajes te encontrarás a tí misma. En otros comprenderás muchas cosas que no se explican en ningún libro. Pasea, querida hija, pasea por tu casa. Observa y disfrutala: nunca renuncies a "perder el tiempo" embriagándote de la belleza que te rodea. Quédate embelesada con las olas del mar. Trepa a los árboles y abrázalos fuertes para sentir como la vida los atraviesa. Piérdete en una montaña y grita con todas tus fuerzas. Olfatea la primavera, pinta el otoño, saborea el verano, acompaña con nostalgia la inmensidad del invierno. Y siempre, siempre siéntente parte de ello. Parte de todo.

La misma vida que fluye entre la savia de los árboles, la energía que hace que se abra sutilmente una flor, la que se manifiesta con ternuna en los primeros juegos de un cachorro de cualquier especie, es la misma madera de la que tu estás hecha. Eres parte de ésto, como lo somos todas y todos. Siéntelo, experimentalo, mézclate con tu planeta y emociónate de vivir en un paraíso como éste.

Cuando hayas conseguido esta unión, esta emoción de sentirte parte de algo tan grande, entonces podrás llorar con él, porque, aunque te lo haya pintado todo muy bonito, este precioso planeta tiene un enorme problema del que también eres parte en tanto que eres humana. Día a día, hora a hora, nuestro precioso planeta se consume por la avaricia y la sinrazón de quienes no entienden que este aire que respiran -que respiramos todas-, que ese agua que beben -que bebemos todas-, que ese tierra que cultivan, no es de nadie, y es de todos, y además no se puede comprar, hipotecar, ni pagar con billetes que de poco van a sacarnos cuando consigamos hacer imposible la vida en este planeta, todavía azul.
Lamentablemente y como pasa a menudo, vivimos en un sistema de convivencia social donde solo los seres humanos importan -y me atrevería a decir que tan solo algunos de ellos-. Lo hemos puesto todo al servicio de un ritmo de desarrollo ficticio que no puede mantenerse mucho más tiempo. Nos va la vida en ello. Ni más ni menos. No hemos sabido ver que nuestro planeta y nuestra naturaleza ya estaba a nuestro servicio, como nosotros al suyo, en un orden natural perfecto que jamás deberíamos haber alterado.

Quizás todavía no sea tarde, y por ello sea determinante convenceros a vosotros, a los recién incorporados, de que esta cuestión es importante. Quizás vosotros lo entendáis mejor y sepáis leer las señales de forma apropiada, nosotros, mi generación, parece que estamos aprendiendo el idioma del desastre natural, y no nos queda mucho tiempo. Me gustaría pensar en una generación de ecologistas "nativos" (algo así como los nativos digitales) de los que tú pudieras formar parte. Una legión de niñas y niños que crezcáis sabiendo y habiendo interiorizado desde la cuna que vuestra cruzada está en salvar el planeta que habitáis, el único hogar real que poséeis. Niños que seréis adultos que no necesitarán ir a la vuelta de la esquina en coche, que sabrán perfectamente como reciclar, pero que aún así preferirán reducir el consumo y reutilizar las cosas que utilicen, que apostarán por la energía limpia y el comercio de proximidad que mantendrán sus ciudades limpias y velarán por sus campos y sus mares, y por la sostenibilidad de los recursos que habitan en todos los entornos de nuestro planeta.

Quizás, mi pequeña Uve, vosotros seáis la última oportunidad que tengamos de sacar adelante el sueño de convivir en paz con nuestro planeta. Supongo que será todo un escándalo el día que te des cuenta de lo que hemos hecho a este precioso lugar quienes vinimos antes que tú, y lo comprenderé. Solo espero que, con mensajes como este, pueda ayudarte a posicionarte a favor del cambio, a favor de la esperanza para nuestra naturaleza y para nuestro futuro. Que trasladarte estas ideas sea otro granito de arena que pueda aportar yo a un futuro mejor para todas y todos.

Insisto. En ello nos va la vida entera.

lunes, 8 de mayo de 2017

Cartas a Uve. La madre

Esta es una carta complicada, Uve. Todo un reto. A veces es necesario tomar distancia para escribir algo meridianamente bueno y digestivo sobre temas de especial implicación sentimental. Esto lo aprendí del periodismo, y en ocasiones me resultó harto dicífil.

De la literatura aprendí lo contrario, aprendí a poner toda la carne en el asador, a impregnar cada palabra de afectividad, de sentir real, a transmitir algo más que información, a hacer llegar sensaciones y sentimientos.

Y hoy me encuentro en la tesitura de querer ofrecerte un punto intermedio entre mis dos pasiones y habilidades profesionales. Pero es que vengo a hablarte de la figura de la madre, y la implicación sentimental es total, la distancia muy corta, la afectividad total. Veremos a ver qué sale.

Para entender lo que es, y sobretodo lo que significa una madre no hace falta hablar de entrada del amor infinito (que lo hay), de la amnegación, del sacrificio. Todo esto existe en la figura materna, pero no es lo único que hay debajo de ese nombre. Tras el cartel de "mamá" hay, en términos biológicos, una mujer que gesta y pare. En términos humanos, una persona que cría, cuida, ama. ¿Te has fijado que en esos términos humanos, no es absolutamente necesario que la madre tenga sexo femenino? ¿Y que tampoco es necesario que te haya llevado en su vientre?

Hay mamás que son abuelas o abuelos, mamás que no llevaron a sus peques en la barriga, mamás que no lo son desde que sus hijos nacieron sino que se convirtieron más tarde a esa condición. Hay madres que son hombres. Madres que solo gestaron y parieron. Madres con título y sin él. Madres que no pudieron serlo. Hay madres, y madres.

No quiero liarte, pero si quiero que entiendas un poquito el mundo que habitas, será necesario hacerte un pequeño embrollo.

La madre es la autora de los días de cada uno. Es quien te entrega el testigo de la Vida de una u otra manera. Ya sea pariéndote, pasando por una cesárea en la que se juega la vida, recogiéndote en un horfanato, o incorporándote a su nido cuando la vida te da la espalda. La madre es el amor hecho persona. Y sí: es entrega, es abnegación, es -mucho- sacrificio.

Ser madre no significa ser perfecta. Mi madre no es perfecta. Yo desde luego no lo soy, y algún día te darás cuenta de ello. Mi madre es una mujer que muchas veces no ha estado en casa (como yo), por salir a trabajar o por otras cuestiones. Mi madre es una mujer que se encarga de tantas cosas que al final se ha convertido en una tremenda despistada (camino que parece que sigo yo también). Mi madre a veces prefiere descansar o salir con sus amigas que pasarse la mañana cocinando para nosotros. Otras veces se va y no nos deja hecha la cena. Alguna vez se olvidó de hacerme un bocata para el cole, o plancharme una camisa, o qué se yo... No siempre le dió tiempo a satisfacer todos los requerimientos que muchas veces volcamos sobre ellas.

Y ahora me alegro. Me alegro de que no siempre (aunque casi siempre) tuviese tiempo para mí, me alegro de que en algunos momentos pareciera que yo no fuese su absoluta prioridad (aunque en el fondo sí que lo era), me reconforta pensar que pudo hacer su vida dentro de la vorágime de responsabilidades que se te vienen encima cuando te conviertes en madre. Me gusta pensar que no todo fue abnegación para ella, que no todo fue sacrificio, que no todo fue difícil. Aunque ahora soy madre y se el reto al que se enfrentó, y sé que estuvo ahí aún cuando no me di cuenta.Y tengo claro que fue difícil.

Madres, las hay para todos los gustos, pero tienen en común una cosa: son personas. Tienen sus necesidades, quieren vivir su vida y quieren compartirla con nosotros, sus hijos. Pero también quieren echarse una buena siesta, también les da pereza tender la lavadora, quizás no les guste nada cocinar, o no sepan coser los tomates de los calcetines. Les gustaría tomarse un gin tonic en algún bar abierto hasta el amanecer sin hora de regreso, o fumar alguna sustancia ilegal y reír hasta reventar para soltar todo el estrés que acumulan. Son humanas. Y no por eso son peores madres. No nos quieren menos. Solo son humanas. Con sus necesidades, con sus dudas, con sus inquietudes, con sus proyectos y sus aspiraciones.

Cuando yo tenía unos seis o siete años, mi madre llegó un día muy feliz a casa mientras yo cenaba y me dijo, eufórica, algo que no comprendí: se había sacado el título de auxiliar de enfermería. Me sonó a chino y, probablemente, seguí zampando salchichas frankfurt mientras veía Barrio Sésamo.

Ahora tengo casi treinta años y lo entiendo perfectamente. Yo soy la segunda de sus hijos y con dos críos a la espalda, a mi madre se le había metido en la cabeza ir a mejor en su profesión, y había apostado por los cuidados hospitalarios, la que ha sido su profesión hasta hoy y el sustento económico principal de nuestra familia en muchas etapas de nuestra historia. Apostó por ella misma, y ganamos todos. Por fin entendí esa euforia, esa celebración tan merecida, ese tanto que le marcó una mujer a la maternidad tradicional.

Me da la sensación de que, escriba lo que escriba, no voy a dejarte claro lo que es una madre en unas pocas líneas llenas de letras. Supongo que entenderás lo que signifique para ti tu propia madre, como yo entiendo esa figura a través de la mía. Ese es mi particular reto. Ser a tus ojos una mujer libre, de mente inquieta, con hambre de aprender muchas cosas, con ganas de olvidar muchas otras, con mis miserias, con mis errores, con mis capacidades y mis límites, con mi pereza por tender la lavadora y mi ineptitud para coser botones. Con mi pasión por las letras y los viajes. Con mi mano inquierda. Con mi amor infinito hacia ti.

Afortunadamente, por defecto y en general todas las madres somos la mejor del mundo para nuestros cachorros. A veces pienso que no seré una madre tan estupenda como la que yo he tenido, pero como tengo claro que la mía es única, ni intento parecerme a ella. Me basta con las grandes lecciones que me ha dado y me dará sobre lo que es querer a tus hijos y hacer que se sientan queridos, respaldados, comprendidos y apoyados.

Y si el día de mañana observas a otras mamás y ves que no metieron a sus bebés en una furgo y se largaron a recorrer kilómetros con ellos, como yo hice contigo. Si ves que otras mamis no mandaban a sus niñas a la guarde un ratito antes de trabajar para tener tiempo para escribir. Si te das cuenta de que algunas madres no salen sin sus hijos, ni se van el día de la madre a tomar una cerveza con sus amigas, o que quitan mejor las manchas de la ropa de lo que yo lo hago, o pueden cocinar sin prisas. Perdóname y compréndeme. No todas las madres somos iguales. Recuerda que solo soy otra humana, perdida en un mundo que apenas comprende, tratando de ser feliz y de desarrollarse a sí misma.

Sobretodo ten en cuenta que todo lo que tenga que ver contigo será para mí terreno sagrado. Pero permíteme que no sea demasiado abnegada, que te muestre de vez en cuando mis alas de libertad. En el fondo lo único que quiero es que veas las mías, para que el día de mañana valores y defiendas las tuyas. Quizás hasta eso de ser libre lo haga por ti, a estas alturas. Porque soy tu madre. Por que te quiero. 


Y te quiero libre.