viernes, 24 de febrero de 2017

Cartas a Uve. El valor de la vida (I)

Hoy vengo a explicarte lo que entiendo por vida. Al menos lo que creo entender, pues se trata de uno de estos conceptos que no te quedan nunca claros del todo, que se reformulan a cada paso, y sobre los que se dice de todo y no todo cierto.

La vida para algunos es el valor máximo, para otros un don divino, para muchos una mera casualidad. Para mí quizás sea una combinación de esos tres aspectos, evitando lo divino y apostando por lo natural. La vida brota de la naturaleza, y desde mi punto de vista, solo a ella nos debemos. Cuando estabas en mi barriga leí en un libro que la misma energía y fuerza que hacer que un bebé surja de la unión de dos células, y que luego crezca, nazca, y llegue a ser persona, es la misma energía y la misma "magia" que hace que crezcan los árboles, que nazcan las flores, que bulla la sangre por nuestras venas a traves de espasmos eléctricos autoproducidos. Por supuesto hay razones científicas para todos estos fenómenos, pero no me dirás que algo de magia sí que se observa cuando atendemos a la vida con mayúsculas, a lo natural, a lo más primigenio, a aquello que nosotros, los seres humanos, no hemos puesto ahí ni hemos provocado.

Eso es lo que tu madre entiende por "vida". Un todo del que todos formamos parte. Por eso devociono la naturaleza como otros lo hacen a sus dioses. Por eso soy una ecologista convencida y practicante, porque ese es mi único dios, la energía que se ha convertido en mí, en ti, en nuestras personas queridas o en las desconocidas, en la naturaleza que nos rodea y en todas sus particulares manifestaciones a lo ancho de este -todavía- precioso planeta del que somos un ínfimo elemento. Creo que nuestras manifestaciones físicas se dan en un tiempo determinado y durante ese tiempo somos personas, y nos llamamos Cristina, o Pedro, o Pablo, o Uve. Y después, cuando nos marchamos de esa situación corpórea, pasamos a formar parte de nuevo del todo, de la infinidad cósmica, llámalo equis.

Hay muchas cosas que dudo sobre la vida. No tengo respuestas para las típicas preguntas de quienes somos o de dónde venimos, pero sí estoy convencida de que la vida es un regalo, aunque yo personalmente, no sepa de quien. Creo firmemente que todos tenemos derecho a luchar por hacer de nuestro espacio de existencia el lugar más fécil que podamos, siempre que no dañemos con nuestras pretensiones. Y me encanta cuando observo a la gente creyente, que ha canalizado estas dudas que todos tenemos y les ha dado respuestas que yo no comprendo, me encanta cuando lo hacen desde el respeto a los demás a dudar, a negar, a cuestionar. Me encantan también los ateos, tan seguros de su seguridad, tan científicos, tan combativos. Me encanta la gente que no sabe qué pensar sobre la vida, pero que la respeta y escucha de aquí y de allá para acabar hecho otro lío de los grandes. Me encantan todos y me encanta el debate sobre el origen de la vida, pero creo que es secundario respecto al debate principal: el valor de la vida.

La vida, ¿qué vale? Un creyente te dirá que no la posee, que es de su dios y que por eso su valor es supino. Un ateo te dirá algo como que el valor de la vida depende de facto de factores sociales o económicos. Un idealista te dirá que todas las vidas valen lo mismo pero, lamentablemente, el telediario se encargará de demostrarte todos los días que eso no es cierto. Cada loco con su tema en esta jauría de debates. Todos con un poco de razón. Todos con un poco de engaño.

Desde los ojos de tu madre no puede haber ninguna vida que valga tanto como la tuya. Pero no eres hija de todos, no todo el mundo percibirá tu vida como el valor definitivo. Habrá quien no tenga problema en hacerte daño, en pasar por encima de ti o de quien haga falta pensando que su propia vida es el valor máximo. ¿Cambia la vida de valor según quien la observe? ¿Según desde dónde se observe? Pues lamentablemente, así parece. No valoramos igual la vida de los animales o la vida natural que la vida humana; y en la propia vida humana hacemos diferenciaciones: verás que quien se escandaliza ante un aborto olvida al instante las últimas imágenes de niños refugiados malviviendo y condenados en campos de concentración; o que demostramos sin pudor y a los cuatro vientos que las vidas de Europa parecen no valer lo mismo que las vidas de Siria. Yo trato de convencerme todos los días de que no somos tan necios o tan malvados -especialmente los ciudadanos del lado acomodado del mundo, como lo somos nosotras- pero cada vez se me hace más difícil ante las crueles evidencias que todos dejamos como un reguero de miseria.

Si a lo largo de todas estas observaciones he llegado a alguna conclusión, es que el valor de la vida es relativo a los ojos de los humanos. ¿Es esto cruel? Seguramente. ¿Hipócrita? Desde luego. Pero es la única explicación que se me ocurre, y por otra parte es algo que seguro poca gente reconocerá.

Para mí también es relativo este valor. Desde mi punto de vista el valor de una vida viene denotado por dos aspectos: la inocencia en primer lugar, y esta dura poco. Por eso creo que los niños y las niñas sois sagrados, si es que hay algo que considero sagrado. La inocencia da valor a una vida porque añade la incapacidad de dañar, y eso siempre se merece un respeto, al fin y al cabo es una manifestación de la bondad. Por desgracia, la inocencia dura más bien poco. A partir de ahí, escojemos nuestro propio camino y con él, el valor que tendrá nuestra propia existencia. Cada vida será valiosa en tanto en cuanto sea positiva, aporte, ayude a crecer y a mejorar. Si la elección va más en la dirección de dañar, de matar, de violar, de destruir, entonces, no tengo duda alguna de que esa vida tiene un valor mucho menor. Y en esto, como en todo, también hay relatividad, porque podemos mejorar, podemos reinsertarnos, podemos darnos cuenta de nuestros errores -que hay errores, y "errores", claro está- pero quien opta por el daño, opta por que su presencia sea, objetivamente más prescindible que quien elige el camino del buen rollo y el respeto.

Ojo, con esto no quiero decir que me cargase a todo el que yo considere dañino, porque ni mi criterio sobre el daño es universal, ni pretendo erigirme como baluarte de las buenas conductas, precisamente yo, que tropiezo quince veces con la misma piedra y a veces lanzo la misma a quien menos lo merece. Solo pretendo ayudarte a reflexionar sobre qué vale la vida y los tipos de vida: la vida humana, la natural, la animal. ¿Cómo valoramos los árboles que crecen a nuestro alrededor, que también son vida? ¿La vida de los animales que fueron la carne que nos comemos? ¿Y la de nuestras mascotas? ¿Y la denuestros muertos? ¿La de quien vive del cuento y roba a su comunidad pero aparece como un triunfador definitivo porque su vida "vale" mucho dinero? ¿La del pequeñín que llega en patera a nuestras afortunadas costas buscando un futuro mejor?

Y ahora que ya tienes otro meollo mental fenomenal generado por las ralladas de tu madre, como a todo esto no le vas a encontrar explicación sencilla y menos aún resumida en un artículo de dos páginas, te invito a que observes tu propia vida y le des el valor que consideres. No vayas a cometer el fallo de mirar las cosas materiales que posees, que son muchas, porque eso es una lotería y nacer aquí o allá es como que te toque el gordo. Mejor piensa en los valores que te rodean, en el amor que te da tu gente querida, en la atención que te prestan y en la que prestas tú. Y cuando seas un poquito más mayor, mira un poco más lejos. Observa los problemas que te afectan y los que no, y pon tu vida al servicio de todas las causas que consideres justas. Dedícate a mejorar un poquito este mundo que te hemos dejado sin hacer daño a nadie ni a nada. ¡Hay tanto por hacer! Con esa actitud, te garantizo una cosa: no podrás equivocarte, estarás añadiendo irremediablemente valor a tu vida si la vives desde el amor, desde el respeto, y desde la solidaridad.

¿Parece fácil, verdad?

Tanto como explicarte el mundo en unas pocas palabras. Nada fácil.

Pero aún nos quedan páginas, aún cartas, aún esperanza... :)

martes, 14 de febrero de 2017

Carta de San Valentín (para Uve)


Hoy es San Valentín y tú ni te enteras. Contigo no va la cosa por el momento, aunque en algún momento de tu vida supongo que te empezará a llamar la atención cómo los escaparates se plagan de ositos, corazones, flores y bombones como si no hubiera mañana en una fecha incierta que casualmente cubre el vacío de ventas que se da entre Navidad y el día del padre. Bueno, pues ese día es el día de los enamorados -hoy-  y quería contarte algunas cosas sobre el amor. Sobre el amor que yo entiendo, que probablemente sea mucho más soso que el que te quiera transmitir una sociedad en la que muchísima gente miente sobre este tema. A sabiendas o por pura socialización. Antes de una reflexión, un único consejo: no te creas nada que tenga que ver con el amor sin antes haberlo probado. Ni siquiera nada de lo que yo te diga en esta carta. Nada. Cuando lo sientas, sabrás lo que es y podrás elaborar tu propia idea, pero te adelanto algo muy cierto, y es que el amor no es nada que tenga que ver con docenas de rosas ni con cenas en sitios caros. Es otro tema.

El amor es compromiso y es compañerismo, regados con buenos chorros de respeto y salteado con confianza. La pasión es otra cosa, son hormonas, física y química que igual que arde, se apaga. El consumismo es otra muy distinta, eso tiene que ver con la inseguridad humana y con los vicios de la sociedad occidental. El amor no se conoce sin frustración, sin desencuentros, sin toneladas de paciencia. Pero desde luego no tiene que ver con celos, con limitaciones, con libertades coartadas ni mucho menos con machismo y violencia.

El amor no debe conocer de clichés y tópicos. Y su belleza reside precisamente en las múltiples formas en que se da. El clásico "chico conoce chica" no sirve para medir las formas de amar que tiene la sociedad en la que vas a vivir. Dos chicos pueden amarse entre ellos, al igual que dos mujeres, o más de dos personas. Quien te diga que alguna de las combinaciones del amor es errónea, enfermiza o insana, simplemente te miente y te muestra tremendas limitaciones en su forma de observar y de entender el mundo. Aléjate de cualquiera que te diga que un amor es "malo". Amar, en cualquiera de sus formas, es hermoso cuando se hace con inteligencia.

Y aquí viene la polémica number one sobre el mito del amor romántico. ¿Es posible amar con "inteligencia"? ¿Es recomendable? Yo siempre he sido muy partidaria de racionalizar el amor por una razón sencilla: cuando amar consiste, principalmente, en entregarse a otra persona, hay que tener muy en cuenta que si una se entrega en su totalidad y no recibe nada a cambio, se queda vacía. Por eso es buena idea ir con pies de plomo, amar tomándose todo el tiempo del mundo, no apresurarse para poder observar qué damos y qué recibimos de una relación amorosa. Y por supuesto respetando siempre nuestra propia esencia, esa parte que jamás debemos entregar a nadie, que es tan nuestra como nuestra propia vida y que no debe confundirse con nuestras relaciones personales. Por eso es una buena idea esperar a amar cuando ya se tiene una idea un poco elaborada de quién es una misma, y eso en la adolescencia no suele haberse conseguido, aunque sea precisamente esa etapa en la que las hormonas nos traicionan con cantos de sirena que nos venden historias de amor con final infeliz.

De todas formas, hay que vivirlo, hay que equivocarse, hay que aprender, y el amor no es cualquier cosa que se aprenda en un par de experiencias. El amor es, ni más ni menos que una de las energías más potentes que mueven el mundo y los mundos de cada persona y se da en diferentes grados y maneras, entre parejas, familia, hacia ideales, hacia amigos... El amor es nuestro arraigo a la especie humana, uno de los pocos motivos por los que no perdemos del todo la fe en un mañana mejor. Por eso hay que darle la importancia que tiene, que es mucha, y cultivarlo con mimo empezando por el más importante de todos: el amor que sentirás hacia ti misma.

Por eso mi mensaje es que no rechaces el amor nunca en tu vida. Que elijas amar, pero sin abligarte a ello. Probablemente es una de las mejores cosas que te pueden pasar. Pero anda con los ojos bien abiertos para diferenciarlo de la mercantilización que hemos ideado en nuestra enferma sociedad capitalista, tan torpe para demostrar la importancia de las cosas si no es con dinero de por medio. Puedes estar segura de que el amor está muy lejos de parecerse a esos osos azucarados que chillan "te quiero" cuando les aprietas la mano. Que muchas veces no nada es lo que parece en materia amorosa y quienes más se jactan de amor son quienes más lo necesitan. No trates de proyectar el amor en tu vida como una película, interiorizalo dentro de ti, como una forma de entender el mundo, pero sin excesos románticos rocambolescos que enturbian la realidad: que el amor no se da solo un día al año, que no crece porque se firme ni se entiende mejor con un diamante en el dedo, que como a las plantas, si no se las cuida, se seca y muere para siempre, y que la responsabilidad de amar a alguien es tan grande como el bien o el mal que puede provocarle, que es mucho.

Amar, querida Uve, consiste principalmente en estar ahí, en no juzgar, en escuchar mucho, en ser comprensivo y en tener toneladas de paciencia. También en saber decir "no" o "hasta aquí". También es poner límites o poner tus necesidades por delante de las de la pareja si es necesario. Amar no es amar a otro, es amar: a ti, a otra persona, a muchas personas, a la vida. Amar es una actitud, y San Valentín, otro rancio cuento de hadas con muchos finales infelices disfrazados de oso de peluche que no supieron entender que no se puede amar sin amarse, que todos los amores no merecen la pena, y que siempre merece la pena buscar el amor. 

lunes, 30 de enero de 2017

Cartas a Uve. Nacer niña

Últimamente recuerdo a menudo cuando estabas en mi barriga. Siempre quise que fueses niña, es más, siempre quise tener una niña, antes incluso de que la maternidad fuera un proyecto serio. Me encantan las niñas. No por ponerles lazos, faldas y coletas. No me gustan como muñecas de escaparate. Me gustan como me gusta todo lo difícil, todo lo que supone un reto. Y creeme que nacer niña es un reto tremendo. Como lo es ser madre de una niña.

Muchas veces, tantas que he perdido la cuenta, te han confundido con un niño. El argumento es de una obviedad que clama al cielo: "es que como no lleva pendientes...". Claro. Por que las niñas nacemos con pendientes, como todo el mundo sabe. No es una marca de género, es algo intrínseco al género femenino. Se ven los pendientes en las ecografías... Por supuesto todo esto es ironía y sorna que algún día te enseñaré a manejar. Mientras tanto, hablemos en serio: nacer niña, aún en esta época y en esta parte del mundo en que parecemos de vuelta de todo y en posesión de todos los logros y verdades universales, es tarea complicada.

Llegáis al mundo y en algunos hospitales y farmacias (afortunadamente no en todos) las propias enfermeras o farmacéuticas os perforan las orejas con horas de vida. No se enteran, dicen. Supongo que vuestro sistema nervioso es de dolores selectivos porque os pegan un pinchazo en el talón y vaya si os enteráis. Que no lo recordéis es otra cosa. A los niños no se les molesta y yo sigo sin entender por qué a vosotras hay que haceros esa putada porque oye. Tu madre se ha hecho unos cuantos piercings y quien diga que no duele, miente descaradamente. Otra cosa es que sarna con gusto no pique pero eso hasta la edad del pavo, no vale. Personalmente nunca estuve dispuesta a hacerte pasar por eso siendo un bebé, y he tenido que dar por ello muchas más explicaciones de las que he considerado necesarias. Tus orejas siguen intactas y así seguirán hasta que tú decidas que quieres lucir pendientes. ¿Por qué lo he decidido así? Pues por un único motivo: son tus orejas y como tal, una parte de tu cuerpo, y yo soy tu madre pero jamás tu dueña. De esto quiero que extraigas un único mensaje: tú y solo tú decides lo que se hace con tu cuerpo. Si los niños son dueños de sus orejas hasta que les da por llenárselas de piercings en la adolescencia, tú no vas a ser menos.

Después del episodio de los pendientes viene la obsesión rosa. Con los flamantes pendientes estamos totalmente marcadas en un género pero por si fuera poco, familia y amigos te bombardearán con todo lo rosa, principesco y purpurinoso que se encuentren a su paso. A veces no porque quieran, si no porque las cosas "de niñas" son así en el noventa y nueve por ciento de las ocasiones. Solo hay que pasar por una tienda de bebés o por una de juguetes y dejarse llevar por el sendero rosa, directo a la locura fantasiosa del pony nacarado y el príncipe azul sobre fondo arcoisis y reflejos de lentejuela. Muchas veces me pregunto si es casualidad que haya tantas y tantas niñas fans del rosa. Qu e a todas les gusten las mismas pelis o que los argumentos de cuentos de princesitas sean tan poco originales.

Cuando pasen unos años y miremos tu álbum de fotos quizás no veas todo el rosa que esperabas, aunque un poco fuera casi inevitable. Siempre me encantó vestirte de todos los colores: con ropa que heredabas de tu prima y que estaba enrosada y aprincipesada, pero también con las sudaderas de tu primo, multicolores y llenas de camiones y llaves inglesas. Y llevases lo que llevases puesto nunca tuve ni media duda de quién eras tú: mi niña. Y si alguien dudó y se fue a casa ofuscado por no haber sabido deducir ante una desconcertante falta de pendientes y color rosa. Que le den.

Algún día tendremos que empezar a ver películas y a leer cuentos juntas. Estoy deseando que llegue ese momento y se que está próximo, y a la vez que me apetece me asusta. Porque creo que hay que afrontar estas vivencias con responsabilidad y dándoles la importancia que tienen. Va a ser difícil pasar por encima de una industria multimillonaria que os mete con calzador -a las niñas- historias de princesas revenidas, príncipes azules y amor heterosexual políticamente hípercorrecto. Intentaré sortearlas todo lo que pueda para mostrarte las pocas pero muy dignas personajes mujeres despeinadas e irreverentes. Al menos, trataré de explicarte que el mundo está muy lejos de funcionar como lo plantean los cuentos de hadas. Sobretodo espero que el rollo del príncipe azul no te embauque porque eso sí que es pura patraña: el príncipe salvador ni hace falta, ni se le espera. Tú y cualquier niña te bastas y te sobras para resolver cualquier difícultad que pueda ponerse en tu camino. No esperes que nadie venga a resolverte la vida y elige tus compañeros y compañeras de viaje con el corazón, y no por expectativas irreales y engañosas.

Estos ejemplos de problemas a los que enfrentarte siendo niña en los tiempos que te han tocado vivir, no son nada en comparación con los dramas que viven las niñas en otras partes del mundo, en estos mismos días que atravesamos. Obligadas a casarse, mutiladas, esclavizadas, responsables del futuro de sus familias, vendidas a cambio de lavadoras, prostituidas. Es tan horrible que podemos pensar que nosotras, las de la cara suertuda del panorama global, no tenemos de qué quejarnos y que el asunto de los pendientes, el rosa, el sexo débil o los príncipes azucarados son nimiedades y encargarse de ello mera frivolidad de feminista acomodada en el lado amable del mundo, pero yo creo encargarse de nuestras nimiedades es un asunto de responsabilidad social. El mundo necesita mujeres empoderadas que sean muy conscientes de la intencionalidad que hay tras la construcción de género. Y tener más suerte que el resto conlleva una responsabilidad añadida en materia de empoderamiento: nosotras podemos y debemos abrir caminos que ayuden a otras que lo tienen más crudo.

Yo no odio a mis padres porque me plantaran unos pendientes con un mes de vida, de hecho los quiero mucho, pero ahora sé que lo que hay detrás de esos pendientes en terminos de tradicionalismo es algo que debe ser superado para que podamos empezar a construir igualdad real trasversal a todos los rincones del mundo. Nosotras con nuestros pendientes no elegidos podemos sacar la cara por quienes sufren la ablación, pero para ello necesitamos herramientas y por encima de todo, consciencia de que los problemas más o menos graves que atañen a las niñas del mundo y a las mujeres que serán vienen de un mismo denominador común: el machismo, la desigualdad. No podemos seguir criando niñas enclaustradas en un género que no han elegido y seguir pretendiendo llenarnos la boca con la palabra libertad. Libertad es poder elegir, y educar en libertad es dar las herramientas para facilitar esa elección. Mujeres cada vez más libres educarán niñas y niños libres y estas ayudarán a otras niñas -de aquí y de allá- a ser más libres. Y todas serán mujeres y hombres el día de mañana y ahora sí, el mundo estará cambiando porque se han dado pasos para ello que parecían pequeños, pero fueron senderos abiertos hacia la justicia.

La tarea de ser niña es difícil, pero más lo es la de ser mujer sin habernos empoderado de nosotras mismas antes: de nuestros cuerpos, de nuestras expectativas, de nuestras decisiones, de nuestra apariencia. Se empieza por ahí a minar lo que podría fluir de una mente en libertad. Se recorta una mente infantil a golpe de tradiciones, costumbres y convenciones sociales para generar un inmenso lote de mujeres hechas con molde que entienden que su sexo biológico y su género social es una misma cosa. No quiero eso para ti. Quiero amplitud de miras, Quiero que critiques y cuestiones hasta lo que te estoy explicando ahora mismo (eso, lo primero). Quiero que seas una mujer sin ataduras femeninas.

Y cuando intenten encorsetarte y asfixiarte con los malditos parámetros de la feminidad, tienes permiso de tu madre para ser todo lo chunga que quieras. Habla alto y hazte notar cuando te de le gana. Sé bruta. Lidera siempre que te veas capaz y con ganas, Ríete fuerte. No cuides muñecas si no quieres. Ráspate las rodillas. No te pongas falda si no estás cómoda. Juega al fútbol. Permítete destacar en lo que quiera que seas buena. Juega al fútbol. Muérdete las uñas. No te maquilles si no te gusta. Abúrrete con las historias románticas y no pongas jamás tus metas junto a un anillo de diamantes. Esfuérzate, porque no hay nada que por el hecho de ser niña no puedas hacer, y no necesitas que nadie te diga "puedes hacerlo", pero aún así, yo te lo diré. Creételo. Todo lo demás son patrañas que quieren hacernos creer que estamos hechas de porcelana china y que merecemos ser cuidadas y admiradas. Es mentira. Lo único que merecemos es igualdad, respeto, y un mundo nuevo en cuya construcción sí se haya contado con nosotras, y donde nacer niña no signifique ningún reto añadido.

jueves, 26 de enero de 2017

Hay lugares de los que uno nunca se va del todo...

No lo puedo remediar. Al final siempre vuelvo por aquí.

Los Días Inciertos se han convertido para mí en esa adicción que no se supera, ese amante al que siempre se vuelve, ese cerrar la puerta guardando muy bien la llave. Este proyecto soy yo, y yo soy este proyecto. Se parece tanto a mí que no me extraña que no pueda dejar de volver a él, si ya desde el título ambos somos tan inciertos, tan irreverentes, tan sin rumbo...

Lo cierto es que de todas las aventuras digitales que emprendo (que a estas alturas ya no son pocas), ninguna ha conseguido adquirir para mí el grado de hogar que tiene este blog. Aquí y solo aquí hay Alba 100x100. Letras sin marketing, frases sin dueño ni comprador, letras vomitadas que me sirven de purga. Solo de aquí salgo renovada y solo de este blog no espero nada a cambio. Por eso vuelvo. Para soltar lastres que no puedo desenganchar en los lugares más orientados hacia lo políticamente correcto. Porque aquí soy la chica rebelde de mis diecitantos/ventipocos, a la par que soy la mujer -algo- madura de casi treinta. Soy la fuerza de aquella y la experiencia de esta. Soy todo. Soy yo.

También vuelvo porque tengo una idea y necesito un espacio. Sin ninguna pretensión y sin ningún objetivo concreto quiero llenar este hueco de mis días inciertos de cartas para mi hija. Quiero explicar el mundo a una personajilla que aún no comprende ni el español. Casi ná. Una cosa sencillita... Creo que Los Días Inciertos son el lugar perfecto para dejarle este pequeño legado, y aquí va a quedar. Así le saco un poco el polvo a mi rincón favorito de internet, tan abandonado a veces por proyectos más amables al público pero con mucha menos piel. Aquí el público importa lo justo -no me interpretéis mal, me caéis bien-, lo que importa es lo agusto que me quedo soltando todo el peso de los días, de las noticias, de las estampas callejeras, de la desigualdad y la desidia de un mundo a la deriva. No es más, que eso, desahogo. Ni menos.


Cartas a Uve

Si los días para mí son inciertos, cuando pienso en los tuyos la incertidumbre simplemente me abruma. Pérdoname. Entiende que es inevitable que viva un poco a través de ti. No te preocupes, sabré disimularlo para que no te pesen mis expectativas ni te manchen mis propias frustraciones y si no lo consigo mira, mándame al carajo.

El caso es que desde hace algún tiempo pienso en las expectativas que muchas veces vertemos sobre vosotros desde tan pequeños. Cuando hacéis algo bien y enseguida os ponemos la etiqueta, o lo hacéis peor y rápidamente concluimos que no valéis para eso. Como si de un muñeco de plastilina maltrecho o de un baile rocambolesco se pudiera deducir un futuro entero. Me encantaría que fueses capaz de pasar de esa mierda, como yo trato de pasar de hacerlo, aunque no siempre lo consigo. Me gustaría dejarte ser y descubrir tu camino sin mezclar en tus decisiones mis propias esperanzas o mis sueños rotos. He visto eso tantas veces... El caso es que a veces parece que sale bien. La presión, la exigencia extrema, los laureles y todo eso. Pero yo no lo tengo tan claro porque me consta que gratis, no sale. Que siempre se paga un precio por responder a lo que otros esperan de ti. Un precio alto e irrecuperable. 

Toda esa presión sobre sacar notazas, ir a la Universidad, aprender ocho idiomas y tres instrumentos, visitar diez países antes de los diecisiete y conseguir de paso alguna medalla deportiva. Uf. Qué pereza me da solo de pensarlo. Y con esto no quiero decir que no desee para ti medallas, viajes, conocimiento -eso lo que más- creatividad y buenos resultados en todo lo que emprendas. Lo que quiero es que lo emprendas porque sea lo que te sale de dentro. Porque lo quieres. No porque sea lo que toca, no por dinero, no por reconocimiento social. Porque te lo pida el cuerpo.

En algunos países del mundo es costumbre que los chavales que terminan la educación obligatoria se den un año sábatico para viajar y así ver mundo y de paso descubrirse a sí mismos un poco, al menos. Me parece mejor opción que la de los españolitos, que salimos de la ESO y vamos al bachiller o a las FP sin saber ni para qué lado nos canteamos, en muchas ocasiones. Por supuesto luego para muchos viene inevitablemente la Universidad, que se ha convertido en una fábrica de parados de primera pero oye, sigue dando algo de prestigio social con cierto olor a naftalina.

Luego están los que a mí me molan. Los que hacen lo que quieren. No en el sentido caprichoso sino en el sentido espiritual de la palabra querer. Los que no siguen rutas establecidas. Los que lo dejan todo un buen día y salen a recorrer el mundo, o pasan de la multinacional estresante y súperrentable y se abren un puesto de magdalenas. Qué se yo. Hay tantos casos que a medida que los vas conociendo te empiezas a dar cuenta de que el camino imperante no tiene porque ser el único ni el mejor. Es solo cuestión de buscar el tuyo, y quizás para ello debas conocer casos de gente que ha encontrado el suyo. Creeme, hija. No vas a encontrar tu camino en lo que yo te diga ni en lo que te diga nadie. Solo vas a hayarlo dentro de ti. 

Por mi parte, prometo dejarte ser y observarte muy de cerca, para que los consejos que no podré callarme vayan lo más acordes posibles con las inmensas posibilidades que sé que posees. Para que sean siempre ladrillos con los que puedas construir tu hogar, o adoquines para tu sendero. Para que si han de derribar algo, solo sean los muros que puedas encontrar a tu paso hacia lo que quiera que sea que te haga feliz. Ya sea recorrer el mundo, o tu puesto de magdalenas. Prometo no juzgarte siempre y cuando te vea feliz. Y si te veo infeliz, prometo acompañarte a buscar esa luz que te falte. Prometo que seré tu madre y no tu manager ni tu entrenadora. Prometo que, me cueste lo que me cueste, te dejaré Ser, en medio de una sociedad absolutamente programada y totalmente previsible te dejaré Ser, te permitiré romper esquemas, llevarme la contraria, cambiar de rumbo, equivocarte y elegir. Te dejaré vivir tu vida como quieras. Y si algún día me dices, "Mamá, encontré mi camino y soy feliz" entonces una parte muy importante de mi propio camino la habrás completado sin darte cuenta. Y mis días serán un poco menos inciertos hasta el siguiente camino que emprendas porque ¡Ay! había truco en todo esto... No solo hay un camino. Hay muchos. Hay etapas, cambios, giros argumentales, destinos que se descojonan en tu cara. No hay una meta final. La meta es nuestra propia construcción y esa, afortunadamente, no acaba nunca.

Y si quieres eso te lo explico en otra carta... ;)

martes, 8 de marzo de 2016

No me felicites



No me felicites. Por favor. No caigas en eso. Hoy no es mi cumpleaños y no necesito flores ni bombones, ni que me recuerdes que soy maravillosa (Gracias. Lo tengo claro). Deja la artillería pesada para otro día porque si lo piensas bien, ¿qué quieres decir cuando dices “felicidades” a una mujer en el día 8 de marzo?  ¿Por qué felicitas? ¿Quizá te has creído a pies juntillas los slogan de anuncios de compresas y de verdad crees que ser mujer es sencillamente maravilloso? Pues mira, no. No es maravilloso ni fácil. Es una carrera de obstáculos que tenemos que correr queramos o no. Nos apetezca o no. Solo por el hecho de que nacimos con una vagina. Y si tenemos un día internacional no es para que las floristerías vuelvan a hacer el agosto a pocos días de San Valentín, sino para que el mundo se entere de que seguimos resistiendo en este maldito juego de poder llamado patriarcado en el que la mitad de la humanidad trata sistemáticamente de subyugar a la otra. No hemos elegido nacer mujeres pero tampoco escurrimos el bulto. Luchamos todos los días contra muchas injusticias y no te enteras ni de la mitad. ¿Felicitarías a un enfermo el día internacional de la lucha contra el cáncer? Supongo que no se te ocurriría. Pues aquí lo mismo: no estamos de fiesta. Estamos trabajando duro para cambiar las cosas. Estamos tan orgullosas de ser mujeres como tú de ser hombre, pero lo que de verdad es un orgullo es ser una mujer luchadora.

Por eso no quiero tus felicitaciones. Quiero tus actos. Quiero tu compañerismo. Quiero tus hechos. En vez de decirme “felicidades”, cierra el pico la próxima vez que pase delante de ti y pienses que voy muy guapa o muy fea o que mi ropa dice esto o aquello de mi o que mi culo es muy grande o mis tetas muy pequeñas. No me interesa tu opinión. Cállate la boca la próxima vez que quieras arremeter contra mí porque vivo mi sexualidad como me da la gana, me visto como quiero y me acuesto (o no) con quien quiero y cuando quiero. No me pongas una mano encima ni amenaces con hacerlo. No me violes. No me mates. No pienses ni digas que la culpa era mía por esto o aquello, o que debería haber hecho así o asá para que no me pasara alguna desgracia. No me prohíbas nada: asume que no eres mi dueño, que yo decido lo que hago con mi ropa, con mis amistades, con mi cuerpo, con mi tiempo libre y también con mi trabajo. Acompáñame en mi vida si quieres y si yo quiero, pero no pretendas controlarla. No hagas chistes machistas. No tienen ni puta gracia salvo que quieras parodiar al imbécil número uno. No asumas que cocino, que limpio, que cambio pañales mejor que tú. Ni que conduzco peor o que no se montar muebles ni jugar a fútbol. Respeta mi derecho a dar mi opinión y a levantar la voz y ser vehemente. No soy una histérica por defender mis argumentos. Entiende que no, significa no. No me regales muñecas con vestidos de princesa ni te empeñes en vestirme de rosa. No quieras ser mi príncipe azul porque no lo estoy buscando. 

En lugar de felicitarme, compórtate como un compañero. Alguien capaz de levantar la voz ante las injusticias a las que cada día me enfrento. Que no le quite hierro al asunto diciendo que exagero. Que me pague lo mismo que a mi compañero varón. Que respete mi derecho a ser madre o a no serlo. Que calle bocas conmigo, que guerree conmigo, que no permita faltas de respeto a ninguna mujer delante de él. Que no diga que no es feminista porque él cree en la igualdad. Que me respete como profesional. Que no prefiera un hijo varón “porque le entendería mejor”. Que comparta responsabilidades en todos los ámbitos. Que se deje dirigir por mí si es lo que toca. Que se indigne conmigo viendo películas de Disney que flaco favor les hacen a nuestras hijas y a nuestros hijos. Que se cabree con los catálogos de juguetes para niñas, inundados de rosa chicle. Que llore de rabia ante la prostitución, la trata de mujeres, la ablación del clítorix, los matrimonios concertados, los asesinatos de mujeres que denunciaron o que no lo hicieron, las violaciones de mujeres que llevaban minifalda y escote o pantalón de pana y jersey de cuello alto. Que no se crea tópicos como que el amor romántico todo lo puede: el respeto todo lo puede. Que sepa que yo no salí de su costilla sino que él salió de mis entrañas, y que detrás de todo gran hombre no tiene por qué haber  una gran mujer, y que si está debe estar a su lado. Que no quiera ser un galán ni un caballero andante sino uno más en una noble lucha. 

Cuando hagas eso, yo te felicitaré a ti, encantada. Te daré la bienvenida a este lado de la balanza y te enseñaré quienes somos. Las condenadas a demostrar mucho más para ganar mucho menos. Las que crecieron jugando a dar el biberón a su nenuco y con Barbie y su mansión de ensueño con sus muebles barrocos y rosados mientras tú montabas el mecano y soñabas con ser astronauta. Las que no valían para las ciencias, pero sí para cuidar niños. Las que ocupan la mayoría de los asientos en las universidades y un escaso porcentaje de las cátedras. A las que les levantaste la falda en el patio del colegio. A las que respetaste solo por miedo a su novio o a su hermano mayor. Las que no contrataste por si les daba por tener familia. Las que despediste por quedarse embarazadas. A las que llamaste putas, frígidad, ninfómanas, estrechas, ligeras de cascos, locas, irracionales, desesperadas, etcétera. Las hijas del patriarcado que saben que su lugar en el mundo está en la libertad y no pararán hasta conseguirlo mientras quede una sola que sufra injusticia. Cueste lo que cueste. Aunque me llames feminazi. Aunque me felicites. Aunque todo esto te parezca exagerado y yo una histérica. Aunque no quieras unirte. Vamos a conseguirlo y lo que deberías decir, si eres un hombre justo (que seguro que lo eres) no es “felicidades”, sino “ánimo” y “gracias”.