jueves, 23 de marzo de 2017

Cartas a Uve. El padre

¿Qué es un padre? Querida Uve. Cómo osaría definir para ti algo tan absolutamente relevante en la vida de cualquiera. Quizás me esté metiendo en camisas de once varas, no lo niego, pero creía importante explicarte el significado de esta palabra y de la persona que la lleva. Para bien o para mal, su influencia es inmensa. Si está, puede marcar totalmente el rumbo que tomará nuestra persona. Si no está, le buscaremos en los rincones de nuestras almas aún sin darnos cuenta. Un padre es necesario. Y hay padres y padres, de eso no cabe duda.

Hay padres que dicen serlo por el hecho de engendrar, pero yo creo que eso es algo demasiado fácil, demasiado al alcance de cualquiera como para que merezca un título tan honorable. Desde mi punto de vista, el padre se hace, no nace con un embarazo. Lo que no está al alcance de cualquiera es ser un buen padre: una guía, un ancla con la que atarse a los puertos más importantes: el de la infancia, el de la familia, el del amor incondicional.

Puede que esté hablando desde mi propia experiencia, y desde ese balcón se vea una realidad que solo es una más entre millones de ellas, pero para mí mi propio padre siempre ha significado seguridad, cobijo, confianza. Allí donde esté mi padre, hay un hogar para mí. Y el día que me falte sé, sin la duda más mínima, que llegarán tiempos oscuros para mí, porque me faltará una de las luces más importantes que han alumbrado mi camino hasta ahora.

Un padre puede estar en figuras diferentes al susodicho elemento engendrador. La genética no puede vencer en esta batalla a los sentimientos que nos unen a las personas, y que son en última instancia, lo realmente valioso de la vida. Cada uno buscamos nuestra figura paterna, y no siempre se tiene la suerte de encontrarla en nuestro padre biológico, pero puede estar en otros brazos, en otras sonrisas, en otros parentescos o relaciones, y ser perfectamente válida. La paternidad no está en un título concedido por genética, está en el amor, y solo el amor legitima este título tan poderoso.

Por que un padre, querida Uve, tiene mucho poder sobre poder la persona que somos y que seremos. Y por eso esta tarea de la paternidad hay que ejercerla con mimo y pies de plomo. Su consejo siempre será escuchado (aunque a veces no lo crean), su opinión siempre será tenida en cuenta, su cariño hará florecer lo mejor de nuestras personas, y si recibimos su maltrato, éste nos convierte sin remedio en personas más difíciles, marcando nefastamente nuestro rumbo. Un padre no es cualquier cosa, es un espejo donde nos miramos casi sin darnos cuenta, y su trabajo -nada sencillo- es hacer que nos guste el reflejo que nos devuelve su mirada. 

Por eso es tan importante no sentirnos juzgados, despreciados, ninguneados por nuestro propio padre. Eso destruye la confianza de las personas porque son grietas sobre sus propios cimientos. El buen padre siempre mira a su hijo con confianza en él, tratando de no juzgarle, comprendiendo que su camino es sólo de él y sólo él debe transitarlo, ofreciendo apoyo cuando las cosas se ponen difíciles sin culpar y sin avergonzar. Un buen padre sabe que su hija es un ser único en el mundo del cual tendrá que ocuparse algún tiempo, pero tiene miras suficientemente altas para saber que al final, solo le pertenecemos a la vida y a los tiempos que vivimos. Un buen padre sabe que sus esquemas no sirven necesariamente a sus hijos, y les deja volar cuando llega el momento, porque saben observar qué vientos les llevan hacia sus sueños, que de sobra conocen. 

Los padres marcan la vida de una persona aún cuando no están. Recuerdo muchas veces a mi padre hablando del suyo, que les dejó demasiado pronto, siendo él un niño, y aún así ha sido siempre una figura constante, una luz invisible sobre la vida de un niño que luego fue un hombre y que siempre vivirá con la sensación de haber tenido que despedir a su padre demasiado temprano. Y por eso preguntaba cosas de él, y siempre recuerda esas respuestas. Por eso habla de él siempre que puede. Por eso alguna vez fuimos al pueblo del que él era, buscando esa conexión, ese vínculo sagrado de la historia de quienes marcan nuestra propia historia. Porque era su padre, su presencia está obligada a seguirle durante toda la vida.

Tu propio padre, dejará en ti una impronta imborrable. Espero que de él recuerdes siempre lo mucho que te quiere, y que siempre lo notes, como lo nota cualquiera que te vea subida a sus hombros por la calle, o partiéndose de risa cuando jugáis, o bailando alguna de esas canciones que tanto le gustan a él y que dentro de unos años te sonará rancia y te dará risa. Espero que te quedes con su optimismo y con su energía, con sus ganas de vivir, y con su nobleza. Supongo que son algunos de los mejores legados que podrá dejarte y te lo digo porque le conozco, como compañero y como persona, pero eso que yo observo en él nunca podrá igualar a la forma única en la que tú le conocerás: como tu padre. Un punto de vista incomparable al que puedas tener hacia ninguna otra persona en el mundo.

Así son los buenos padres: el mío, el tuyo. Incomparables. 



miércoles, 8 de marzo de 2017

Carta a Uve sobre el 8 de marzo

Puede que en algún momento de tu vida te pares a pensar, te sorprenda incluso que las mujeres tengamos un "día internacional", hasta recibirás felicitaciones como si de tu cumpleaños se tratase de ocho en ocho de marzo. Querida Uve, este día ocho de marzo es el día internacional de la mujer. Y para tu madre es el día internacional de la mujer trabajadora. Este día se conmemoran dos huelgas históricas de trabajadoras que luchaban por la igualdad de derechos laborales: textiles en 1857 y costureras en 1908. La última de estas huelgas terminó con 120 mujeres asesinadas, a las que se encerraron en una fábrica y se quemamaron vivas.

No es una fiesta, no es una celebración. Que no te confundan. Es una reivindicación. Una jornada de lucha y una necesidad porque, al fin y al cabo, las mujeres somos el colectivo (si es que se puede llamar "colectivo" a la mitad de la humanidad) más numeroso hostigado por el sistema patriarcal, base inseparable del sistema capitalista. Pero tranquila, no es mi intención aturdirte con la terminología. Solo me gustaría que entendieses que las mujeres tenemos un día de lucha porque lo necesitamos. Porque, lamentablemente, has ido a nacer en un mundo hecho por y para los hombres, donde nosotras somos sistemáticamente invisibilizadas, apartadas sin disfrutar de ninguna igualdad de oportunidades, saboteadas en nuestro crecimiento personal o profesional, encerradas en el hogar, mutiladas, violadas, maltratadas, vendidas y compradas, asesinadas.

Ojalá no tuviera que explicarte esto, mi niña. Pero has nacido mujer y nada de esto te será ajeno. Al parecer vamos a tardar más de cien años en cerrar tan solo la brecha salarial, al ritmo que vamos. No quiero ni pensar cuántos años quedarán de berreos callejeros desde los andamios, de no poder caminar solas por la noche, de humillantes chistes machistas, de no poder vestir como queramos sin ser cuestionadas, de trabajar fuera y dentro de casa con nulas posibilidades de conciliación. Me pregunto cuánto faltará para que podamos decidir sobre nuestros propios cuerpos, sobre nuestras maternidades, sobre tantas cosas que se nos niegan.

En algunos países del mundo no podemos votar. En otros somos directamente propiedades que se venden y se cambian. En otros lugares nuestro sexo es considerado sucio y pecaminoso y se nos mutila para convertirnos a los requerimientos de un varón. A algunas se las ha lapidado por ser violadas. A otras se les ha disparado por querer ir a la escuela. A otras les rociaron con ácido la cara. A esta la quemaron. A otra la apuñalaron. Y así suma y sigue. No hay realidad más obvia que el odio contra las mujeres en este mundo de hombres. Y aunque tu madre no entienda el por qué, sí entiende que debemos luchar contra ello con cada vez más intensidad, sumando a nuestra lucha a los hombres justos (que los hay) y permaneciendo unidas, no separadas en recelos, en envidias, en cotilleos, como nos quieren tener. Tenemos que ser todas una misma voz, y exigir para cualquier mujer el respeto que queremos para nosotras. Desterrar esa idea de que nosotras "somos las peores machistas", porque hasta donde yo sé, todavía ninguna mujer se ha cargado a otra por el hecho de serlo. Los problemas de algunas son los problemas de todas. Si tocan a una, a todas nos han tocado y cada vez que una muere, hemos muerto todas un poco.

Siento mucho tener que explicarte esta realidad con toda su dureza, aunque harían falta ríos de tinta para llegar a explicar todas las reivindicaciones que tenemos por delante. Me encantaría haber podido pasar de escribir esto porque supiera de dentro de unos años no te van a preguntar en una entrevista de trabajo si quieres tener familia, o no te van a despedir por quedarte embarazada, o no te van a decir que te pones histérica cuando tienes la regla (alguien que nunca la ha tenido), o no vas a tener que aguantar chistes machistas con tus propios amigos sin que ninguno de los varones diga "conmigo no contéis para esto", o no tendrás que oír que esa falda es muy corta o ese escote muy bajo, o podrás ir a abortar con seguridad si así lo decides, o no tendrás que pedirle a un amigo que te acompañe de noche, o no le dirás a una amiga que te escriba para saber que ha llegado entera a su casa. Todo eso, te pasará. Muy probablemente. 

Pero contarás con una ventaja: podrás comprender el mundo que habitas si abres bien los ojos, si lees y entiendes de dónde vienen esas desigualdades, esas salidas de tono, toda esa mierda. Ellos han diseñado el mundo. Ellos tienen la sartén por el mango y todas las ventajas habidas y por haber. Sus privilegios son tan grandes como su resistencia a cederlos a nuestro favor. Pero poco a poco veremos y verás cambiar algunas cosas. Algunos se dan cuenta y nos prestan su apoyo, pero no son todos los que se hacen llamar feministas. Son los valientes de verdad: los que no ríen las gracias al colega que les pasa una foto de unas tetas enormes, los que no se preocupan si su pareja cobra más dinero, los que cuidan de sus hijos sin "ayudar" a su compañera, los que respetan nuestros logros y saben que en otro orden mundial tendríamos muchos más y seríamos más visibles en los medios, en las empresas, en la política. Esos son los verdaderos compañeros de lucha y estarán a tu lado en días como este, pero no felicitándote, sino luchando hombro con hombro. Rodeate de ellos siempre que puedas.

Pero sobre todo rodéate de ellas, de las mujeres, de tus iguales. Entiende sus problemas y explícales los tuyos. Obsérvalas en todas las partes del mundo y analiza las diferencias y las semejanzas de vuestras dificultades. Trabaja la sororidad: la hermandad entre mujeres, el respeto, el aplauso a las compañeras, el orgullo de los logros de cualquiera de ellas. No la envidia, no la agresividad, no el recelo. Cuida de todas las mujeres. Luchas por todas ellas. Y tú, que al menos tienes derecho a salir a la calle el ocho de marzo, no te pierdas nunca una jornada de reivindicación para gritar que ya basta, que exiges para ti la igualdad que no conoció tu madre. La total. La que es de justicia. La que nos ponga por fin al nivel merecido de respeto, reconocimiento y oportunidades. La que respete nuestras vidas y nuestra libertad. 


En ese camino de lucha, siempre podrás contar con tu madre. 


martes, 28 de febrero de 2017

Cartas a Uve. La patria Infancia



Nadie nos advirtió que extrañar
es el costo que tiene los buenos momentos
Mario Benedetti


Me encanta sentirme patriota de tus carcajadas, de tus picardías, de tus mimos y de tus ocurrencias. Adoro pertenecer a tus comienzos, a tus logros y a tus aprendizajes. Es increíble formar parte de la construcción de la patria de alguien, de la tuya: de tu infancia. He leído atribuida a diferentes autores la frase de que la patria, es la infancia. Sin saber señalar el autor verdadero de semejante afirmación, no puedo estar más de acuerdo.

Patria es una de estas palabras tan desvirtuadas y tan asociadas a ideas dispares que su definición se hace imposible sin implicar sentimentalismo. Primero la asociamos a nuestro país, porque así nos lo enseña la sociedad que ha de atraparnos. Nos convertimos en patriotas de bandera o de himno sin saber a ciencia cierta de dónde vienen las cosas que idolatramos. Nada tan vacío y tan rancio como los patriotas sin memoria, sin historia, sin conocimientos sobre su propia pertenencia, sin preguntas, gente que asume que todo lo suyo es lo mejor sin cuestionar nada y sin asomarse a otros balcones. Los reconocerás por frases enlatadas del tipo: "como en (pongamos aquí el nombre del país/ciudad/pueblo de cada cual) no se está en ningún lado", o "somos la envidia de Europa porque (tal y tal cosa)". 

Me gustaría poder explicarte el sentido que para mí tiene la palabra patria. Tu madre, como de costumbre, pretendiendo explicar las cosas más "facilitas". Patria significa pertenencia, arraigo, identidad. Esto no tiene porque reflejarse en una bandera, en un idioma o en un himno (que puede ser). Creo que va mucho más allá. Patria es hogar, es tu hogar. Puede ser una casa, un pueblo o una ciudad, un recuerdo, un objeto, un olor, un rostro, un viaje. Puede ser cualquier cosa donde te encuentres a ti misma. Y si eres observadora y curiosa, difícilmente vas a conformarte con una sola patria. Por eso los culos más inquietos que he conocido se denominan "ciudadanos del mundo" y rechazan sentirse demasiado de aquí o demasiado de allá y renuncian parcialmente a lo que se consedera arraigo -tradicionalmente hablando- en pos del privilegio de sentirse en casa en cualquier sitio donde encuentren algo de felicidad.

No confundas patria con nacionalidad, Uve. No es lo mismo. La nacionalidad te la da el azar de nacer en un sitio o en otro, pero en los tiempos que vivimos, demasiadas veces viene amarrada con fronteras, con vayas o muros, con recelos y miedo a lo diferente, con egos irracionales y cerrazón. Rechaza esa patria. Quédate con la patria de tus vivencias, de tus valores y de tu gente, con la que muchas veces compartirás nacionalidad y otras tantas, no. Escoje la la patria de la tolerancia, la de los brazos abiertos y la solidaridad. No escuches a quienes te reclaman para besar banderas y meter un papel en una urna cada cuatro años para después devolverte a cambio tijeretazos en las cosas que más necesitas y mereces por dignidad humana. Esos peligrosos patriotas que gestionan lo de todos haciendo apología de la "patria", pero que solo buscan su propio beneficio, no te van a enseñar nada interesante sobre la profundidad del término.

Me gusta mucho reflexionar sobre esa idea de la patria infancia. Es nuestra etapa de construcción y de máximo desarrollo concentrado en menor tiempo. Es ese momento en que observamos el mundo sin filtros y sin tapujos, y nos relacionamos sin prejuicios. La infancia es libertad, es mirada limpia, es mente abierta. Si la infancia fue feliz, no hay una patria mejor a la que volver a refugiarnos cuando suenan truenos o tambores de guerra en nuestra vida adulta. No es que podamos volver en plan máquina del tiempo, pero sí podemos mirar la película que grabamos en nuestra mente en aquellos años, para reconocernos de nuevo, para saber cómo era aquella niña y cuánto puede decirnos sobre la persona adulta que ahora somos (que tú algún día serás) y que muchas veces no entendemos. La infancia son nuestros pilares, los cimientos de todo lo demás, el ancla con la que permanecemos en todos nuestros diferentes puertos. Nunca la pierdas de vista. Es tu pertenencia máxima y cuando pase -que pasa muy rápido- nadie te la podrá arrebatar.

Marca tanto esta etapa, si es feliz, si es traumática, si es dramática o si es idílica, que muchas veces me asaltan toneladas de dudas sobre qué tipo de cimientos estaré construyendo para ti. Lástima que esta patria solo se pueda defender y entender cuando ya se ha transitado, cuando se la observa en la distancia. Tendré que esperar algunos años para ver de qué forma te afectarán estos años. De alguna manera tu infancia será también mi patria, mi pertenencia, mi arraigo al mundo. Porque me muestras cada día cómo volver a mirar con ojos de niña, porque me enseñas tantas cosas o más de las que te enseño yo a ti, porque contigo ha vuelto la sorpresa, algo de inocencia y mucha curiosidad a mi vida. Por eso cuidaré tu patria hasta que la hagas tuya, con la esperanza de que el día de mañana entiendas que no hay más bandera que la libertad, ni mejor himno que la tolerancia. Todo lo demás, es un mundo inmenso donde las fronteras las pusimos nosotros (los seres humanos), las razas las describimos nosotros remarcando las diferencias sobre las infinitas similitudes, la riqueza material la distribuimos nosotros. Y en nuestra locura colectiva creamos con ello demasiadas patrias ficticias.

No las hagas tuyas. Sé ciudadana del mundo y de tu infancia. Reinventa, retoca y define tu propio sentido de la patria. Y no pierdas de vista al hacerlo estos primeros años de tu vida, tan decisivos. Recuerda: son tus cimientos. Tu construcción. Tu verdad. 

 

viernes, 24 de febrero de 2017

Cartas a Uve. El valor de la vida (I)

Hoy vengo a explicarte lo que entiendo por vida. Al menos lo que creo entender, pues se trata de uno de estos conceptos que no te quedan nunca claros del todo, que se reformulan a cada paso, y sobre los que se dice de todo y no todo cierto.

La vida para algunos es el valor máximo, para otros un don divino, para muchos una mera casualidad. Para mí quizás sea una combinación de esos tres aspectos, evitando lo divino y apostando por lo natural. La vida brota de la naturaleza, y desde mi punto de vista, solo a ella nos debemos. Cuando estabas en mi barriga leí en un libro que la misma energía y fuerza que hacer que un bebé surja de la unión de dos células, y que luego crezca, nazca, y llegue a ser persona, es la misma energía y la misma "magia" que hace que crezcan los árboles, que nazcan las flores, que bulla la sangre por nuestras venas a traves de espasmos eléctricos autoproducidos. Por supuesto hay razones científicas para todos estos fenómenos, pero no me dirás que algo de magia sí que se observa cuando atendemos a la vida con mayúsculas, a lo natural, a lo más primigenio, a aquello que nosotros, los seres humanos, no hemos puesto ahí ni hemos provocado.

Eso es lo que tu madre entiende por "vida". Un todo del que todos formamos parte. Por eso devociono la naturaleza como otros lo hacen a sus dioses. Por eso soy una ecologista convencida y practicante, porque ese es mi único dios, la energía que se ha convertido en mí, en ti, en nuestras personas queridas o en las desconocidas, en la naturaleza que nos rodea y en todas sus particulares manifestaciones a lo ancho de este -todavía- precioso planeta del que somos un ínfimo elemento. Creo que nuestras manifestaciones físicas se dan en un tiempo determinado y durante ese tiempo somos personas, y nos llamamos Cristina, o Pedro, o Pablo, o Uve. Y después, cuando nos marchamos de esa situación corpórea, pasamos a formar parte de nuevo del todo, de la infinidad cósmica, llámalo equis.

Hay muchas cosas que dudo sobre la vida. No tengo respuestas para las típicas preguntas de quienes somos o de dónde venimos, pero sí estoy convencida de que la vida es un regalo, aunque yo personalmente, no sepa de quien. Creo firmemente que todos tenemos derecho a luchar por hacer de nuestro espacio de existencia el lugar más fécil que podamos, siempre que no dañemos con nuestras pretensiones. Y me encanta cuando observo a la gente creyente, que ha canalizado estas dudas que todos tenemos y les ha dado respuestas que yo no comprendo, me encanta cuando lo hacen desde el respeto a los demás a dudar, a negar, a cuestionar. Me encantan también los ateos, tan seguros de su seguridad, tan científicos, tan combativos. Me encanta la gente que no sabe qué pensar sobre la vida, pero que la respeta y escucha de aquí y de allá para acabar hecho otro lío de los grandes. Me encantan todos y me encanta el debate sobre el origen de la vida, pero creo que es secundario respecto al debate principal: el valor de la vida.

La vida, ¿qué vale? Un creyente te dirá que no la posee, que es de su dios y que por eso su valor es supino. Un ateo te dirá algo como que el valor de la vida depende de facto de factores sociales o económicos. Un idealista te dirá que todas las vidas valen lo mismo pero, lamentablemente, el telediario se encargará de demostrarte todos los días que eso no es cierto. Cada loco con su tema en esta jauría de debates. Todos con un poco de razón. Todos con un poco de engaño.

Desde los ojos de tu madre no puede haber ninguna vida que valga tanto como la tuya. Pero no eres hija de todos, no todo el mundo percibirá tu vida como el valor definitivo. Habrá quien no tenga problema en hacerte daño, en pasar por encima de ti o de quien haga falta pensando que su propia vida es el valor máximo. ¿Cambia la vida de valor según quien la observe? ¿Según desde dónde se observe? Pues lamentablemente, así parece. No valoramos igual la vida de los animales o la vida natural que la vida humana; y en la propia vida humana hacemos diferenciaciones: verás que quien se escandaliza ante un aborto olvida al instante las últimas imágenes de niños refugiados malviviendo y condenados en campos de concentración; o que demostramos sin pudor y a los cuatro vientos que las vidas de Europa parecen no valer lo mismo que las vidas de Siria. Yo trato de convencerme todos los días de que no somos tan necios o tan malvados -especialmente los ciudadanos del lado acomodado del mundo, como lo somos nosotras- pero cada vez se me hace más difícil ante las crueles evidencias que todos dejamos como un reguero de miseria.

Si a lo largo de todas estas observaciones he llegado a alguna conclusión, es que el valor de la vida es relativo a los ojos de los humanos. ¿Es esto cruel? Seguramente. ¿Hipócrita? Desde luego. Pero es la única explicación que se me ocurre, y por otra parte es algo que seguro poca gente reconocerá.

Para mí también es relativo este valor. Desde mi punto de vista el valor de una vida viene denotado por dos aspectos: la inocencia en primer lugar, y esta dura poco. Por eso creo que los niños y las niñas sois sagrados, si es que hay algo que considero sagrado. La inocencia da valor a una vida porque añade la incapacidad de dañar, y eso siempre se merece un respeto, al fin y al cabo es una manifestación de la bondad. Por desgracia, la inocencia dura más bien poco. A partir de ahí, escojemos nuestro propio camino y con él, el valor que tendrá nuestra propia existencia. Cada vida será valiosa en tanto en cuanto sea positiva, aporte, ayude a crecer y a mejorar. Si la elección va más en la dirección de dañar, de matar, de violar, de destruir, entonces, no tengo duda alguna de que esa vida tiene un valor mucho menor. Y en esto, como en todo, también hay relatividad, porque podemos mejorar, podemos reinsertarnos, podemos darnos cuenta de nuestros errores -que hay errores, y "errores", claro está- pero quien opta por el daño, opta por que su presencia sea, objetivamente más prescindible que quien elige el camino del buen rollo y el respeto.

Ojo, con esto no quiero decir que me cargase a todo el que yo considere dañino, porque ni mi criterio sobre el daño es universal, ni pretendo erigirme como baluarte de las buenas conductas, precisamente yo, que tropiezo quince veces con la misma piedra y a veces lanzo la misma a quien menos lo merece. Solo pretendo ayudarte a reflexionar sobre qué vale la vida y los tipos de vida: la vida humana, la natural, la animal. ¿Cómo valoramos los árboles que crecen a nuestro alrededor, que también son vida? ¿La vida de los animales que fueron la carne que nos comemos? ¿Y la de nuestras mascotas? ¿Y la denuestros muertos? ¿La de quien vive del cuento y roba a su comunidad pero aparece como un triunfador definitivo porque su vida "vale" mucho dinero? ¿La del pequeñín que llega en patera a nuestras afortunadas costas buscando un futuro mejor?

Y ahora que ya tienes otro meollo mental fenomenal generado por las ralladas de tu madre, como a todo esto no le vas a encontrar explicación sencilla y menos aún resumida en un artículo de dos páginas, te invito a que observes tu propia vida y le des el valor que consideres. No vayas a cometer el fallo de mirar las cosas materiales que posees, que son muchas, porque eso es una lotería y nacer aquí o allá es como que te toque el gordo. Mejor piensa en los valores que te rodean, en el amor que te da tu gente querida, en la atención que te prestan y en la que prestas tú. Y cuando seas un poquito más mayor, mira un poco más lejos. Observa los problemas que te afectan y los que no, y pon tu vida al servicio de todas las causas que consideres justas. Dedícate a mejorar un poquito este mundo que te hemos dejado sin hacer daño a nadie ni a nada. ¡Hay tanto por hacer! Con esa actitud, te garantizo una cosa: no podrás equivocarte, estarás añadiendo irremediablemente valor a tu vida si la vives desde el amor, desde el respeto, y desde la solidaridad.

¿Parece fácil, verdad?

Tanto como explicarte el mundo en unas pocas palabras. Nada fácil.

Pero aún nos quedan páginas, aún cartas, aún esperanza... :)

martes, 14 de febrero de 2017

Carta de San Valentín (para Uve)


Hoy es San Valentín y tú ni te enteras. Contigo no va la cosa por el momento, aunque en algún momento de tu vida supongo que te empezará a llamar la atención cómo los escaparates se plagan de ositos, corazones, flores y bombones como si no hubiera mañana en una fecha incierta que casualmente cubre el vacío de ventas que se da entre Navidad y el día del padre. Bueno, pues ese día es el día de los enamorados -hoy-  y quería contarte algunas cosas sobre el amor. Sobre el amor que yo entiendo, que probablemente sea mucho más soso que el que te quiera transmitir una sociedad en la que muchísima gente miente sobre este tema. A sabiendas o por pura socialización. Antes de una reflexión, un único consejo: no te creas nada que tenga que ver con el amor sin antes haberlo probado. Ni siquiera nada de lo que yo te diga en esta carta. Nada. Cuando lo sientas, sabrás lo que es y podrás elaborar tu propia idea, pero te adelanto algo muy cierto, y es que el amor no es nada que tenga que ver con docenas de rosas ni con cenas en sitios caros. Es otro tema.

El amor es compromiso y es compañerismo, regados con buenos chorros de respeto y salteado con confianza. La pasión es otra cosa, son hormonas, física y química que igual que arde, se apaga. El consumismo es otra muy distinta, eso tiene que ver con la inseguridad humana y con los vicios de la sociedad occidental. El amor no se conoce sin frustración, sin desencuentros, sin toneladas de paciencia. Pero desde luego no tiene que ver con celos, con limitaciones, con libertades coartadas ni mucho menos con machismo y violencia.

El amor no debe conocer de clichés y tópicos. Y su belleza reside precisamente en las múltiples formas en que se da. El clásico "chico conoce chica" no sirve para medir las formas de amar que tiene la sociedad en la que vas a vivir. Dos chicos pueden amarse entre ellos, al igual que dos mujeres, o más de dos personas. Quien te diga que alguna de las combinaciones del amor es errónea, enfermiza o insana, simplemente te miente y te muestra tremendas limitaciones en su forma de observar y de entender el mundo. Aléjate de cualquiera que te diga que un amor es "malo". Amar, en cualquiera de sus formas, es hermoso cuando se hace con inteligencia.

Y aquí viene la polémica number one sobre el mito del amor romántico. ¿Es posible amar con "inteligencia"? ¿Es recomendable? Yo siempre he sido muy partidaria de racionalizar el amor por una razón sencilla: cuando amar consiste, principalmente, en entregarse a otra persona, hay que tener muy en cuenta que si una se entrega en su totalidad y no recibe nada a cambio, se queda vacía. Por eso es buena idea ir con pies de plomo, amar tomándose todo el tiempo del mundo, no apresurarse para poder observar qué damos y qué recibimos de una relación amorosa. Y por supuesto respetando siempre nuestra propia esencia, esa parte que jamás debemos entregar a nadie, que es tan nuestra como nuestra propia vida y que no debe confundirse con nuestras relaciones personales. Por eso es una buena idea esperar a amar cuando ya se tiene una idea un poco elaborada de quién es una misma, y eso en la adolescencia no suele haberse conseguido, aunque sea precisamente esa etapa en la que las hormonas nos traicionan con cantos de sirena que nos venden historias de amor con final infeliz.

De todas formas, hay que vivirlo, hay que equivocarse, hay que aprender, y el amor no es cualquier cosa que se aprenda en un par de experiencias. El amor es, ni más ni menos que una de las energías más potentes que mueven el mundo y los mundos de cada persona y se da en diferentes grados y maneras, entre parejas, familia, hacia ideales, hacia amigos... El amor es nuestro arraigo a la especie humana, uno de los pocos motivos por los que no perdemos del todo la fe en un mañana mejor. Por eso hay que darle la importancia que tiene, que es mucha, y cultivarlo con mimo empezando por el más importante de todos: el amor que sentirás hacia ti misma.

Por eso mi mensaje es que no rechaces el amor nunca en tu vida. Que elijas amar, pero sin abligarte a ello. Probablemente es una de las mejores cosas que te pueden pasar. Pero anda con los ojos bien abiertos para diferenciarlo de la mercantilización que hemos ideado en nuestra enferma sociedad capitalista, tan torpe para demostrar la importancia de las cosas si no es con dinero de por medio. Puedes estar segura de que el amor está muy lejos de parecerse a esos osos azucarados que chillan "te quiero" cuando les aprietas la mano. Que muchas veces no nada es lo que parece en materia amorosa y quienes más se jactan de amor son quienes más lo necesitan. No trates de proyectar el amor en tu vida como una película, interiorizalo dentro de ti, como una forma de entender el mundo, pero sin excesos románticos rocambolescos que enturbian la realidad: que el amor no se da solo un día al año, que no crece porque se firme ni se entiende mejor con un diamante en el dedo, que como a las plantas, si no se las cuida, se seca y muere para siempre, y que la responsabilidad de amar a alguien es tan grande como el bien o el mal que puede provocarle, que es mucho.

Amar, querida Uve, consiste principalmente en estar ahí, en no juzgar, en escuchar mucho, en ser comprensivo y en tener toneladas de paciencia. También en saber decir "no" o "hasta aquí". También es poner límites o poner tus necesidades por delante de las de la pareja si es necesario. Amar no es amar a otro, es amar: a ti, a otra persona, a muchas personas, a la vida. Amar es una actitud, y San Valentín, otro rancio cuento de hadas con muchos finales infelices disfrazados de oso de peluche que no supieron entender que no se puede amar sin amarse, que todos los amores no merecen la pena, y que siempre merece la pena buscar el amor.