miércoles, 14 de marzo de 2018

Cartas a Uve. De niños y niñas.



En memoria de Gabriel Cruz.
Y de todos los niños y todas 
las niñas que nos sufren


Querida Uve. 

Ayer enterramos al pequeño Gabriel Cruz. Nuestro país es tanto llanto desde hace unos días que hasta las nubes se han unido al duelo y escurren sobre nuestras cabezas el gris que nos inunda. Además de ésto, sólo en los dos primeros meses de este año que atravesamos, han sido asesinados en Siria más de 1.000 niños y niñas que su suman a la vergonzante y horrorosa cifra de más de 20.000 criaturas que han perdido la vida en los siete años de esta guerra. Pocos días antes de que tú nacieras, apareció en una playa de Turquía el cadáver de Aylan Kurdi, un niño de tres inocentes años al que unos desesperados padres subirían a vete tú a saber qué cascarón de nuez para buscar un futuro mejor lejos del horror de la guerra y de la muerte. Alrededor de 700.000 niños en el este de África sufren desnutrición severa y a causa de ello es muy probable que vayan a morir este mismo año. 

Vivimos en un mundo que, cada dos por tres, fuerza la marcha de demasiadas vidas inocentes. Y hay muchas muertes más que no puedo contar aquí: casos aislados o particulares, o auténticos genocidios infantiles. Concepto para el cual, por cierto, no existe un término específico. No sé por qué. O quizá sí se por qué: porque lo que no se nombra, no existe. Y es harto vergonzoso, reconocer una ruindad demasiado grande, asumir el poco respeto y la poca sensibilidad que tenemos por la vida de niñas y niños como tú misma. 

No es lo mismo morir siendo niño porque te mate algún malnacido o una hijadeputero, que hacerlo porque has tenido la mala, tremenda suerte de nacer en zonas del mundo donde la vida no vale nada. Pero ambas muertes me sirven para explicarte hoy una cosa: por qué vuestra vida tiene tantísimo valor. La de todos los niños y todas las niñas del mundo. 

Desgraciadamente creo que no voy a poder evitar que crezcas viendo niños asesinados por este o aquella cada tres por dos; niñas secuestradas y violadas como muñecas rotas; pequeños muertos llegando a las playas donde, en verano, nos tomaremos la tapita de salpicón los que tenemos toda la suerte que a ellos les falta; rostros infantiles anónimos para quienes alguien pide comida desde la pantalla del televisor justo antes del anuncio de un coche de lujo. 

Sí me gustaría que fueras capaz de entender que la injusticia es mil veces mayor cuando afecta a una niña o a un niño, más cuando le cuesta la vida. Y que teniendo eso muy claro, siempre estés al lado de todos los peques del mundo, y sobretodo de quienes son objeto de diferentes desgracias. Hazlo especialmente cuando seas una persona adulta. Permanece a su lado, ayúdales, explora sus problemas y sus necesidades y pelea por todos. Déjate embriagar por las sonrisas limpias, aunque las tengas que ver en un póster junto a un féretro de pequeño tamaño y se te haga añicos algún rincón del alma. Métete en sus miradas, en sus palabras, en sus geniales razonamientos, de todo eso tan bello de lo que ahora mismo formas parte. Los niños y las niñas sois la luz del mundo. La más intensa y la única por la que vale la pena cualquier esfuerzo individual o colectivo. 

Os debemos un mundo mejor, las gentes de bien lo sabemos. Aunque parece que no sabemos cómo dároslo. Como hacer de este planeta un lugar donde seáis tan sagrados como lo es vuestra inocencia. Donde se cierren filas ante vosotros y vosotras para que nunca os suceda nada malo y para que podáis crecer rodeados de valores, de bondad, de la alegría que tanta falta hace y que tanto desprendéis con generosa inconsciencia. Considero que sería ésta una inversión a plazo fijo para que el día de mañana pudiéramos cobrar con intereses una limpia sociedad de gente que ha crecido regada por la bondad. Pero parece que hay mucha gente a la que eso no les importa. 

Y sí, supongo que mucha gente pensará que exagero cuando digo que hay muchas sociedades que os apartan de su vida social, y otras tantas que directamente os masacran, pero muy pocas que os respeten completamente y sobretodo que os incluyan. No hablemos de la política donde sois, en demasiados lugares, directamente, invisibles e invisibilizadas. Vivimos en un conglomerado social donde importáis cada vez menos, y se os valora nada. Así lo podemos observar con la proliferación de establecimientos donde se os niega la entrada como si de animales os trataseis, para que no molestéis. Por no hablar de quienes os emplean como armas de guerra o monedas de cambio en escenas más propias de películas de terror que de algo que tenga que ver con humanidad. Puede parecer que he mencionado extremos muy lejanos pero veo claro un denominador común, una vez salvadas la distancias en materia de crueldad: al final, os tratamos, en una u otra medida, como si no fueseis parte de esto: de nuestras ciudades y de nuestros espacios, de nuestros conflictos y de nuestras soluciones. Como si no fueseis ni más ni menos que algo tan vital como el futuro de todas. 

Por eso, a veces me echo a temblar cuando veo el odio que estamos sembramos sobre vosotros a tan cortas edades. Porque el pequeño Gabriel ya se llevó su preciosa sonrisa a otro lado y descansa, pero deja junto a él legiones de niños y niñas que se preguntan por qué su compi no vuelve hoy al cole. Peques que se preguntarán el resto de su vida por qué las personas adultas, quienes se supone que han de protegerles, arremeten contra ellos con toda su violencia cuando parece que estorban o que pueden ser utilizados para sus perversiones más oscuras o sus beneficios más ilícitos. También estarán los niños supervivientes de las desgracias más grandes, a los que todo el mundo les ha pasado por encima. Me pregunto qué tipo de adultos saldrán de tanto desdén, tanto odio, de tanta maldad vertida. 

Lo que más me gusta de la infancia es que, por mucho odio que se vuelque contra ella, siempre hay una disposición a la sonrisa desde su lado, una mano tendida, un perdón. Si algo he aprendido desde que soy tu madre es a reconocer la bondad más pura que he visto, a través de tus ojos. No era como me lo habían contado: “los niños son chungos, son malos, las niñas son estorsionadoras, se aprovechará de ti, querrá engañarte”… Cuántas mentiras. Cuánto engaño. Si sois lo mejor que hay, y sois lo mejor que fuimos quienes ya dejamos atrás esa etapa. Sois nuestro futuro y nos empeñamos en oscureceros cuando lo único que sabéis y debéis hacer es brillar con pureza para iluminar nuestros caminos. 

Prefiero concentrarme en la idea de que el mundo está lleno de mujeres y hombres que aman a los niños y a las niñas porque si no, con este panorama, a veces se hace difícil continuar. Pero hay tanto por hacer para que tengáis el mundo que os merecéis, que da vértigo. Quizá el planteamiento es erróneo y no necesitamos hacer un mundo que os merezcáis, sino un mundo que os merezca a vosotras y a vosotros, que sois el mejor reflejo de nuestra humanidad. 

Pase lo que pase seguid, seguid brillando. Desde el suelo como tú, o desde las estrellas como Gabriel. Porque nunca ha hecho tanta falta vuestra luz en este mundo. 



viernes, 9 de febrero de 2018

Cartas a Uve. Sobre el bullying.

Hay una cuestión que me aterra, Uve. Cuando llegáis a nuestros brazos vosotros, nuestros pequeñines, nuestras pequeñajas, a ningún padre o madre se le puede pasar por la cabeza que esa cosita tierna, inocente y dependiente que acaba de caerle entre las manos puedas llegar a convertirse en una mala persona, pero lo cierto es que basta con dar un paseo corto por cualquier lugar del mundo para darse cuenta de que, al igual que las meigas, harberlas, haylas. Hay gente que es sencillamente mala, que su experiencia vital no ha dado para más que para hacer crecer una frustración que ha regado la ira y el odio hasta que, como una enredadera, ésta se ha hecho con todos sus procesos mentales, sentimentales, emocionales. ¿Que da un poco de lástima así visto? No cabe duda. Pero no nos olvidemos de que la peor parte se la llevan sus víctimas.

Si te convirtieses en víctima de una mala persona, me dolería en el alma, pero todavía tendría la paz de sentir que no es tu culpa que otros te traten mal, incluso sentiría el orgullo de ver que, pese a recibir la maldad ajena, tú continuases siendo una buena persona. Se que esto pasa porque lo he visto muchas veces con mis propios ojos, Uve, por eso quiero alertarte. No hay nada malo en ser víctima, es una cuestión de azar. Lo realmente jodido es ser verdugo de otros.

Aunque no era un secreto para nadie, últimamente los casos de bullying, acoso escolar, maltrato entre compañeros, hijoputismo, llámalo como quieras, abundan en los medios de comunicación. Lo cierto es que todas y todos nos hemos pasado la vida observándolo en nuestros centros educativos aunque ahora, como todo, tiene un nombre y una etiqueta pero se reduce a lo mismo, a la maldita jungla en la que unos pocos convierten algo tan presumiblemente honorable como un aula de estudios mientras unos sufren y otras -la mayoría- callan.Muchas hemos sido cobartes, no nos queda más que asumirlo. Ahora lo mínimo que podemos hacer es estar a vuestro lado para daros la valentía que no tuvimos entonces porque la criamos con los años. Porque definitivamente, la adolescencia, la niñez, es la peor etapa de la vida para necesitar ser valiente o fuerte, pero muchas veces no elegimos lo que tendremos que afrontar, y menos con tanto malvado suelto.

Quienes sufren este deleznable acoso lo llevan consigo el resto de su vida. Aunque remienden su alma con la edad y con la perspectiva que te da ir haciéndote adulto, aunque dejen atrás esas páginas oscuras de su historia, los jirones arrancados de sus almas son irrecuperables y se quedan para siempre en su mochila. Conozco varias víctimas de bullying, Uve, y te puedo asegurar una cosa: son magníficas personas, pero están rotas por dentro y ellas son las primeras en reconocerlo. Les han infligido un dolor, un rencor que ha cristalizado en sus personas. Estoy segura de que no serían las mismas personas si no hubiesen pasado por algo así, que nadie merece. Probablemente serían menos fuertes, pero también sospecho que venderían toda esa fuerza impuesta a base de mezquindad. Que preferirían ser más inocentes, más cándidos, más ajenos a la realidad última: que en el mundo hay mala gente que entrena desde bien joven para convertirse en hijos de perra cualificados (con las disculpas debidas a las perritas).

Yo misma he probado el sabor del maltrato en las aulas de mi colegio, aunque lo mío no fue nada comparado con otras escenas que presencié, mucho más recurrentes, con una insistencia a lo largo de los años que no podía sino dejar tocada a la persona acosada, con una crueldad sorprendente para venir de personas que lo tenían todo en la vida, al menos aparentemente. Una miseria asombrosa cuando su dueño no suma dos décadas de vida, o ni una siquiera. Sin embargo, recuerdo muy bien a la persona que en determinados momentos me hizo pasar malos ratos. Recuerdo su cara como un mapa asqueroso. Su voz como un ruido infame. Su sola presencia en mi campo de visión era suficiente para joderme un recreo. Han pasado ya más de quince años de aquellos pocos días, pero nunca olvidaré a ese ser y para mí siempre será un tipo despreciable. Supongo que la "gloria" de los acosadores tiene que estar a la altura de su calidad humana y consiste en eso: en que un puñado de buenas personas (o que al menos intentan serlo) te recuerden como un monstruo.

Si eres un acosador o una acosadora no importa el tiempo que pase, da igual que tú te olvides de tu lista de acosados, de todo el daño que les infligiste, del miedo que les causaste, de las lágrimas que vertieron por tu culpa, de lo que sufrió su familia. Da igual. Siempre, en algún rincón del mundo, serás recordado como una mierda de persona, como una basura. Nada recomendable para el karma, desde luego. Ese será tu legado si decides imponer la ley de tu miseria entre personas que no te han hecho nada, y en edades determinantes para el desarrollo como personas de ambas partes. Si eliges ese camino, en la memoria de muchos, tu imagen no tendrá vuelta atrás, da igual lo que hagas después. No habrá compensación posible. Y además no la merecerás.

Por eso me aterra, me inquieta, me aterroriza si lo pienso durante más de cinco minutos. Si algún día me llegase la noticia de que has maltratado a alguien en tu entorno escolar, que has acosado, que has hecho ese daño irreparable a otra persona. Creo que el sufrimiento para mi sería terrible, así como la decepción y la vergüenza. No lo hagas nunca hija, te lo ruego. Respeta a todo el mundo y practica la tolerancia y la asertividad. Y si te sobra valor, como así espero, no tengas miedo de señalar a quienes tomen el camino de la maldad, y de proteger o apoyar a quienes la sufran. Recuerda que no tienen culpa de nada, que su sufrimiento no atiende a ninguna razón que no sea la inseguridad de una persona que necesita humillar a otros para sentirse mejor consigo mismo. No es ni más ni menos que eso.

Si algún día ves cosas así, o las sufres, ni lo dudes: cuéntamelo todo. Porque ahora tu madre no es la niñata atolondrada e insegura que callaba ante las escenas de acoso que presenciaba. Ahora puedo ayudar y lo voy a hacer, porque siento que se lo debo a todo ese dolor que presencié y que no supe identificar. Dolor que me consta acabó en enfermedades psicológicas, que llevó a gente a negarse a sí misma durante mucho tiempo, que les hizo llorar a escondidas, dolores que fueron ignorados desde quienes tenían la capacidad para arreglar aquella situación. Yo no los voy a ignorar más, y si tu me ayudas contándome lo que ves, todas nos estaremos ayudando. Yo, como madre, te tiendo la mano y se la tiendo a quienes compartan tus espacios educativos. Ahora solo falta que os la tienda el sistema, que os la tiendan los propios centros y sus profesionales, que os ayude también la ley y la sociedad entera. Que se abran todos los ojos para entender que ninguna sociedad de provecho y con futuro puede construirse sobre las ruinas de los invisibles ni sobre niñez y juventud arrebatada.

jueves, 1 de febrero de 2018

Cartas a Uve. Ser extremeña.



Con permiso de mis grandes amigos catalanes, que los tengo, y los quiero. Además de buena parte de mi familia. Vaya por delante que lo último que intento es meter a todo el mundo en el mismo saco, pero como gente tolerante que son, los catalanes de bien entenderán estas líneas de autodefensa ante comentarios dolorosos que abundan entre quienes no pueden ver más allá de sus narices. 

Respeto profundamente el derecho de cada persona y de cada pueblo a decidir su futuro, y me he declarado muchas veces a favor de un referéndum garantista que permita a Cataluña decidir el suyo, incluso se me ocurren soluciones republicanas y federativas que solucionarían no solo su problema de identidad nacional (tan legítimo), sino también el de muchos otros pueblos de esta España de naciones en la que vivimos. 

Lo que no puedo consentir, por doloroso, por injusto, por atroz, es que algunos (muy concretos) especímenes pongan en el punto de mira a extremeños y andaluces para justificar reinvindicaciones que no necesitan argumentos tan banales, por tenerlos mucho mejores. Por ello, esta carta a Uve que, dadas las circunstancias, necesita esta nota aclaratoria, pretende explicar lo que, desde mi humilde punto de vista, significa ser extremeña o extremeño. Por si alguien quiere abrir ojos y oídos, y por si alguien quiere recoger para sí el balón de la tolerancia y el respeto. 



Querida Uve

Me he lanzado a explicarte el mundo sin explicarte una de las cosas más importantes. Tu punto de partida, tus raíces, el origen de tu propia identidad. 

Nada me emocionaría más que ver en ti el día de mañana una ciudadana del mundo, olvidada de fronteras, banderas e himnos, pero no creo que esté reñido con ser alguien que conoce sus raíces y el lugar dónde se hunden profundas. Por eso hoy he querido sentarme a explicarte lo que significa la tierra de tus ancestros. El valor que tiene ser Extremeña. 

Tú naciste en Madrid, es cierto. Pero eres hija de extremeños, nieta de extremeños, biznieta, y así. Nuestros apellidos no son muy rimbombantes pero te aseguro que sumas los ocho, y alguno más provenientes de esta tierra. Una tierra que no siempre tiene la mejor prensa, que está condenada al ostracismo e ignorada por la administración central, pero que luego sirve siempre de parapeto para que otras comunidades nos señales por tópicos ridículos. Esa es Extremadura. Un pueblo, probablemente, demasiado apacible para lo que ha sufrido. Una tierra que fue de señoritos y terratenientes y que ahora es de ciudadanos y ciudadanas libres que, en su mayoría, trabajan el campo. Otros trabajan para reconciliar nuestra región con el mundo a través del turismo que muestre nuestras joyas históricas y artísticas (que las tenemos). Otras investigan en nuestra Universidad. Otras emprenden. Muchos innovan. En Extremadura, como en todas partes, hay de todo. 

Extremadura es mucho más que campo, te lo aseguro, Uve. Pero es innegable el peso que éste tiene no solo en nuestra economía, muy discreta en comparación con regiones industrializadas, si no en nuestra cultura y en nuestra forma de enfrentarnos a la vida. Muchos critican el PER (Plan de Empleo Rural) sin saber ni en qué consiste. Ojo, no voy a venir yo a justificar los malos usos que se hacen del mismo, es más, los denuncio desde ya. Pero es cierto que quien indica alegremente que toda la gente que cobra el PER trabaja tres meses y se pega nueve en el bar, es sencillamente mentira. Esa gente supongo que no sabe -por solo poner un ejemplo- a qué precio irrisorio pagan un kilo de cerezas de Valle del Jerte, producto de calidad donde los haya, referente mundial, y que pagamos a precio de oro encantados de la vida en los mercados más cool de Madrid o Barcelona, por no hablar de los Europeos.  Y acabo de mencionar un producto agrícola del que todavía se puede vivir. De otros muchos, directamente, es imposible. La Vega del Alagón ahora cultiva maíz ante la falta absoluta de rentabilidad de los productos hortofrutícolas que antes llenaban sus parcelas como tomates y pimientos. El campo extremeño fue restringido y ahogado por las cuotas de producción que se impusieron al entrar en la UE. Eso nadie lo cuenta, ahora que somos todos europeos felices (que no prósperos). 

Esto quiere decir, Uve, que a Extremadura también se le deben cosas. Y solo quiero hablar de lo que conozco de primera mano, pero me consta que en otras áreas de la región, pasa lo mismo. Esto no me lo ha contado nadie, lo veo yo todos los días, lo he vivido en mi infancia y he visto los cambios (a mal) del campo extremeño ahogado por políticas injustas que no pusieron en valor el trabajo de los agricultores. Lo oigo cuando suena el despertador de tu padre a las 6 de la mañana, o la puerta a las 6 de la tarde, cuando regresa. Lo toco en sus manos ajadas por el trabajo duro. Lo huelo en su cansancio y lo siento en la honradez palpable de quien se gana la vida con su esfuerzo. No, la gente no está en el bar. La mayoría está en las tierras dejándose la espalda, la piel, las manos. Y en sus otros variopintos puestos de trabajo. Y en sus ratos libres pueden estar tomando una caña, o pueden estar leyendo un libro, o en el cine, o haciendo deporte. Como cualquiera. 

Incido en el campo, Uve, porque es la base histórica, económica y social de esta región, y creo que es un trabajo demasiado mal entendido. Quiero que tú te asomes a la realidad nueva de quienes trabajan el campo en el siglo XXI. Trabajar el campo no es una vía de escape. No es un “hago esto porque es lo que hay”. No para mucha gente (para otra sí, pero como en todo). Para mucha gente es su profesión, su habilidad y su pasión. Hay gente con carreras universitarias trabajando el campo porque les gusta, porque encaja con un ritmo de vida apetecible: lento, familiar, en contacto con la naturaleza. En muchos aspectos, privilegiado. Hay que ver más allá del campesino de los años cuarenta para entender que mucha gente hace de la agricultura su medio de vida porque quiere y porque lo elige. 

Pero no se elige que este trabajo se pague tan mal que los pueblos comiencen a despoblarse de la gente que no puede sobrevivir en ellos. No escoge que los intermediarios se enriquezcan a saco cuando ellos hacen el trabajo realmente duro. No quieren necesariamente no tener trabajo todo el año y tenerlo de forma estacionaria. Su trabajo, en muchos casos, es así. El resto del tiempo, trabajan para su comunidad cuando se les requiere para ello. Y luego, como todo hijo de vecino, cobran su paro. ¿Que hay fraude? Por supuesto. Porque somos extremeños, pero no perfectos. Está claro que siempre habrá a quien le des la mano y se tome el pie, y que no sirve de nada negar una realidad que está ahí, pero el PER como recurso y como medida de dignificación de una profesión y de fomento del empleo rural, no tiene la culpa de los usos que de él se hacen, ni de la picaresca, que tampoco es patente extremeña. Quizás esto sea más un conflicto educativo y de conciencia ciudadana que se ataje mejor con políticas educativas que con críticas banales que metan a todos en el mismo saco. 

Supongo que fuera de Extremadura no se cobrarán becas de estudio que no se requieren. Los autónomos no declaran un euro de menos por sus trabajos. No se solicitarán ayudas públicas de cuestiones para las que no se cumplen los requisitos. Nadie pretenderá ahorrarse el IVA pagando en B. Estoy segura de que todos los ciudadanos que acceden a vivienda protegida fuera de Extremadura, la merecen por sus circunstancias económicas y no especulan con ellas. Claro. Ellos no son extremeños, que se ve que hemos inventado la picaresca hasta el punto de que el mismísimo Lazarillo de Tormes, que era –por cierto- salmantino, habría querido formarse en nuestros pueblos cobrando fraudulentamente el PER. Porque solo nosotros sabemos estafar para luego hartarnos de tomar cañas. Porque no tenemos familias que mantener, hijas que alimentar, carreras que aprobar, viajes soñados, idiomas que aprender. Qué va. Somos extremeñas y solo nos interesa el bar. En fin. Solo alguien que no ha pisado esta tierra puede dar por válido semejante falacia. 

Somos una tierra orgullosamente regada con el sudor de nuestros ancestros. Literalmente. Somos campo y somos sus frutos. Somos sacrificio y somos resistencia. Todo eso y mucho más. También cultura, arte, investigación y desarrollo. Tradición. Autenticidad. Somos una región ignorada (y no me pesa repetirme en esto) que por no tener, no tiene ni un tren en condiciones cuando el resto de España va en alta velocidad. Somos una región migrante porque no nos ha quedado otra, y así hemos ayudado a levantar zonas en las que ahora algunos energúmenos nos vapulean para validar sus propias causas. Los extremeños que se fueron a Barcelona, a Bilbao, a Madrid, no lo hicieron por gusto sino por necesidad, porque si ahora se da un escaso duro por esta tierra, antes no se daba ni medio. Pese a todo, somos una región de gente abierta y amable, y aunque nos confundan una y otra vez con andaluces, nos lo tomamos a bien, porque somos acogedores, porque sabemos reírnos de nuestros talones de Aquiles y bailar bajo la lluvia. No atacamos. No hacemos ruido. Solo trabajamos todos los días como el que más, y muchos de nosotros, para llenar las despensas de quienes tanto les critican. 

Es cierto que somos mansas y así nos va. Pero ser manso no significa que no seamos respetables. Si bien no tenemos partidos independentistas que cuenten con el favor de la ley electoral para que nuestros problemas (que son muchos y serios) se vean alzados en el Parlamento que es de todas, si merecemos la dignidad de nuestra imagen como pueblo, que tiene que trascender a cualquier asunto político. Somos una región cansada de hacer de parapeto. Cansada de que solo se nos mencione para lo mismo de siempre. Cansada de trabajar por cuatro duros y de que en nosotros se invierta mucho menos que en ciudadanos de otras comunidades. Quizás deberían de empezar a terminarse los días de esa Extremadura tímida y discreta que no se mete con nadie. A lo mejor debemos empezar a poner los puntos sobre las íes y a reclamar lo que por justicia nos pertenece. Quizá debiéramos contestar mucho más de lo que finalmente lo hacemos. 

Puede que seáis vosotras, Uve, los nuevos extremeños que quieran alzar la voz por la justicia histórica que este pueblo merece, y por la limpieza de su bello nombre. En cualquier caso, muchos ya están intentado abriros el camino. No olvides nunca de dónde vienes, hija. Lleva con orgullo que eres hija, nieta, biznieta y más, de extremeños y extremeñas, y cuenta en tu camino a quien quiera saberlo que en tu casa se habla con la identidad lingüística de Extremadura, ese deje que ni es cateto ni es vergonzante, como algunos piensan. Solo es diferente y característico, como todos los demás. Y si quieres úsalo y llévalo por el mundo, como lo llevan tus padres, como bandera de tu identidad. Como seña de esta  alegría de vivir, de esa fuerza y de esa capacidad de lucha y esfuerzo que representa  a todas las extremeñas y a todos los extremeños.

domingo, 31 de diciembre de 2017

Carta a 2017



Pasan los años y me vuelvo cada vez más tradicional. Es algo que me aterra pero aunque lo veo venir, no me aparto. Esta carta con ese casposo título se está convirtiendo en una de mis tradiciones navideñas y como yo cada vez soy más casposa también, y tengo más años, me vuelvo rutinaria y predecible también en mis letras. También en mis hábitos como escritora. Hoy, el último día del año, es desde hace varios uno de estos momentos en que, si no escribo, lloro tinta, como en milagros marianos. Y para no ensuciar la mantelería buena de mi madre, me permito este desahogo y doy permiso a quien considere para pasar de leer otra roñosa carta de año nuevo…

2017, no podías quedarte sin tu carta. Has sido un año que, contra todo pronóstico, has conseguido sorprenderme. De hecho, terminas de una manera tan inesperada que puedo prometer que nunca te olvidaré. Has sido un año de Cambio, con mayúscula. He cambiado de estado civil y me he vestido de blanco –quién lo iba a decir-, pasando si bien no por el altar en sentido estricto, si por el pasillo de las mejores sonrisas de amistades y familiares en un día fantástico que inauguró un año memorable. El día de mi boda no cambió para mí absolutamente nada. Ni siquiera fue el día más feliz de mi vida, como se supone que debería esperar, pero es que ese ya  le tocó a 2015 y estaba el listón en modo rascacielo. No obstante, fue un día para recordar. Y si fue un día que me tocó el corazón, por las tremendas muestras de cariño que recibí, y por haber podido celebrar con mi compañero nuestro proyecto de vida.

Como para recordar ha sido este año en lo laboral: un año completo disfrutando de un trabajo que lo cumplía todo para mí: la radio comunitaria ha sido sin lugar a dudas mi techo en realización no solo profesional, si no personal. Las personas que he conocido, con las que he trabajado, me han enseñado tanto que no sabía sobre mi profesión, sobre mi ciudad, sobre mí misma… No hay palabras para describir lo que he dejado atrás con este año de trabajo en la que ya será para siempre mi radio, y un poquito mi barrio: OMC, Villaverde, tanta realización, tanta motivación, tanta alegría de levantarme por las mañanas a hacer algo que amo: mejorar mi pequeña porción del mundo a través de la comunicación, poniendo todos los días toda la carne en el asador para conseguir tantas pequeñas-grandes victorias. Este trabajo que ha sido a la vez mi gran triunfo y mi mayor renuncia de este año que se va. Este trabajo que abandoné hace pocos días entre lágrimas. Este trabajo que me ha dado tanto, tantísimo. Qué bello ha sido. Gracias, 2017, por permitirme experimentar semejante realización. 

Y es que este año ha sido un año también de grandes decisiones, de las que exigen estar a la altura. Ha habido que cambiar el rumbo, en ocasiones con horizonte esperanzador, en otras con nubarrones a la vista, y en algunos momentos muy a nuestro pesar. Pero finalmente, soltamos amarras y decidimos que la vida nos estaba llevando por otros caminos y que la resistencia no tenía mucho sentido. Hubo que aprender a bailar con los cambios, a desenvolverse entre ellos y a mirarles de frente. Si algo se ha notado en este año es que ahora somos un equipo que debe remar en la misma dirección. Así lo hemos hecho, y la marea nos ha llevado de vuelta a casa, dejando atrás otra donde hemos sido francamente felices. Tantos sentimientos encontrados, las renuncias, las despedidas apresuradas, el futuro tan incierto, ahora tentador, ahora inquietante. Supongo que todo ello ha conformado la fórmula perfecta para terminar de enseñarme a vivir en el presente, porque mis planes de futuro para 2017 eran muy diferentes a los que han terminado dándose. Una tremenda lección la que me he llevado de tus últimos días, 2017. Gracias por ello. 

También un año de vida, de sueños cumplidos sobre cuatro ruedas. El año en que estrenamos nuestra furgo y con ella, los kilómetros de experiencias, de paisajes, de noches estrelladas, de carretera tras carretera, del interminable bucle del cocherito leré, y de nuestra felicidad al arrancar hacia horizontes imaginados que pronto serían nuestros, ya para siempre. Nuestros viajes, probablemente de las mejores cosas de este año, que a estas alturas de esta carta ya se ve, ha sido generoso. Hemos conocido Cuenca, más parajes de la preciosa costa alicantina, Navarra, una buena y alucinante parte de Francia en su costa oeste, rincones de nuestra propia Extremadura como las imponentes Hurdes, Andorra, Huesca… Y ante todo, nos hemos demostrado de todo lo que somos capaces cuando soñamos a la vez y dejamos a los sueños, ser. Otro aplauso para ti, 2017, por traernos sueños y permitirnos cumplir los más viejos con las personas más amadas. 

Pero sin lugar a dudas, lo mejor, el sin duda más precioso y más perfecto regalo de este año que cerramos ha sido su voz: sus palabras, su tremenda destreza para juntarlas, su timbre cantarín, gracioso y pizpireto. Esos pequeños diálogos que ya tenemos y que cada vez tienen más consistencia. Esas preguntas perfectas. Esas salidas inesperadas por su genialidad. Eso ha sido lo mejor. Hablarla y que me hable. Tenerla con fuerza, salud, hambre de vida. Verla crecer a ese ritmo que ya lanza sobre mí sombras de nostalgia y pena que arrastran a mi bebé al recuerdo para dejar ante mí a la niña perfecta que es hoy mi hija. Con su carácter rebelde, con su tremendo empeño en conseguir todo lo que se propone. Por todo lo que a ella la compone, volvería a tomar las mismas decisiones, volvería a renunciar a las mismas cosas, de nuevo haría todo lo que he hecho para tenerla en mi vida. Sin pensarlo. Gracias, 2017, por conservármela con esa alegría y esa vida intensa que me regala a cada momento. Gracias por todo el aprendizaje que nos entregamos. Gracias, sin más. Por ella.Y por toda la gente que la quiere tanto.

Y gracias por devolverme al camino de mi sueño más viejo, y gracias por todas las personas que me facilitan caminar hacia esas metas que suenan a locura trasnochada. Gracias por mi marido, que lo comprende y lo sostiene. Gracias por mis padres, que siempre lo han soñado conmigo, gracias a todas las personas me han dado esos empujoncitos necesarios para saltar al vacío incierto pero tan ansiado. Gracias por recolocarme frente a la escritura, esa vieja amante que ahora va a caminar más cerca de mí que nunca. Esta noche, cuando te vayas, no te olvides de dejarme esa determinación y esa claridad con la que me has permitido ver cuál es mi camino creativo como escritora. Permíteme que siga esa senda. Déjame el valor, las ganas de trabajar duro, la motivación, y los sueños que conforman mi combustible. 

Todo lo demás, puedes llevártelo a ese limbo de momentos y años que se pierden en las constelaciones de recuerdos que ya atesoro después de estos treinta años a los que he llegado contigo. Dejemos que descansen todos esos ratos de diferentes sabores, colores y formas, que se acomoden en mi memoria para abrazarlos de nuevo más adelante. Hasta siempre, 2017, el generoso. Has sido un gran año y me has dejado aprendizajes eternos, momentos inolvidables, pruebas superadas y mucho amor por el camino.

martes, 19 de diciembre de 2017

Doce años



Hace doce años, llegaba a la estación de Méndez Álvaro una chiquilla que acababa de salir de las faldas de su madre. Llegaba desde Extremadura con una maleta bastante pequeña para todos los sueños que contenía. Ella quería ser escritora y reportera de guerra. Para aprender lo que todavía hoy -y contra todo pronóstico- considera el oficio más hermoso del mundo, se había matriculado en periodismo, en la Universidad Complutense. Entre aquellos muros grises echó sus buenas horas aprendiendo cómo gestionar la materia de los sueños. Como esta se escurre, engorda, se desinfla, cambia de color o forma. Allí aprendió mucho sobre la felicidad. Sobre cómo escoger a su propia familia. Sobre la amistad. Quizás aprendió más sobre todo eso, que sobre periodismo, pero aun así, siempre recordará aquellos años con tremendo cariño, y a las personas que se quedaron en su vida desde entonces, como regalos inesperados de un destino que fue generoso al cruzar sus caminos. 

También quería viajar. Ver el mundo. Conocer personas, paisajes, carreteras, aeropuertos. Quería volar. Y voló. Doce años. Nueve países. Dos idiomas consolidados. Muchos amigos y amigas que recordar, aunque ya no estén en su día a día. Gente interesante, intrépida, flexible, tolerante y abierta que le enseñó mucho sobre cómo crecer de verdad, desde adentro. Y aunque siempre tuvo ciertas dificultades, por su carácter disperso y un tanto peregrino, de conservar demasiadas amistades de unas etapas a otras de la vida, aún recuerda esos nombres, esa lluvia, ese frío, ese calor, ese desierto, esas noches, esas cajas de juguetes, esas sonrisas, esos idiomas que afloraban entre vasos de cerveza, ese bagaje de inestimable valor, esas clases de inglés con resaca, esos niños, esas casas, esos trabajos de mierda, ese volante a la derecha, esas mochilas, esos albergues, esos campings, esos vuelos low cost… Lo recuerda todo. Y todo lo guarda como tesoro perpetuo. Como cimientos de su persona. Como pilares de su desarrollo. Liverpool, Toronto, Nouackchott, París, Amsterdam, Estambul, Oporto, Roma, Dublín… y tantas otras. Tantas ciudades, pueblos y calles que vieron pasearse a su juventud, de la mano de sus sueños. 

También quería escribir. Es lo que siempre quiso. Vivir a lo grande para contar la vida, con permiso de los maestros y maestras que habían despertado ante ella entre los libros que bebía sin respirar. Con García Márquez viajó a Macondo para nunca regresar. Pablo Sapag y Pérez-Reverte le enseñaron la guerra. Con Galeano recorrió la sangre latinoamericana. Y con Almudena Grandes visitó España, su carácter y su historia. Y viajó atrás en el tiempo con Simone de Beauvoir para poder observar de frente a la mujer que era, a la que sería, y a las que la acompañaban. Amuebló con reflexiones de Virginia Woolf su habitación propia, y pintó versos de Benedetti y de Neruda en todas las esquinas de su alma. Persiguió a Federico García Lorca. Pastoreó con Miguel Hernández. Y con muchos otros y otras viajó en el metro, en el tren y en el autobús, recorriendo las arterias y las venas de la ciudad sin fin que ya se había convertido en su casa. 

Y ardió bajo sus pies Malasaña. Y los bares más rockeros de los bajos de Argüelles. Luego Lavapiés y su flechazo multicultural. Después tuvo un barrio y en él, también un bar. Y amigos y amigas con los que reír, con los que debatir en la barra, con los que agotar aquellos años felices. Muchas se marcharon y ya nada volvió a ser lo mismo. Pero seguía siendo su casa, su lugar. Otras venían. Se quedaban un rato y volvían a cambiar las caras, las luces y las sombras de aquella preciosa ciudad de los sueños. Mientras tanto, ella pasó por trabajos, alguno vocacional, precioso y mal pagado. Otros de mero trámite con promesas de jugosas nóminas que quedaron sobre el escritorio porque, para bien o para mal, nunca aceptó firmar hipotecas sobre sus sueños. Hizo muchas cosas por su profesión y por su pasión. Hizo otras tantas creyendo que el mundo podía cambiar,y coqueteó con la política, pero no se entendieron, y se asomó a los lugares más injustos, y gritó a los cuatro vientos que había que cambiar las cosas, y sintió el sufrimiento ajeno, y lloró por no poder hacer gran cosa, pero hizo lo poco que pudo. Pero ni cambió el mundo, ni cambió su profesión. Y desde luego su pasión tampoco cambio, y entre pasos, etapas, contratos, parones, manifestaciones, descubrimientos y frustraciones, siempre corrieron ríos de tinta desde sus dedos. Siempre escribiendo. Siempre contando y contándose para qué vivía así. 

Y llegó él. Y ella le enseñó la ciudad con entusiasmo. Y él la pilló con ganas, a ella, y a la ciudad. Y volvieron a arder las calles para los dos, para que ellos pudiesen pasear su amor al calor del asfalto. Y montaron un nido y se vieron crecer. Y luego llegó ella y lo cambió todo. Lo llenó de risas, de llantos también, de preguntas con y sin respuesta. Iluminó cada rincón del nido. Resonaron sus carcajadas por milenios en las ondas perdidas de su universo particular. Y aprendió. Aprendieron. Y no fueron dos, fueron tres. Y fueron felices en aquella ciudad que, decían, no era ciudad para criar un amor como aquel. Y aunque ella nunca estuvo deacuerdo, pasó el tiempo y aumentaron las preguntas y disminuyeron las respuestas. De pronto, como nunca antes, necesitaba otra cosa.

Un día decidieron que volarían de allí. Que querían volver a casa. A la otra casa. Porque allí se sentían de hecho, en su hogar. Pero ahora tocaba otro ritmo, otro estilo, otro horizonte. Es difícil expresar lo que se siente cuando sabes a ciencia cierta que un camino se termina, pero lo sabían. Ella lo sabía. Así que metió sus cosas en unas cajas, y en la furgoneta que siempre soñó y que ahora tenía, abandonó Madrid por una carretera hacia el sur. Con su familia de cinco, sus grandes amores y mejores compañeros. A su espalda, agitaban el pañuelo los sueños inconclusos, todo lo que quedó por hacer. Pero también sonreían despidiéndose todas sus metas logradas, las ilusiones y los sueños con los que nunca negoció y que finalmente fueron de ella. Todos le decían adiós (o hasta pronto) menos uno: el de siempre. El sueño más viejo. La pasión más grande de todas iba dentro de esa furgoneta y dentro de su corazón: su vieja máquina de escribir, su ordenador de letras desgastadas, sus decenas de cuadernos y libretas con manuscritos e ideas, sus bolígrafos favoritos. Ellos sí volvían con ella a su primera casa. Si ellos estaban acompañándola, ¿qué podía salir mal? 

Y de pronto comprendió que, aunque la pena le estuviera agitando en la cara esos doce años de felicidad, el futuro les miraba con rostro generoso. Al final de esos kilómetros estaba un nuevo horizonte de paz, una familia que siempre la esperó, algunos de las amistades cuyo recuerdo se perdía en la patria infancia y una tierra que le era tan ajena como propia. Volvía a sus orígenes con todo ese equipaje de crecimiento, con todo ese futuro por delante, con todas esas ganas de escribir más que nunca, de verla crecer sin prisas, de amarle a lo largo de los años, de ver a sus padres disfrutar de sus años dorados… En definitiva, volvía con las mismas ganas de comerse el mundo que un día le llevaron a marcharse. Sabía que ahora el mundo tendría otros sabores más profundos, otros olores más serenos, y una voz dulce que le quería recordar a cada momento aquella frase que una señora muy mayor y que había sido emigrante, le dijo en la ciudad de Liverpool hace casi once años: There is no place like home. No hay ningún lugar en el mundo como tu hogar.