jueves, 14 de diciembre de 2017

Justicia



 En Memoria de Patricia Heras


Por supuesto que hoy ha habido un detonante. Un recuerdo. Un caso que me ha llevado a querer reflexionar para ti sobre el significado de la palabra justicia. De todas maneras, el asunto en concreto pierde su relevancia cuando asistimos día tras día a tantos espectáculos donde la justicia se quedó en casa. Cualquiera, a estas alturas de estas pobres cuatro líneas, tendrá ya en su cabeza su ejemplo particular. Así pues, no nos perderemos en la anécdota, ya que hemos venido a pensar el concepto.
Quizá lo primero que tenemos que responder para nosotras mismas sobre el concepto de justicia es si creemos realmente que esta palabra tenga un significado. Si respondemos que sí, que la justicia significa, importa, que es un valor irrenunciable, que la queremos en el mundo. Y si aún a riesgo de adscribirnos peligrosamente a tanto blablablá enlatado en definiciones vacías de diccionarios con caries, nos declaramos defensores de la misma, entonces, podemos partir a un análisis nada sencillo. No obstante, muy necesario. No podemos declararnos a la primera de cambio buenas personas si no tenemos grabado a fuego lo que significa la justicia, o al menos estemos en el camino de querer descifrarlo activamente. 

Porque la justicia, querida Uve, es un concepto activo, es decir, no se define a sí mismo sino que la definimos cada persona. Normalmente incluso adaptándola a nuestras peculiares maneras de ver el mundo. Lo que para unos es justo, no lo es para otros. Y ahora viene el rizo más grueso del meollo, la justicia universal. ¿Existe? ¿La tenemos? ¿La buscamos? ¿La exigimos? Como ves, fácil, lo que se dice sencillo, no es definir la justicia. 

Mucho más fácil es sentirla, porque ahí está lo importante. Cualquier persona de valores cultivados, humanistas, solidarios, empáticos, observadores. Cualquiera puede identificar dentro de sí el sentir de la justicia. Es ese aleteo interno que te dice cuando una cosa está bien o está mal. Al final el bien y el mal se rigen mucho por la senda de la justicia. Y si alguna vez dudas, que lo harás constantemente, sobre si algo está bien o está mal, puedes acudir a esta extraña y desesperada explicación que pretende darte la herramienta clave: la justicia, es buena, está bien, y además es necesaria. No quiere decir que sus consecuencias sean agradables, deseables, o esperadas, pero son las que tienen que ser para que las interacciones de cualquiera con la vida y con el resto de vidas, vayan por el mejor de los caminos posibles.  

A diferencia de lo que nos venden en el montaje del decorado social, que pretende retener conceptos tan abstractos y sagrados para someterlos a edificios, cargos, togas y normas escritas, la justicia no necesariamente está en el sistema judicial y de hecho, muchas veces escasea por allí. No se la ha visto aparecer por casos sangrantes como el de Marta del Castillo, las niñas de Alcasser, Nagore Laffage, Alfon,  y bueno, una buena ristra. Seguro que también hay quien ha encontrado la justicia administrada golpe de mazo, que no digo yo que no, pero lo que intento que entiendas es que no siempre es así, y sobretodo que la justicia no es una materia sobre la cual alguien ostente potestad alguna. Al final, todos tenemos nuestra justicia, y por encima de todas ellas está la de verdad. 

No te olvides, hija, de que la justicia es un concepto meramente humano. No te compliques la vida analizando si el justo que el león se coma a la pobre a indefensa gacela, a la que un injusto destino ha privado de dientes. Esta norma no les rige a ellos, los animales, sus comportamientos no se pueden ceir a nuestras definiciones de valores, porque éstas han sido creadas por y para nosotras, las personas, la humanidad, y nuestras interacciones con el entorno. Y cuidado también con este ejemplo porque, que un animal no sea sujeto ejecutor de justicia o injusticia, no quiere decir que no sea merecedor de la misma. La justicia es una responsabilidad humana. Fíjate bien: una responsabilidad. Porque los seres humanos somos los únicos (conocidos) con capacidad para ser justos o injustos. La justicia es la motivación que nos debe llevar a discernir sobre qué podemos o no podemos hacer, sobre dónde están los límites y las consecuencias de nuestros actos tanto en sentido individual como colectivo. Es una forma de entender la vida, un pilar que debería ser fundamental en la forma en que nos enfrentamos al mundo. 

Yo deseo que tú seas capaz de desarrollarla entre tus valores. La mereces como cualquiera, respétala aunque no veas a mucha gente haciéndolo a tu alrededor. Ser justa muchas veces es renunciar, siempre es compartir, delegar, dar oportunidades, abrir y cerrar puertas, pasar páginas, olvidar o no hacerlo. Vivir acorde al valor de la justicia es querer lo mejor para nosotros y también para los demás, sin prioridades ni jerarquías, rechazando esas fórmulas arcaicas y antisociales de “primero lo mío y luego, lo de los míos”, no creer que nadie está por encima de nadie, defender los derechos de todas y de todos y la resolución de cualquier conflicto siempre de acuerdo a la verdad demostrable y al análisis sereno y serio de cada circunstancia. 

Supongo que a estas alturas de la carta ya te estarás riendo de tan romántica visión de la justicia. Pensarás en tu madre, tan trasnochada ella, defendiendo actitudes tan difíciles de encontrar en una sociedad en la que todos barremos para nuestra casa. En este punto, no tengo más remedio que lanzarte un reto: rema a contracorriente. Donde todos avaricien, tu entrega y reparte. Donde todos juzguen, tu analiza y observa desde la razón. Donde la gente mienta, tu eleva la verdad que conozcas. Cuando todos miren hacia otro lado, tu señala el desatino, la crueldad, el pasotismo, el abuso, el acoso. Mientras todos crean lo que les cuentan, tu cuestionalo siempre todo. Cuando te digan que no se puede hacer nada para cambiar las cosas, tu hazlo. Porque podemos empezar por nuestra casa a cambiar el mundo, un mundo sediento de justicia hasta el delirio. 

Practica la justicia, enamórate de ella y nunca sueltes su mano. Dos personalidades históricas bien dispares perfilaron con sus reflexiones el concepto de justicia que he construido para mí, y que ahora quiero que sea para ti. Uno decía que tenemos que ser nosotras mismas el cambio que queremos ver en el mundo. Otro decía a sus hijos, como yo hoy quiero decirte a ti, que ojalá seas capaz de sentir cualquier injusticia cometida contra cualquier persona en cualquier parte del mundo, porque esta es la cualidad más hermosa de una persona revolucionaria, de las que verdaderamente tendréis alguna opción real de cambiar el mundo.

viernes, 17 de noviembre de 2017

Cartas a Uve. No será tu culpa.

Si algún día sufres una violación, querida hija. Grábate esto en lo más profundo: no será tu culpa. Lamentablemente cuento con que la sufrirás, como las sufre tu madre, como la sufrimos todas. ¿Quizás esté exagerando? A mí, afortunadamente y de momento, no me han cogido cinco mandriles (con perdón de los macacos) para penetrarme por la fuerza en algún rincón de cualquier calle o portal de cualquier ciudad de España o del mundo. Pero, ¿sabes? Es tan dolorosamente frecuente que esto pase, que cuando me entero de que a otra mujer le ha sucedido, casi puedo sentir la baba de los monstruos resbalando sobre mi propio cuerpo.

Te violarán. Uve. Como nos violan a todas cada vez que una mujer tiene que pasar por el doble trance de ser violada y además, tener que demostrarlo. Porque para nosotras no hay presunción de inocencia, ni cuando somos las víctimas. Porque nos violan dos veces: con violencia y asalto, o desde el tribunal de turno. En cuanto seas consciente de esto, también a ti te estarán violando devorando tus derechos, tus logros, tus ganas de vivir y tu futuro, que es el nuestro. El de todas las mujeres.

Nos preguntarán que qué narices llevábamos puesto. Que cómo de corta era aquella falda. Que si nos habíamos dado el lote con nuestro agresor. Que si habíamos bebido o nos habíamos drogado. Que si fuimos capaces de sonreír, de viajar, de estudiar, o de vivir, después de aquel trance. Y todo ello será motivo de doble condena: la de la violación que sufrimos y la social, que probablemente sea la peor. Nos condenará la sociedad a la que pertenecemos. Por putas. Por salir de fiesta. Por vestir así o asá. Por no ir acompañadas. Por caminar por la calle. Por no pertenecer a nadie. Por sonreír. Por mirar. Por sentir miedo. Por decir que no. Por decir que sí, o por decir que no después de haber dicho sí. Siempre. Condena. Zorras. Que vais provocando. Putas. Brujas. Liantas. Que vais pidiendo guerra. Eso escucharás. Una y otra vez. Y dudarán de ti, como dudan de todas.

Pero aún así, querida hija, no lo olvides: no será tu culpa. Nunca será culpa tuya.

Será culpa de esta sociedad podrida y machista que no puede meter a cinco energúmenos en la cárcel sin miramientos porque en su barrio dicen que son muy majetes. Será culpa de quienes piensan que si no te cortas las venas tras una violación, es que no te han violado lo suficiente (o los suficientes). Será culpa de quienes cierren los ojos y sigan creyéndose la milonga de que las bromas machistas del whatsapp son solo chiquilladas, incluso cuando la broma gire en torno a un potencial delito. Será culpa de quienes bajan la mirada ante tu historia. De quienes sienten vergüenza y tratan de hacértela sentir a ti. De quienes cuestionen tu moral o tu ética sin saber nada de tu vida. De quienes no se pongan de tu parte. Todos y cada uno de ellos tendrán la culpa. Nunca, nunca tuya.

Y no estarás sola, Uve. Como no lo está C. Como no lo estará nunca más ninguna mujer que sufra este agravio, esta violencia, este sinsentido. Porque aquí estamos. Tu madre la primera, para gritar que ya basta. Porque todas somos violadas cada vez que tocan a una hermana, a una compañera. Porque queremos una justicia que nos ampare, que no nos cuestione, que no nos infantilice, y no vamos a parar hasta conseguirla, aunque sea lo último que hagamos. Porque os lo debemos a vosotras nuestras hijas, se lo debemos a las violadas, se lo debemos a las muertas, a las acosadas, a las humilladas, a las puestas en duda, a las maltratadas. A las mujeres, se lo debemos. A la humanidad. A la vida. Y no vamos a parar.

En nuestra sociedad, la violación es algo cultural, hija. Por ello, harto frecuente. Más allá de la oscura escena de asalto en callejón hay un mundo de posibles abusos basados en las necesidades sexuales aparentemente incontrolables de los hombres. Puede violarte alguien de tu entorno, un amigo, tu propia pareja.  Cualquiera que no entienda que no, significa simplemente no. Hay violaciones sin forcejeos, violaciones sin asalto, violaciones casi sin violencia. Pero todas ellas se basan en una misma premisa: solo las necesidades de él importan. La mujer las satisface. Punto y final. Y si no queremos asumir ese papel de muñeca hinchable, pues existe la posibilidad de pasar a mayores escalas de violencia para someternos. O de sencillamente no aceptar nuestra negativa y pensar que "no2 significa "bueno, vale". Si le das un beso, ya no hay marcha atrás. Porque le has provocado. Porque son machos hasta las cejas de testosterona y esa potencia es incontrolable. Eso te contarán. Así se justificarán, señalándote a ti como responsable y detonante. Pero no es verdad, hija. Son ellos. La realidad es que nuestra sociedad les ha enseñado que son gente importante y que nosotras estamos ahí para ellos, en términos sexuales y en todos los demás.

Por que, si te violan, hija. Si nos violan. No somos más que las víctimas. No somos culpables. Nunca responsables de lo que otros piensen que hicimos para promover la violación. Este aberrante acto solo tiene un culpable: el que viola. El violador. O los violadores. Y la cultura podrida que los ampara. Nadie más, y nadie menos. No dejes que te engañen pensando que podrías haberlo evitado si hubieras dicho esto o hecho aquello porque no es cierto. Ese tipo de monstruos buscan nuestro dolor, nuestra humillación, nuestro sometimiento para sentirse poderosos por unos instantes y abandonar un momento ese tremendo vacío que le debe dar a una persona cuando es gentuza de la peor clase. Luego se irán a casa a dormir la mona, o a comer con su familia que le encuentra tan entrañable, o a seguir tomando copas, o a buscar a su próxima víctima. Y tu vida estará destrozada para siempre. La tuya. La suya. La de tantas.

Ojalá nunca te pase algo así de forma directa. No puedo desear, ansiar, otra cosa como madre. Pero si que tengo la esperanza de que seas capaz de sentir como propia la violación de todas tus congéneres. Que sepas diferenciar la víctima del agresor, porque esta sociedad de cloaca no te lo va a poner fácil. Que seas una más de esta tribu de solidaridad feminista que grita a los cuatro vientos y sin miedo que ninguna mujer violada estará nunca sola. Que nosotras las creemos. Que seremos sororidad para ellas, y azote implacable para cualquier escoria que pretenda seguir haciéndonos daño.

Aquí estaremos. Siempre que las violen. Siempre que nos violen.

martes, 3 de octubre de 2017

Cartas a Uve. Esta España nuestra.



Algún día, querida Uve, te contaré en qué días escribí para ti esta carta. Y quizás así puedas entender un poco más todo lo que espero que sientas o hayas comprobado sobre tu país para entonces. 

Vaya por delante que tu madre no es mujer de banderas. Creo que nacemos donde podemos y, sobretodo, donde nos toca. En ese sentido no entiendo que alguien se rasgue las vestiduras por una tela de colores. Y que me perdonen. No se me eriza el vello al oír himnos. No beso banderas más que la de la libertad, como decía Lorca, aquella en la que yo también “bordé el amor más grande de mi vida”. 

Sin embargo, me gusta el país en que he nacido. Me gustan tantas cosas de él como las que detesto, seguramente. Esto es como la familia, conoces un lugar tanto desde dentro que al final, conoces sus virtudes y las ensalzas, pero también sus defectos, y te enervan. 

A mí me emociona la España que parió a Cervantes; a la Generación del 27 con sus Sin Sombrero; la de las Luces de Bohemia, tan esperpéticamente cruda; la que forjó a un rebelde; la que observó con poesía los campos de castilla. La misma que vio hizo convivir tres religiones en tantos lugares de su geografía, sobre la que se edificaron algo más que monumentos, regalos de la humanidad: esa Alhambra, esa Sagrada Familia, esa Catedral de Santiago y tantas, tantas otras maravillas. Me emociona sobretodo el pueblo, el mismo que se ha matado a trabajar en los campos de nuestra Extremadura o de Andalucía, que han regado de sudor y esfuerzo el futuro de sus familias y han dado de comer a un país entero con una humildad que es su tremenda grandeza. Me tocan el corazón todas y cada una de las regiones del norte, con todos sus acentos y sus idiomas, su sensacional comida, sus imponentes paisajes, su Camino de Santiago, probablemente uno de los mejores viajes que se pueden hacer en la vida. El Mediterráneo y sus playas, casi reventadas de ladrillo, pero que aún conservan lo mejor: sus gentes bañadas de pura luz de sol y uno de los mejores estilos de vida del mundo. Esos Castellanos castizos que nos contaron hilarantes historias de lazarillos y abrieron las puertas de nuestras primeras universidades. 

Esa España que es la de verdad, la de sus gentes, la de la obra de sus pueblos. 

Y digo pueblos. Porque somos un país hecho de pueblos. De naciones, incluso. ¿Sabes? Un Estado y una Nación no son lo mismo. Demasiada gente los confunde y creo que algunos de los peores conflictos de entendimiento de los pueblos vienen de esta confusión. Un Estado es un país, es decir, un territorio unificado bajo una misma administración política, económica, social. La nación es otra cosa mucho más seria, tiene que ver con el corazón. La nación es la verdadera patria de uno, de donde se siente. Esto se puede corresponder con esa unidad administrativa que es el Estado, o no. La nación no se puede imponer, jamás. En el caso de España, resulta que hay varias naciones conviviendo en el mismo Estado. Así de ricos somos. Un puñado de naciones compartiendo cultura, sumando idiomas y dialectos, respetando nuestras diferencias, enriqueciéndonos unos a otros. Al menos, estas son algunas de las oportunidades que yo observo cuando pienso que vivo en un Estado Plurinacional (ahí queda ese palabrejo). 

En lo vergonzante, hija… España también tiene lo suyo. Demasiado a menudo pecamos de intolerantes, tenemos miedo a lo diferente, nos conformamos, y lo que es peor, nos partimos la cara entre nosotros mismos. De eso, sabemos un poco. Reventar nuestro medio ambiente tampoco se nos da mal. De gobernantes corruptos lo sabemos todo, probablemente. De votarles con sorprendente insistencia, también. De salir más a la calle a corear a futbolistas que a exigir justicia cuando nos quitan nuestros derechos, pues también. Y de creernos todo lo que sale en las noticias o en las redes sociales, ni hablemos. Eso se nos da de miedo. Somos un pueblo –o un conjunto de pueblos- fácilmente agitable, inflamables, a veces un poco becerros, por qué no decirlo. Siempre vamos de cabeza y actuamos antes de pensar. Somos increíblemente amables con la corrupción, y dramáticamente duros con quien piensa de forma diferente a nosotros. Poco dialogantes si no nos dicen lo que queremos oír. Hemos vertido nuestra propia sangre, y no siempre hemos sabido recogerla. España tiene grandes oscuridades, casi a la altura de sus virtudes.

Ojo, que no se me escapa que aún quedan justos y justas en Gomorra. Afortunadamente creo y estoy convencida de que tenemos un país lleno de buenas personas en todos y cada uno de sus rincones.

Para superar estos pecados nacionales que tanto arrastramos, te propongo una cosa. Mira frente a frente a la gente de tu país. A la de verdad. A la que se levanta temprano para trabajar y paga sus impuestos para que todos podamos compartir una calidad de vida. A la que tolera las diferentes formas de entender la misma cosa y pregunta lo que no sabe. A la que piensa que la patria no es una cuestión de colores ni músicas sino de trabajo en equipo para que las cosas funcionen. A quienes ayudan a los demás sin preguntarles de donde vienen, tengan el acento que tengan, incluso hablen el idioma que hablen. A las que no caen en tópicos generados para tensionar ciudadanos contra ciudadanos.  Busca a la gente de verdad en este conglomerado de orígenes, de ideas, de historias, de culturas que es España. Habla con ellos sin que medie la política ni ningún medio de comunicación y descubrirás un panorama absolutamente distinto al que te muestras desde las altas esferas. Viaja por tu país, descubre sus rincones y deja que te sorprendan, que lo harán. Escucha cada historia, visita cada pueblo, sonríe cuando no comprendas lo que te dicen porque lo hacen en otro idioma, enseguida volverán a la lengua común con amabilidad y respeto. 

No tengas miedo de ninguna región ni de ninguna nación de España. Son tus pueblos hermanos. Muéstrate siempre tolerante y podrás enriquecerte con todo lo que tienen que ofrecer. Regala amor y no recelo. Pregúntales cómo se ve la vida desde ese rincón de tu propio país, y cuéntales lo que observas de España desde tu balcón. 

Dijo Salvador Allende: “La historia es nuestra y la hacen los pueblos”. Eso sí es un noble himno ante el cual yo me descubriría. Toda una declaración de intenciones que espero que quieras adoptar. Tú, siempre al lado del pueblo, comprendiendo, defendiendo al pueblo. De España y de dónde sea. Disfruta de tu país y olvídate de dónde ponen otros sus fronteras. Siéntente de dónde quieras y respeta los sentimientos de pertenencia de los demás. 

Y sobre todo, y por favor te lo pido. No odies hija mía. No odies. Que ya se ha odiado demasiado en esta España nuestra. 

jueves, 21 de septiembre de 2017

Cartas a Uve. La Democracia.



Hay una cosa que me da realmente miedo, querida Uve. Quizás dos cosas. Que no comprendas lo que significa “democracia”, y que no quieras asumir tu papel activo respecto a ella. 

Dicen que tú y yo vivimos en una sociedad democrática, tanto a nivel nacional como supranacional. Yo no lo tengo muy claro. Y no es porque me considere una antisistema radical contra toda forma de orden y gobierno, sino porque no entiendo dónde reside el poder final de esta sociedad que habitamos. O si lo entiendo y no me gusta, y no identifico el actual proceso institucional con valores democráticos. Aún así, a título personal, me considero una demócrata convencida, pero a mi manera. Porque no es lo mismo declararse demócrata en España, en Francia, en Venezuela, en Estados Unidos… Las implicaciones sociales del término son muy diferentes en cuanto cruzas una frontera. 

Por eso yo no he venido hoy a rallarte con acepciones sociales del término. Vamos a hablar de democracia como a mí me gusta hacer las cosas, desde el corazón. 

Si nos vamos al diccionario, nos dirá que la democracia es la “forma de gobierno en la que el poder lo ejercen los ciudadanos”. Hasta ahí, todo muy lindo. Cuando nos metemos en el “cómo” ya la cosa cambia. ¿Quiere esto decir que nuestro papel como ciudadanas rasas es el de votar cada cuatro años a nuestros representantes a esperar a que –con suerte- hagan aquellas cosas que dicen que van a hacer en períodos electorales? Sólo el hecho de tener derecho a voto, ¿nos convierte en un país democrático? 

No me malinterpretes. El derecho a voto es irrenunciable y sagrado. Ha costado muchas vidas y si no existiese, habría que inventarlo. Desde luego sin él, no hay democracia pero, ¿es suficiente? 

Desde mi punto de vista, la democracia no es una forma de gobierno, sino que es un valor y un convencimiento que cuando se convierte en colectivo, da como resultado una forma de gobierno. Es una manera de entender el mundo partiendo de la base de que todas las voces importan y de que todas las personas somos iguales en derechos, en valor, en responsabilidad. 

La premisa básica sobre la democracia es que el gobierno de la mayoría es su máxima expresión. Me gustaría que entendieses que eso solo es así si la mayoría es real, es decir, si se ha pronunciado una mayoría significativa de personas. Ha habido muchos gobiernos en la historia de la humanidad que se han hecho llamar demócratas sin contar con una mayoría real, ni tan siquiera significativa si atendemos a las abstenciones. 

¿Son los abstencionistas una pandilla de irresponsables que no tienen derecho a quejarse de lo que pasa en su sociedad por no querer participar de las decisiones colectivas? Pues como todo en la vida, esto tampoco es blanco ni negro. Las personas que, viviendo en una democracia, deciden no participar de las decisiones oficialistas de la misma por diferentes motivos, pueden ejercer sin duda sus derechos fundamentales exactamente igual que aque que sí vota. Y estos derechos fundamentales muchas veces nos llevan a ejercer otras formas de democracia que a veces, son más democráticas y denotan actitudes más comprometidas con la democracia que la de aquel que se pasa por la urna cada cuatro años y el resto del tiempo se olvida. 

Cuando hablo de otros ejercicios democráticos me refiero a muchos: a manifestarse colectivamente por lo que se considera justo, a movilizar a quienes piensan de determinada manera para defender pacíficamente su posición, a recoger firmas, presentar iniciativas institucionales, hacer propuestas, trabajar de forma comunitaria por mejorar nuestro entorno, dar voz a quienes no la tienen, incluso quejarnos de nuestros representantes abiertamente si no están a la altura de la ciudadanía que les elige. 

La democracia no va de ganar o perder, se trata de que todas ganemos. Por eso nunca dejará de sorprenderme cuando el partido de turno “gana” las elecciones y lo celebra como si de una nochevieja se tratase. ¿No se dan cuenta? Les acaba de caer encima el enorme peso de la democracia, la gigantesca responsabilidad de gestionarla mirando por todos y todas. Es una tarea tan tremendamente importante que saltar en un balcón me parece de una frivolidad preocupante, máxime si tenemos en cuenta en el lamentable estado en el que van dejando en nuestro país, gobierno tras gobierno, una democracia que ya nació maltrecha. 

Pero no hablemos de nuestro caso, Uve. Miremos a la democracia de frente y no le pongamos colores ni etiquetas. Es el gobierno de quienes creemos en la libertad y en la igualdad. Y para respetar la igualdad y la libertad del otro hay que hacer un ejercicio básico y demasiadas veces pasado por alto: escuchar. Ser demócrata exige capacidad de escucha. Aunque ganes las elecciones, aunque sea con mayoría absoluta, aunque quien hable sea una minoría aparentemente irrelevante, si eres un demócrata convencido, te importará lo que todo el mundo tenga que contarte. Sabrás responder a las necesidades de tus conciudadanos con honestidad, desde las instituciones, desde la calle, desde tu puesto de trabajo, en tu hogar, en todos los contextos. 

Democracia es justicia, comprensión, solidaridad. Es ser capaz de renunciar a algunas cosas por el reparto equitativo. Es comprender que pagar impuestos es un acto de responsabilidad social y de solidaridad ciudadana. Ejercer democracia es hacer efectivo el respeto de una sociedad por sí misma, y el compromiso que tiene por su propio avance hacia el bienestar colectivo. 

No te dejes engañar por quienes enarbolan la bandera de la solidaridad pero no escuchan, pero mienten a su pueblo, pero ejercen el poder por la fuerza, pero no son capaces de salir de sí mismos. Las personas que se comportan así nunca podrán representar valores democráticos, aunque se aprovechen para ganar dinero de las instituciones de países que dicen –o que quieren- serlo. Ellos están ahí, diciendo que representan a un pueblo, pero solo se representan a sí mismos y a quienes a ellos les sostienen en las esferas de poder. 

A veces, hay que mirar a sitios que parecen poquita cosa para ver democracia. Un equipo de trabajo de cualquier materia que se reparte las tareas compensándolas según sus capacidades. Un grupo de escolares que elige a mano alzada si quieren jugar a fútbol o a baloncesto y una profesora que decide que hoy jugarán a lo que diga la mayoría, y mañana la minoría tendrá su rato de juego. Un padre que reparte con exactitud la merienda de sus hijos, porque sabe que hay cosas con las que no se juega y la comida es una de ellas. Una comunidad que bloquea el desahucio de un vecino porque defiende un derecho irrenunciable de su Constitución. Una señora que escribe “ladrones” en la papeleta aunque sabe que así su voto no será contabilizado. 

Comprometerse con la democracia es comprometerse con todas y con todos. Es ponerse del lado del bien común y de la justicia. Es saber que la ley no tiene por qué ser justa y que desobedecer ante una injusticia flagrante puede ser, también, un acto de democracia. Piensa que los dictadores también emiten sus leyes, y no se nos ocurriría afirmar que la legislación del franquismo era precisamente democrática. Democracia no es subyugación, no es dominio de unos sobre otros, no es callar la boca y esperar cuatro años. Democracia es saber y convencerse de que la historia la hacen los pueblos y de que solo su voz colectiva es la que importa, con todos sus colores, con todas sus formas, con todos sus matices.  

Deja que tu concepto de Democracia salga de las paredes de parlamentos, senados, e instituciones. Empéñate en conocer a quienes contigo comparten sus días. Acércate a todas, pregúntales qué quieren, qué necesitan, qué les preocupa. Entérate de cómo viven todos. Compréndelas a todas. Y solo entonces tendrás la clave, la llave que abre la puerta de esa idea de justicia social que nace de la empatía entre seres humanos. Eso es democracia, al menos para tu madre. Vivir con conciencia de que soy importante, pero no más que nadie; de que soy útil, pero nunca sola; y de que soy responsable de lo que sucede en los días que habito.

martes, 5 de septiembre de 2017

Cartas a Uve. El precio y el valor.



Si consiguiera que diferenciases rápido y bien estos dos conceptos, qué feliz sería, qué tranquilidad me daría, qué buen sendero estarías eligiendo para observar con cierta distancia el circo capitalista. 

Soy consciente del mundo al que te he traído, de la civilización que habitamos, de sus motores y de sus combustibles.  Y me preocupa que los conozcas para que el teatro mundo no te engañe más de la cuenta. Lee esta carta, querida Uve, cada vez que dudes o creas confundir lo que vale algo de lo que cuesta. Y si después aún dudas, no te olvides de observar tu corazón, pues el valor, que es lo único importante, reside ahí mismo. 

El precio tiene una importancia capital en los movimientos de la historia, de las sociedades y de los individuos. El valor… Creo que el valor muchas veces no se comprende. Y me duele que se confunda una cosa con otra, porque evidencia nuestra frialdad y capacidad calculadora por encima de nuestra capacidad de sentir. 

Poner precio a algo, no es valorarlo. Hija. Métete eso en la cabeza. En todo caso, es tasarlo. El precio son números: sumables, acumulables, divisibles, multiplicables, pero solo eso. Cifras. El valor es más abstracto. El valor es el termómetro de la importancia vital de una persona, de una vida animal o vegetal, de un ecosistema, incluso de algunos objetos. 

Normalmente lo que más valor tiene, no tiene precio. 

¿Qué precio le pondríamos al aire que respiramos? ¿Y al sol que cada día nos manda sus rayos de vida? ¿Podrías tasar la sensación de compartir tiempo con las personas que quieres? ¿Cuánto pagarías por un recuerdo feliz? ¿Qué billetes aceptarías a cambio de una de tus convicciones más profundas? ¿Tienes algún objeto que no cambiarías por nada del mundo? Si esta última respuesta es un sí, pregúntate a ti misma, por qué ese sí. Sobretodo, si no has encontrado respuesta para las preguntas anteriores.

Espero que sea un sí de corazón. Un sí que nazca de que algo te remueve por dentro solo de pensar en perder ese “algo”. Que también puede ser un “alguien”, un momento, un entorno, una oportunidad. Ese instinto de conservación de las cosas que te importan, es el valor que les das. No hace falta que tengan un alto precio en tasación. El valor es irreductible a números, es inmune a las matemáticas.
A ver si consigo que lo entiendas. El valor es un recuerdo imborrable. Una experiencia irrepetible. Una persona especial. Alguien  a quien amaste. Una infancia feliz. Una abuela irrepetible y las pocas cosas materiales que dejó tras su último viaje. Un paisaje de ensueño. El aire que respiramos. Los animales que acompañan el poco equilibrio que le queda a la naturaleza que habitamos y que nos da la vida. El valor siempre va de la mano de las mejores cosas de la vida. 

Cuando un objeto material tiene auténtico valor, es porque ha estado ligado de forma muy especial a la vida. Por eso no queremos perder, por ejemplo, un regalo especial que nos hicieron, porque en él está impreso el amor de una persona hacia nosotras. Por eso seguimos guardando ese juguete roñoso que nos recuerda que una vez, fuimos felices niñas.  Por eso sufrimos si perdemos algo de alguien que ya no está, por irrecuperable, porque parece que ese pequeño aliento de recuerdos que nos da esa “cosa” se pierde un poco más con ella. Ese es el valor. Al menos, así lo entiende tu madre. Ojalá quieras entenderlo también tú así, y aprendas a valorarlo todo desde la felicidad que aporte a tu vida. 

Hay quien te dirá que todas tenemos un precio, refiriéndose a las personas. No les creas. Muchas lo tienen. Otras no. Procura rodearte de éstas últimas. De personas de valores y que sepan valorar y no poner precio. Porque insisto. No es lo mismo. No es ni parecido. Vivimos en una sociedad tan podrida que tendrás que ver como unas personas compran y venden a otras, como algunas incluso lo justifican. Como se pretende poner precio hasta a los rayos de sol. Como se confunde una y otra vez lo valioso con lo caro, y como demasiado a menudo detrás de lo más caro y opulento hay una brutal falta de valores. Diamantes de sangre. Minerales impregnados de muerte en nuestros teléfonos móviles. Brutalidad y maltrato animal tras los manjares más exclusivos. Coches de lujo que además, son los más contaminantes. Y millones de seres humanos que aún prefieren acumular y no valorar. Que miran hacia otro lado aún sabiendo que hay precios que no deberían pagarse, por cordura. No seas de ellos, hija. Apuesta por dar valor a las cosas que lo tienen e ignora los cantos de sirena del consumismo y las falsas promesas del capitalismo depredador.

El precio solo va de la mano del dinero. Y el dinero no vale nada. Ni siquiera el que ganas trabajando porque, ¿sabes? Esas monedas y billetes, o esa cifra que asciende en la pantallita de un cajero automático, de por sí, no tienen valor. No lo tendrían sino porque simbolizan tu esfuerzo, la recompensa a tu honradez y a tus ganas de ganarte la vida y a disfrutarla. El valor del dinero no es el billete ni lo que puedas comprar con él, es lo que significa: dignidad y nobleza si se gana limpiamente. Vergüenza y desfachatez si se obtiene por malas artes o si llega sin esfuerzo. El dinero es una herramienta, aunque también es una energía que a mí no deja de parecerme algo turbia cuando observo cuántas veces es capaz de sacar lo peor de las personas. No busques dinero en la vida, hija. Ni nada que lo simbolice. Busca darle valor a tu existencia, y utiliza el dinero como la herramienta que es, pero no lo idolatres, ni lo acumules, ni mucho menos te jactes de él. 

El dinero va y viene. Los precios suben y bajan. El valor es para siempre. Quizás por eso los banqueros y economistas quisieron apropiarse del término, para que una cosa que no vale nada, pareciera tener valor. Pero olvídate, Uve. La vida, es otra cosa. Los valores son patria y bandera, construcción personal, y refugio. Acumula valor y valores en tu vida y deja que te ayuden a crecer como persona. Cuídalos y defiéndelos siempre y no cometas el error de venderlos ni ponerles precio. No vaya a ser que le demos la razón a los idiotas que se creen que se puede reducir a números lo que solo de corazón entiende.