jueves, 21 de septiembre de 2017

Cartas a Uve. La Democracia.



Hay una cosa que me da realmente miedo, querida Uve. Quizás dos cosas. Que no comprendas lo que significa “democracia”, y que no quieras asumir tu papel activo respecto a ella. 

Dicen que tú y yo vivimos en una sociedad democrática, tanto a nivel nacional como supranacional. Yo no lo tengo muy claro. Y no es porque me considere una antisistema radical contra toda forma de orden y gobierno, sino porque no entiendo dónde reside el poder final de esta sociedad que habitamos. O si lo entiendo y no me gusta, y no identifico el actual proceso institucional con valores democráticos. Aún así, a título personal, me considero una demócrata convencida, pero a mi manera. Porque no es lo mismo declararse demócrata en España, en Francia, en Venezuela, en Estados Unidos… Las implicaciones sociales del término son muy diferentes en cuanto cruzas una frontera. 

Por eso yo no he venido hoy a rallarte con acepciones sociales del término. Vamos a hablar de democracia como a mí me gusta hacer las cosas, desde el corazón. 

Si nos vamos al diccionario, nos dirá que la democracia es la “forma de gobierno en la que el poder lo ejercen los ciudadanos”. Hasta ahí, todo muy lindo. Cuando nos metemos en el “cómo” ya la cosa cambia. ¿Quiere esto decir que nuestro papel como ciudadanas rasas es el de votar cada cuatro años a nuestros representantes a esperar a que –con suerte- hagan aquellas cosas que dicen que van a hacer en períodos electorales? Sólo el hecho de tener derecho a voto, ¿nos convierte en un país democrático? 

No me malinterpretes. El derecho a voto es irrenunciable y sagrado. Ha costado muchas vidas y si no existiese, habría que inventarlo. Desde luego sin él, no hay democracia pero, ¿es suficiente? 

Desde mi punto de vista, la democracia no es una forma de gobierno, sino que es un valor y un convencimiento que cuando se convierte en colectivo, da como resultado una forma de gobierno. Es una manera de entender el mundo partiendo de la base de que todas las voces importan y de que todas las personas somos iguales en derechos, en valor, en responsabilidad. 

La premisa básica sobre la democracia es que el gobierno de la mayoría es su máxima expresión. Me gustaría que entendieses que eso solo es así si la mayoría es real, es decir, si se ha pronunciado una mayoría significativa de personas. Ha habido muchos gobiernos en la historia de la humanidad que se han hecho llamar demócratas sin contar con una mayoría real, ni tan siquiera significativa si atendemos a las abstenciones. 

¿Son los abstencionistas una pandilla de irresponsables que no tienen derecho a quejarse de lo que pasa en su sociedad por no querer participar de las decisiones colectivas? Pues como todo en la vida, esto tampoco es blanco ni negro. Las personas que, viviendo en una democracia, deciden no participar de las decisiones oficialistas de la misma por diferentes motivos, pueden ejercer sin duda sus derechos fundamentales exactamente igual que aque que sí vota. Y estos derechos fundamentales muchas veces nos llevan a ejercer otras formas de democracia que a veces, son más democráticas y denotan actitudes más comprometidas con la democracia que la de aquel que se pasa por la urna cada cuatro años y el resto del tiempo se olvida. 

Cuando hablo de otros ejercicios democráticos me refiero a muchos: a manifestarse colectivamente por lo que se considera justo, a movilizar a quienes piensan de determinada manera para defender pacíficamente su posición, a recoger firmas, presentar iniciativas institucionales, hacer propuestas, trabajar de forma comunitaria por mejorar nuestro entorno, dar voz a quienes no la tienen, incluso quejarnos de nuestros representantes abiertamente si no están a la altura de la ciudadanía que les elige. 

La democracia no va de ganar o perder, se trata de que todas ganemos. Por eso nunca dejará de sorprenderme cuando el partido de turno “gana” las elecciones y lo celebra como si de una nochevieja se tratase. ¿No se dan cuenta? Les acaba de caer encima el enorme peso de la democracia, la gigantesca responsabilidad de gestionarla mirando por todos y todas. Es una tarea tan tremendamente importante que saltar en un balcón me parece de una frivolidad preocupante, máxime si tenemos en cuenta en el lamentable estado en el que van dejando en nuestro país, gobierno tras gobierno, una democracia que ya nació maltrecha. 

Pero no hablemos de nuestro caso, Uve. Miremos a la democracia de frente y no le pongamos colores ni etiquetas. Es el gobierno de quienes creemos en la libertad y en la igualdad. Y para respetar la igualdad y la libertad del otro hay que hacer un ejercicio básico y demasiadas veces pasado por alto: escuchar. Ser demócrata exige capacidad de escucha. Aunque ganes las elecciones, aunque sea con mayoría absoluta, aunque quien hable sea una minoría aparentemente irrelevante, si eres un demócrata convencido, te importará lo que todo el mundo tenga que contarte. Sabrás responder a las necesidades de tus conciudadanos con honestidad, desde las instituciones, desde la calle, desde tu puesto de trabajo, en tu hogar, en todos los contextos. 

Democracia es justicia, comprensión, solidaridad. Es ser capaz de renunciar a algunas cosas por el reparto equitativo. Es comprender que pagar impuestos es un acto de responsabilidad social y de solidaridad ciudadana. Ejercer democracia es hacer efectivo el respeto de una sociedad por sí misma, y el compromiso que tiene por su propio avance hacia el bienestar colectivo. 

No te dejes engañar por quienes enarbolan la bandera de la solidaridad pero no escuchan, pero mienten a su pueblo, pero ejercen el poder por la fuerza, pero no son capaces de salir de sí mismos. Las personas que se comportan así nunca podrán representar valores democráticos, aunque se aprovechen para ganar dinero de las instituciones de países que dicen –o que quieren- serlo. Ellos están ahí, diciendo que representan a un pueblo, pero solo se representan a sí mismos y a quienes a ellos les sostienen en las esferas de poder. 

A veces, hay que mirar a sitios que parecen poquita cosa para ver democracia. Un equipo de trabajo de cualquier materia que se reparte las tareas compensándolas según sus capacidades. Un grupo de escolares que elige a mano alzada si quieren jugar a fútbol o a baloncesto y una profesora que decide que hoy jugarán a lo que diga la mayoría, y mañana la minoría tendrá su rato de juego. Un padre que reparte con exactitud la merienda de sus hijos, porque sabe que hay cosas con las que no se juega y la comida es una de ellas. Una comunidad que bloquea el desahucio de un vecino porque defiende un derecho irrenunciable de su Constitución. Una señora que escribe “ladrones” en la papeleta aunque sabe que así su voto no será contabilizado. 

Comprometerse con la democracia es comprometerse con todas y con todos. Es ponerse del lado del bien común y de la justicia. Es saber que la ley no tiene por qué ser justa y que desobedecer ante una injusticia flagrante puede ser, también, un acto de democracia. Piensa que los dictadores también emiten sus leyes, y no se nos ocurriría afirmar que la legislación del franquismo era precisamente democrática. Democracia no es subyugación, no es dominio de unos sobre otros, no es callar la boca y esperar cuatro años. Democracia es saber y convencerse de que la historia la hacen los pueblos y de que solo su voz colectiva es la que importa, con todos sus colores, con todas sus formas, con todos sus matices.  

Deja que tu concepto de Democracia salga de las paredes de parlamentos, senados, e instituciones. Empéñate en conocer a quienes contigo comparten sus días. Acércate a todas, pregúntales qué quieren, qué necesitan, qué les preocupa. Entérate de cómo viven todos. Compréndelas a todas. Y solo entonces tendrás la clave, la llave que abre la puerta de esa idea de justicia social que nace de la empatía entre seres humanos. Eso es democracia, al menos para tu madre. Vivir con conciencia de que soy importante, pero no más que nadie; de que soy útil, pero nunca sola; y de que soy responsable de lo que sucede en los días que habito.

martes, 5 de septiembre de 2017

Cartas a Uve. El precio y el valor.



Si consiguiera que diferenciases rápido y bien estos dos conceptos, qué feliz sería, qué tranquilidad me daría, qué buen sendero estarías eligiendo para observar con cierta distancia el circo capitalista. 

Soy consciente del mundo al que te he traído, de la civilización que habitamos, de sus motores y de sus combustibles.  Y me preocupa que los conozcas para que el teatro mundo no te engañe más de la cuenta. Lee esta carta, querida Uve, cada vez que dudes o creas confundir lo que vale algo de lo que cuesta. Y si después aún dudas, no te olvides de observar tu corazón, pues el valor, que es lo único importante, reside ahí mismo. 

El precio tiene una importancia capital en los movimientos de la historia, de las sociedades y de los individuos. El valor… Creo que el valor muchas veces no se comprende. Y me duele que se confunda una cosa con otra, porque evidencia nuestra frialdad y capacidad calculadora por encima de nuestra capacidad de sentir. 

Poner precio a algo, no es valorarlo. Hija. Métete eso en la cabeza. En todo caso, es tasarlo. El precio son números: sumables, acumulables, divisibles, multiplicables, pero solo eso. Cifras. El valor es más abstracto. El valor es el termómetro de la importancia vital de una persona, de una vida animal o vegetal, de un ecosistema, incluso de algunos objetos. 

Normalmente lo que más valor tiene, no tiene precio. 

¿Qué precio le pondríamos al aire que respiramos? ¿Y al sol que cada día nos manda sus rayos de vida? ¿Podrías tasar la sensación de compartir tiempo con las personas que quieres? ¿Cuánto pagarías por un recuerdo feliz? ¿Qué billetes aceptarías a cambio de una de tus convicciones más profundas? ¿Tienes algún objeto que no cambiarías por nada del mundo? Si esta última respuesta es un sí, pregúntate a ti misma, por qué ese sí. Sobretodo, si no has encontrado respuesta para las preguntas anteriores.

Espero que sea un sí de corazón. Un sí que nazca de que algo te remueve por dentro solo de pensar en perder ese “algo”. Que también puede ser un “alguien”, un momento, un entorno, una oportunidad. Ese instinto de conservación de las cosas que te importan, es el valor que les das. No hace falta que tengan un alto precio en tasación. El valor es irreductible a números, es inmune a las matemáticas.
A ver si consigo que lo entiendas. El valor es un recuerdo imborrable. Una experiencia irrepetible. Una persona especial. Alguien  a quien amaste. Una infancia feliz. Una abuela irrepetible y las pocas cosas materiales que dejó tras su último viaje. Un paisaje de ensueño. El aire que respiramos. Los animales que acompañan el poco equilibrio que le queda a la naturaleza que habitamos y que nos da la vida. El valor siempre va de la mano de las mejores cosas de la vida. 

Cuando un objeto material tiene auténtico valor, es porque ha estado ligado de forma muy especial a la vida. Por eso no queremos perder, por ejemplo, un regalo especial que nos hicieron, porque en él está impreso el amor de una persona hacia nosotras. Por eso seguimos guardando ese juguete roñoso que nos recuerda que una vez, fuimos felices niñas.  Por eso sufrimos si perdemos algo de alguien que ya no está, por irrecuperable, porque parece que ese pequeño aliento de recuerdos que nos da esa “cosa” se pierde un poco más con ella. Ese es el valor. Al menos, así lo entiende tu madre. Ojalá quieras entenderlo también tú así, y aprendas a valorarlo todo desde la felicidad que aporte a tu vida. 

Hay quien te dirá que todas tenemos un precio, refiriéndose a las personas. No les creas. Muchas lo tienen. Otras no. Procura rodearte de éstas últimas. De personas de valores y que sepan valorar y no poner precio. Porque insisto. No es lo mismo. No es ni parecido. Vivimos en una sociedad tan podrida que tendrás que ver como unas personas compran y venden a otras, como algunas incluso lo justifican. Como se pretende poner precio hasta a los rayos de sol. Como se confunde una y otra vez lo valioso con lo caro, y como demasiado a menudo detrás de lo más caro y opulento hay una brutal falta de valores. Diamantes de sangre. Minerales impregnados de muerte en nuestros teléfonos móviles. Brutalidad y maltrato animal tras los manjares más exclusivos. Coches de lujo que además, son los más contaminantes. Y millones de seres humanos que aún prefieren acumular y no valorar. Que miran hacia otro lado aún sabiendo que hay precios que no deberían pagarse, por cordura. No seas de ellos, hija. Apuesta por dar valor a las cosas que lo tienen e ignora los cantos de sirena del consumismo y las falsas promesas del capitalismo depredador.

El precio solo va de la mano del dinero. Y el dinero no vale nada. Ni siquiera el que ganas trabajando porque, ¿sabes? Esas monedas y billetes, o esa cifra que asciende en la pantallita de un cajero automático, de por sí, no tienen valor. No lo tendrían sino porque simbolizan tu esfuerzo, la recompensa a tu honradez y a tus ganas de ganarte la vida y a disfrutarla. El valor del dinero no es el billete ni lo que puedas comprar con él, es lo que significa: dignidad y nobleza si se gana limpiamente. Vergüenza y desfachatez si se obtiene por malas artes o si llega sin esfuerzo. El dinero es una herramienta, aunque también es una energía que a mí no deja de parecerme algo turbia cuando observo cuántas veces es capaz de sacar lo peor de las personas. No busques dinero en la vida, hija. Ni nada que lo simbolice. Busca darle valor a tu existencia, y utiliza el dinero como la herramienta que es, pero no lo idolatres, ni lo acumules, ni mucho menos te jactes de él. 

El dinero va y viene. Los precios suben y bajan. El valor es para siempre. Quizás por eso los banqueros y economistas quisieron apropiarse del término, para que una cosa que no vale nada, pareciera tener valor. Pero olvídate, Uve. La vida, es otra cosa. Los valores son patria y bandera, construcción personal, y refugio. Acumula valor y valores en tu vida y deja que te ayuden a crecer como persona. Cuídalos y defiéndelos siempre y no cometas el error de venderlos ni ponerles precio. No vaya a ser que le demos la razón a los idiotas que se creen que se puede reducir a números lo que solo de corazón entiende.

jueves, 24 de agosto de 2017

Cartas a Uve. Cumplir años.

Que los años pasan no es ninguna sorpresa ni un gran descubrimiento que haya venido yo a hacerte, Uve. Pero es así. Pasan y pasan. No siempre al mismo ritmo, pero si en el mismo tiempo. Cuando hayas pasado unos cuantos y tengas una perspectiva un poco más amplia, verás que un verano puede durar lo mismo que un año cuando se es niño y el calor es un regalo para el alma, o cuando los primeros amores de juventud se funden con largos atardeceres estivales, rojizos y ardorosos. Verás que, al pensarlo al cabo del tiempo, ese mismo verano que fue eterno parecerá breve como una única semana. Observarás que los inviernos siempre parecen más largos de lo que realmente son, que cuando llueve, parece que va a hacerlo siempre, y que la nieve a veces tiene el poder de reconciliarnos con la estación más hostil. Cuando recuerdes las primeras veces que viste nevar, o que jugaste en la nieve, seguro que el invierno te parece más hermoso y amable. Ya verás, hija, que la primavera siempre tarda, pero finalmente llega. Que trae la hermosura más exhuberante de la naturaleza, y la pone frente a tus ojos para recordarte que vives en un mundo hermoso que siempre renace. Verás que el otoño trae nostalgia, pero es breve, y aunque de joven no seas capaz de apreciarlo, en tu madurez verás que probablemente es la estación más bella, con su halo suave de cálidos matices, con su aire de renovación con sabor a madera seca.

Cuando hayas vivido un buen puñado de todas estas estaciones, una y otra vez. Cuando hayas acumulado vivencias, aprendizajes, amistades y amores, decepciones, risas explosivas y amargos llantos interminables, paseos en buena compañía, bailes hasta el amanecer, resacas de vino y risas, promesas que se cumplirán y otras que no lo harán nunca, viajes cerca y viajes lejos. Cuando en tu imaginario de recuerdos haya todo esto y algo más, espero que veas claro lo precioso que es cumplir años.

Por que pasa una cosa: mientras seas una niña, será fantástico. Habrá tarta y regalos, confetti y música, y todo el mundo estará encantado de celebrar ese año que pasa cuando aún no son muchos. Pero cuando empiezas a acumular una buena cifra -que ni siquiera tiene por qué ser muy altal pues las cifras son solo eso, números- especialmente si, como tú y como yo, has nacido mujer, todo serán sarcasmos sobre arrugas, kilos de más, arroces que se pasan y demás tonterías de las que no deberías hacer el menor caso.

Las arrugas llegan para todos, también para ellos. Pero a ellos les hacen interesantes y a nosotras, viejas. Las canas les sientan de muerte, pero tú más valdrá que las tapes a conciencia con toneladas de tintes. Aún así, te intentarán convencer de que es preferible que mientas sobre tu edad. Para algunos trabajos, incluso, no se te valorará igual cuando lleves algunos años de los que consideren “de más”. No te dejes engañar por las trampas de una sociedad enferma. No lo hagas. No reniegues de ni uno solo de los años vividos. Saluda cada cumpleaños. Celebrarlo. Celebrate sin complejos y con toda la alegría. La vida te habrá regalado un año más y eso no hay crema antiarrugas que te lo pueda robar.

Aún así, lo importante no es ese día de tartas. La clave, el único secreto para celebrar cumpleaños realmente felices es haber conseguido llenar ese espacio que va desde un cumple a otro de un montón de momentazos que te hagan sonreír cuando pienses en esa etapa que cierras a golpe de soplar velas. Desde que se apaguen esas velas, concéntrate en llenar tu tiempo de cosas buenas: de risas con tus amigos, de la compañía de tu familia, de estudio y apredizaje, de búsqueda y aprovechamiento de oportunidades, de momentos de conexión en la naturaleza, de sueños cumplidos y de sueños nuevos. De sueños, siempre. Ilusiones, todas. Rendiciones, ni una. Acumula vida y deja que lleguen las arrugas, los kilos, la celulitis y todas esas cosas que llaman imperfecciones pero que solo son testigos físicos, a veces ineludibles, de un hermoso paso del tiempo que ojalá te convierta en una persona íntegra, crítica con su entorno pero también amable, combativa y sobretodo, buena gente. Eso es lo único importante. Ser buena gente. La experiencia de los años es un regalo y una oportunidad para cultivar eso mismo. 

Hace poco aprendiste a cantar “Cumpleaños Feliz” y ahora repites en bucle esa canción. Se ha convertido en tu favorita. Ojalá guardes la ilusión por esa canción mucho tiempo. Ojalá todos tus cumpleaños sean felices. Ojalá yo pudiera garantizarte que eso fuese así. Ojalá soples muchas veces mis propias velas, como has hecho este año, trayendo con tu sonrisa todas las bendiciones que ya inundan allá por donde pasas. Ojalá nunca perdieses esa mirada mágica ante unas velas que arden sobre un pastel. Por si acaso, te dejo esta pequeña reflexión en forma de texto, por si algún futurísimo cumpleaños en el que mamá ya no esté necesitas leer de nuevo que estos años que se cumplen son el regalo de la vida y que nunca han de recibirse con temor o vergüenza.

Mientras tanto, siempre habrá para ti una tarta y unas velas en nuestra casa. Las tuyas, las mías. Nuestras vidas celebradas una y otra vez. Ojalá siempre tengas ganas de cantar “Cumpleaños Feliz” como lo haces ahora. Aunque nadie cumpla años. Porque siempre, todos los días mientras estemos vivas, tenemos una vida que celebrar.

martes, 27 de junio de 2017

Cartas a Uve. Un planeta que es de todas

 En memoria de Chico Mendes


Déjame que te cuente, querida Uve, cosas sobre tu hogar. Tu casa. No es ese edificio, más bien es ese árbol. No es esa habitación, más bien es esa montaña. No son esos muebles, más bien son esas flores. No son esas paredes, más bien es ese mar. ¿Me vas comprendiendo?

La casa es una construcción, el hogar es otra cosa. El hogar es el sitio que alimenta tu espíritu y tu naturaleza, donde conectas contigo misma, donde encuentras reposo y consuelo. Y puede ser tan grande como amplias sean tus miras. La casa puede formar parte de ese hogar, pero si no entendemos que todo lo que hay de puertas hacia afuera de nuestra propia casa debería ser considerado más nuestro hogar que nada, entonces no podremos hacer el favor de cuidarlo. No te despistes ni caigas en el extremo individualismo en que vivimos anclados, según el cual cada uno cuida única y exclusivamente la parcela que ha pagado con dinero. Eso tampoco es hogar, es propiedad, y ¿sabes qué? Es un concepto inventado, y no sabría explicarte cómo es posible poseer una tierra, una montaña, una playa, incluso los rayos del sol. Nunca lo entendí.

Me gustaría trasladarte la idea de que es imposible que abarques tu hogar con los ojos. Nunca lo harás. En tu hogar nunca se pondrá el sol. Has llegado al planeta más hermoso que los humanos hemos podido intuir. Que nos da todo lo que necesitamos, incluso cuando está al límite de sus fuerzas. Estás en el más bello decorado que ninguna casa podría tener, estás en el planeta Tierra, el planeta de la vida. Ésta es tu casa. Toda ella.

Ouparás de ella espacios limitados, cambiantes. Algunos te gustarán más que otros. De otros aprenderás muchísimas cosas. En determinados parajes te encontrarás a tí misma. En otros comprenderás muchas cosas que no se explican en ningún libro. Pasea, querida hija, pasea por tu casa. Observa y disfrutala: nunca renuncies a "perder el tiempo" embriagándote de la belleza que te rodea. Quédate embelesada con las olas del mar. Trepa a los árboles y abrázalos fuertes para sentir como la vida los atraviesa. Piérdete en una montaña y grita con todas tus fuerzas. Olfatea la primavera, pinta el otoño, saborea el verano, acompaña con nostalgia la inmensidad del invierno. Y siempre, siempre siéntente parte de ello. Parte de todo.

La misma vida que fluye entre la savia de los árboles, la energía que hace que se abra sutilmente una flor, la que se manifiesta con ternuna en los primeros juegos de un cachorro de cualquier especie, es la misma madera de la que tu estás hecha. Eres parte de ésto, como lo somos todas y todos. Siéntelo, experimentalo, mézclate con tu planeta y emociónate de vivir en un paraíso como éste.

Cuando hayas conseguido esta unión, esta emoción de sentirte parte de algo tan grande, entonces podrás llorar con él, porque, aunque te lo haya pintado todo muy bonito, este precioso planeta tiene un enorme problema del que también eres parte en tanto que eres humana. Día a día, hora a hora, nuestro precioso planeta se consume por la avaricia y la sinrazón de quienes no entienden que este aire que respiran -que respiramos todas-, que ese agua que beben -que bebemos todas-, que ese tierra que cultivan, no es de nadie, y es de todos, y además no se puede comprar, hipotecar, ni pagar con billetes que de poco van a sacarnos cuando consigamos hacer imposible la vida en este planeta, todavía azul.
Lamentablemente y como pasa a menudo, vivimos en un sistema de convivencia social donde solo los seres humanos importan -y me atrevería a decir que tan solo algunos de ellos-. Lo hemos puesto todo al servicio de un ritmo de desarrollo ficticio que no puede mantenerse mucho más tiempo. Nos va la vida en ello. Ni más ni menos. No hemos sabido ver que nuestro planeta y nuestra naturaleza ya estaba a nuestro servicio, como nosotros al suyo, en un orden natural perfecto que jamás deberíamos haber alterado.

Quizás todavía no sea tarde, y por ello sea determinante convenceros a vosotros, a los recién incorporados, de que esta cuestión es importante. Quizás vosotros lo entendáis mejor y sepáis leer las señales de forma apropiada, nosotros, mi generación, parece que estamos aprendiendo el idioma del desastre natural, y no nos queda mucho tiempo. Me gustaría pensar en una generación de ecologistas "nativos" (algo así como los nativos digitales) de los que tú pudieras formar parte. Una legión de niñas y niños que crezcáis sabiendo y habiendo interiorizado desde la cuna que vuestra cruzada está en salvar el planeta que habitáis, el único hogar real que poséeis. Niños que seréis adultos que no necesitarán ir a la vuelta de la esquina en coche, que sabrán perfectamente como reciclar, pero que aún así preferirán reducir el consumo y reutilizar las cosas que utilicen, que apostarán por la energía limpia y el comercio de proximidad que mantendrán sus ciudades limpias y velarán por sus campos y sus mares, y por la sostenibilidad de los recursos que habitan en todos los entornos de nuestro planeta.

Quizás, mi pequeña Uve, vosotros seáis la última oportunidad que tengamos de sacar adelante el sueño de convivir en paz con nuestro planeta. Supongo que será todo un escándalo el día que te des cuenta de lo que hemos hecho a este precioso lugar quienes vinimos antes que tú, y lo comprenderé. Solo espero que, con mensajes como este, pueda ayudarte a posicionarte a favor del cambio, a favor de la esperanza para nuestra naturaleza y para nuestro futuro. Que trasladarte estas ideas sea otro granito de arena que pueda aportar yo a un futuro mejor para todas y todos.

Insisto. En ello nos va la vida entera.

lunes, 8 de mayo de 2017

Cartas a Uve. La madre

Esta es una carta complicada, Uve. Todo un reto. A veces es necesario tomar distancia para escribir algo meridianamente bueno y digestivo sobre temas de especial implicación sentimental. Esto lo aprendí del periodismo, y en ocasiones me resultó harto dicífil.

De la literatura aprendí lo contrario, aprendí a poner toda la carne en el asador, a impregnar cada palabra de afectividad, de sentir real, a transmitir algo más que información, a hacer llegar sensaciones y sentimientos.

Y hoy me encuentro en la tesitura de querer ofrecerte un punto intermedio entre mis dos pasiones y habilidades profesionales. Pero es que vengo a hablarte de la figura de la madre, y la implicación sentimental es total, la distancia muy corta, la afectividad total. Veremos a ver qué sale.

Para entender lo que es, y sobretodo lo que significa una madre no hace falta hablar de entrada del amor infinito (que lo hay), de la amnegación, del sacrificio. Todo esto existe en la figura materna, pero no es lo único que hay debajo de ese nombre. Tras el cartel de "mamá" hay, en términos biológicos, una mujer que gesta y pare. En términos humanos, una persona que cría, cuida, ama. ¿Te has fijado que en esos términos humanos, no es absolutamente necesario que la madre tenga sexo femenino? ¿Y que tampoco es necesario que te haya llevado en su vientre?

Hay mamás que son abuelas o abuelos, mamás que no llevaron a sus peques en la barriga, mamás que no lo son desde que sus hijos nacieron sino que se convirtieron más tarde a esa condición. Hay madres que son hombres. Madres que solo gestaron y parieron. Madres con título y sin él. Madres que no pudieron serlo. Hay madres, y madres.

No quiero liarte, pero si quiero que entiendas un poquito el mundo que habitas, será necesario hacerte un pequeño embrollo.

La madre es la autora de los días de cada uno. Es quien te entrega el testigo de la Vida de una u otra manera. Ya sea pariéndote, pasando por una cesárea en la que se juega la vida, recogiéndote en un horfanato, o incorporándote a su nido cuando la vida te da la espalda. La madre es el amor hecho persona. Y sí: es entrega, es abnegación, es -mucho- sacrificio.

Ser madre no significa ser perfecta. Mi madre no es perfecta. Yo desde luego no lo soy, y algún día te darás cuenta de ello. Mi madre es una mujer que muchas veces no ha estado en casa (como yo), por salir a trabajar o por otras cuestiones. Mi madre es una mujer que se encarga de tantas cosas que al final se ha convertido en una tremenda despistada (camino que parece que sigo yo también). Mi madre a veces prefiere descansar o salir con sus amigas que pasarse la mañana cocinando para nosotros. Otras veces se va y no nos deja hecha la cena. Alguna vez se olvidó de hacerme un bocata para el cole, o plancharme una camisa, o qué se yo... No siempre le dió tiempo a satisfacer todos los requerimientos que muchas veces volcamos sobre ellas.

Y ahora me alegro. Me alegro de que no siempre (aunque casi siempre) tuviese tiempo para mí, me alegro de que en algunos momentos pareciera que yo no fuese su absoluta prioridad (aunque en el fondo sí que lo era), me reconforta pensar que pudo hacer su vida dentro de la vorágime de responsabilidades que se te vienen encima cuando te conviertes en madre. Me gusta pensar que no todo fue abnegación para ella, que no todo fue sacrificio, que no todo fue difícil. Aunque ahora soy madre y se el reto al que se enfrentó, y sé que estuvo ahí aún cuando no me di cuenta.Y tengo claro que fue difícil.

Madres, las hay para todos los gustos, pero tienen en común una cosa: son personas. Tienen sus necesidades, quieren vivir su vida y quieren compartirla con nosotros, sus hijos. Pero también quieren echarse una buena siesta, también les da pereza tender la lavadora, quizás no les guste nada cocinar, o no sepan coser los tomates de los calcetines. Les gustaría tomarse un gin tonic en algún bar abierto hasta el amanecer sin hora de regreso, o fumar alguna sustancia ilegal y reír hasta reventar para soltar todo el estrés que acumulan. Son humanas. Y no por eso son peores madres. No nos quieren menos. Solo son humanas. Con sus necesidades, con sus dudas, con sus inquietudes, con sus proyectos y sus aspiraciones.

Cuando yo tenía unos seis o siete años, mi madre llegó un día muy feliz a casa mientras yo cenaba y me dijo, eufórica, algo que no comprendí: se había sacado el título de auxiliar de enfermería. Me sonó a chino y, probablemente, seguí zampando salchichas frankfurt mientras veía Barrio Sésamo.

Ahora tengo casi treinta años y lo entiendo perfectamente. Yo soy la segunda de sus hijos y con dos críos a la espalda, a mi madre se le había metido en la cabeza ir a mejor en su profesión, y había apostado por los cuidados hospitalarios, la que ha sido su profesión hasta hoy y el sustento económico principal de nuestra familia en muchas etapas de nuestra historia. Apostó por ella misma, y ganamos todos. Por fin entendí esa euforia, esa celebración tan merecida, ese tanto que le marcó una mujer a la maternidad tradicional.

Me da la sensación de que, escriba lo que escriba, no voy a dejarte claro lo que es una madre en unas pocas líneas llenas de letras. Supongo que entenderás lo que signifique para ti tu propia madre, como yo entiendo esa figura a través de la mía. Ese es mi particular reto. Ser a tus ojos una mujer libre, de mente inquieta, con hambre de aprender muchas cosas, con ganas de olvidar muchas otras, con mis miserias, con mis errores, con mis capacidades y mis límites, con mi pereza por tender la lavadora y mi ineptitud para coser botones. Con mi pasión por las letras y los viajes. Con mi mano inquierda. Con mi amor infinito hacia ti.

Afortunadamente, por defecto y en general todas las madres somos la mejor del mundo para nuestros cachorros. A veces pienso que no seré una madre tan estupenda como la que yo he tenido, pero como tengo claro que la mía es única, ni intento parecerme a ella. Me basta con las grandes lecciones que me ha dado y me dará sobre lo que es querer a tus hijos y hacer que se sientan queridos, respaldados, comprendidos y apoyados.

Y si el día de mañana observas a otras mamás y ves que no metieron a sus bebés en una furgo y se largaron a recorrer kilómetros con ellos, como yo hice contigo. Si ves que otras mamis no mandaban a sus niñas a la guarde un ratito antes de trabajar para tener tiempo para escribir. Si te das cuenta de que algunas madres no salen sin sus hijos, ni se van el día de la madre a tomar una cerveza con sus amigas, o que quitan mejor las manchas de la ropa de lo que yo lo hago, o pueden cocinar sin prisas. Perdóname y compréndeme. No todas las madres somos iguales. Recuerda que solo soy otra humana, perdida en un mundo que apenas comprende, tratando de ser feliz y de desarrollarse a sí misma.

Sobretodo ten en cuenta que todo lo que tenga que ver contigo será para mí terreno sagrado. Pero permíteme que no sea demasiado abnegada, que te muestre de vez en cuando mis alas de libertad. En el fondo lo único que quiero es que veas las mías, para que el día de mañana valores y defiendas las tuyas. Quizás hasta eso de ser libre lo haga por ti, a estas alturas. Porque soy tu madre. Por que te quiero. 


Y te quiero libre. 








jueves, 23 de marzo de 2017

Cartas a Uve. El padre

¿Qué es un padre? Querida Uve. Cómo osaría definir para ti algo tan absolutamente relevante en la vida de cualquiera. Quizás me esté metiendo en camisas de once varas, no lo niego, pero creía importante explicarte el significado de esta palabra y de la persona que la lleva. Para bien o para mal, su influencia es inmensa. Si está, puede marcar totalmente el rumbo que tomará nuestra persona. Si no está, le buscaremos en los rincones de nuestras almas aún sin darnos cuenta. Un padre es necesario. Y hay padres y padres, de eso no cabe duda.

Hay padres que dicen serlo por el hecho de engendrar, pero yo creo que eso es algo demasiado fácil, demasiado al alcance de cualquiera como para que merezca un título tan honorable. Desde mi punto de vista, el padre se hace, no nace con un embarazo. Lo que no está al alcance de cualquiera es ser un buen padre: una guía, un ancla con la que atarse a los puertos más importantes: el de la infancia, el de la familia, el del amor incondicional.

Puede que esté hablando desde mi propia experiencia, y desde ese balcón se vea una realidad que solo es una más entre millones de ellas, pero para mí mi propio padre siempre ha significado seguridad, cobijo, confianza. Allí donde esté mi padre, hay un hogar para mí. Y el día que me falte sé, sin la duda más mínima, que llegarán tiempos oscuros para mí, porque me faltará una de las luces más importantes que han alumbrado mi camino hasta ahora.

Un padre puede estar en figuras diferentes al susodicho elemento engendrador. La genética no puede vencer en esta batalla a los sentimientos que nos unen a las personas, y que son en última instancia, lo realmente valioso de la vida. Cada uno buscamos nuestra figura paterna, y no siempre se tiene la suerte de encontrarla en nuestro padre biológico, pero puede estar en otros brazos, en otras sonrisas, en otros parentescos o relaciones, y ser perfectamente válida. La paternidad no está en un título concedido por genética, está en el amor, y solo el amor legitima este título tan poderoso.

Por que un padre, querida Uve, tiene mucho poder sobre poder la persona que somos y que seremos. Y por eso esta tarea de la paternidad hay que ejercerla con mimo y pies de plomo. Su consejo siempre será escuchado (aunque a veces no lo crean), su opinión siempre será tenida en cuenta, su cariño hará florecer lo mejor de nuestras personas, y si recibimos su maltrato, éste nos convierte sin remedio en personas más difíciles, marcando nefastamente nuestro rumbo. Un padre no es cualquier cosa, es un espejo donde nos miramos casi sin darnos cuenta, y su trabajo -nada sencillo- es hacer que nos guste el reflejo que nos devuelve su mirada. 

Por eso es tan importante no sentirnos juzgados, despreciados, ninguneados por nuestro propio padre. Eso destruye la confianza de las personas porque son grietas sobre sus propios cimientos. El buen padre siempre mira a su hijo con confianza en él, tratando de no juzgarle, comprendiendo que su camino es sólo de él y sólo él debe transitarlo, ofreciendo apoyo cuando las cosas se ponen difíciles sin culpar y sin avergonzar. Un buen padre sabe que su hija es un ser único en el mundo del cual tendrá que ocuparse algún tiempo, pero tiene miras suficientemente altas para saber que al final, solo le pertenecemos a la vida y a los tiempos que vivimos. Un buen padre sabe que sus esquemas no sirven necesariamente a sus hijos, y les deja volar cuando llega el momento, porque saben observar qué vientos les llevan hacia sus sueños, que de sobra conocen. 

Los padres marcan la vida de una persona aún cuando no están. Recuerdo muchas veces a mi padre hablando del suyo, que les dejó demasiado pronto, siendo él un niño, y aún así ha sido siempre una figura constante, una luz invisible sobre la vida de un niño que luego fue un hombre y que siempre vivirá con la sensación de haber tenido que despedir a su padre demasiado temprano. Y por eso preguntaba cosas de él, y siempre recuerda esas respuestas. Por eso habla de él siempre que puede. Por eso alguna vez fuimos al pueblo del que él era, buscando esa conexión, ese vínculo sagrado de la historia de quienes marcan nuestra propia historia. Porque era su padre, su presencia está obligada a seguirle durante toda la vida.

Tu propio padre, dejará en ti una impronta imborrable. Espero que de él recuerdes siempre lo mucho que te quiere, y que siempre lo notes, como lo nota cualquiera que te vea subida a sus hombros por la calle, o partiéndose de risa cuando jugáis, o bailando alguna de esas canciones que tanto le gustan a él y que dentro de unos años te sonará rancia y te dará risa. Espero que te quedes con su optimismo y con su energía, con sus ganas de vivir, y con su nobleza. Supongo que son algunos de los mejores legados que podrá dejarte y te lo digo porque le conozco, como compañero y como persona, pero eso que yo observo en él nunca podrá igualar a la forma única en la que tú le conocerás: como tu padre. Un punto de vista incomparable al que puedas tener hacia ninguna otra persona en el mundo.

Así son los buenos padres: el mío, el tuyo. Incomparables. 



miércoles, 8 de marzo de 2017

Carta a Uve sobre el 8 de marzo

Puede que en algún momento de tu vida te pares a pensar, te sorprenda incluso que las mujeres tengamos un "día internacional", hasta recibirás felicitaciones como si de tu cumpleaños se tratase de ocho en ocho de marzo. Querida Uve, este día ocho de marzo es el día internacional de la mujer. Y para tu madre es el día internacional de la mujer trabajadora. Este día se conmemoran dos huelgas históricas de trabajadoras que luchaban por la igualdad de derechos laborales: textiles en 1857 y costureras en 1908. La última de estas huelgas terminó con 120 mujeres asesinadas, a las que se encerraron en una fábrica y se quemamaron vivas.

No es una fiesta, no es una celebración. Que no te confundan. Es una reivindicación. Una jornada de lucha y una necesidad porque, al fin y al cabo, las mujeres somos el colectivo (si es que se puede llamar "colectivo" a la mitad de la humanidad) más numeroso hostigado por el sistema patriarcal, base inseparable del sistema capitalista. Pero tranquila, no es mi intención aturdirte con la terminología. Solo me gustaría que entendieses que las mujeres tenemos un día de lucha porque lo necesitamos. Porque, lamentablemente, has ido a nacer en un mundo hecho por y para los hombres, donde nosotras somos sistemáticamente invisibilizadas, apartadas sin disfrutar de ninguna igualdad de oportunidades, saboteadas en nuestro crecimiento personal o profesional, encerradas en el hogar, mutiladas, violadas, maltratadas, vendidas y compradas, asesinadas.

Ojalá no tuviera que explicarte esto, mi niña. Pero has nacido mujer y nada de esto te será ajeno. Al parecer vamos a tardar más de cien años en cerrar tan solo la brecha salarial, al ritmo que vamos. No quiero ni pensar cuántos años quedarán de berreos callejeros desde los andamios, de no poder caminar solas por la noche, de humillantes chistes machistas, de no poder vestir como queramos sin ser cuestionadas, de trabajar fuera y dentro de casa con nulas posibilidades de conciliación. Me pregunto cuánto faltará para que podamos decidir sobre nuestros propios cuerpos, sobre nuestras maternidades, sobre tantas cosas que se nos niegan.

En algunos países del mundo no podemos votar. En otros somos directamente propiedades que se venden y se cambian. En otros lugares nuestro sexo es considerado sucio y pecaminoso y se nos mutila para convertirnos a los requerimientos de un varón. A algunas se las ha lapidado por ser violadas. A otras se les ha disparado por querer ir a la escuela. A otras les rociaron con ácido la cara. A esta la quemaron. A otra la apuñalaron. Y así suma y sigue. No hay realidad más obvia que el odio contra las mujeres en este mundo de hombres. Y aunque tu madre no entienda el por qué, sí entiende que debemos luchar contra ello con cada vez más intensidad, sumando a nuestra lucha a los hombres justos (que los hay) y permaneciendo unidas, no separadas en recelos, en envidias, en cotilleos, como nos quieren tener. Tenemos que ser todas una misma voz, y exigir para cualquier mujer el respeto que queremos para nosotras. Desterrar esa idea de que nosotras "somos las peores machistas", porque hasta donde yo sé, todavía ninguna mujer se ha cargado a otra por el hecho de serlo. Los problemas de algunas son los problemas de todas. Si tocan a una, a todas nos han tocado y cada vez que una muere, hemos muerto todas un poco.

Siento mucho tener que explicarte esta realidad con toda su dureza, aunque harían falta ríos de tinta para llegar a explicar todas las reivindicaciones que tenemos por delante. Me encantaría haber podido pasar de escribir esto porque supiera de dentro de unos años no te van a preguntar en una entrevista de trabajo si quieres tener familia, o no te van a despedir por quedarte embarazada, o no te van a decir que te pones histérica cuando tienes la regla (alguien que nunca la ha tenido), o no vas a tener que aguantar chistes machistas con tus propios amigos sin que ninguno de los varones diga "conmigo no contéis para esto", o no tendrás que oír que esa falda es muy corta o ese escote muy bajo, o podrás ir a abortar con seguridad si así lo decides, o no tendrás que pedirle a un amigo que te acompañe de noche, o no le dirás a una amiga que te escriba para saber que ha llegado entera a su casa. Todo eso, te pasará. Muy probablemente. 

Pero contarás con una ventaja: podrás comprender el mundo que habitas si abres bien los ojos, si lees y entiendes de dónde vienen esas desigualdades, esas salidas de tono, toda esa mierda. Ellos han diseñado el mundo. Ellos tienen la sartén por el mango y todas las ventajas habidas y por haber. Sus privilegios son tan grandes como su resistencia a cederlos a nuestro favor. Pero poco a poco veremos y verás cambiar algunas cosas. Algunos se dan cuenta y nos prestan su apoyo, pero no son todos los que se hacen llamar feministas. Son los valientes de verdad: los que no ríen las gracias al colega que les pasa una foto de unas tetas enormes, los que no se preocupan si su pareja cobra más dinero, los que cuidan de sus hijos sin "ayudar" a su compañera, los que respetan nuestros logros y saben que en otro orden mundial tendríamos muchos más y seríamos más visibles en los medios, en las empresas, en la política. Esos son los verdaderos compañeros de lucha y estarán a tu lado en días como este, pero no felicitándote, sino luchando hombro con hombro. Rodeate de ellos siempre que puedas.

Pero sobre todo rodéate de ellas, de las mujeres, de tus iguales. Entiende sus problemas y explícales los tuyos. Obsérvalas en todas las partes del mundo y analiza las diferencias y las semejanzas de vuestras dificultades. Trabaja la sororidad: la hermandad entre mujeres, el respeto, el aplauso a las compañeras, el orgullo de los logros de cualquiera de ellas. No la envidia, no la agresividad, no el recelo. Cuida de todas las mujeres. Luchas por todas ellas. Y tú, que al menos tienes derecho a salir a la calle el ocho de marzo, no te pierdas nunca una jornada de reivindicación para gritar que ya basta, que exiges para ti la igualdad que no conoció tu madre. La total. La que es de justicia. La que nos ponga por fin al nivel merecido de respeto, reconocimiento y oportunidades. La que respete nuestras vidas y nuestra libertad. 


En ese camino de lucha, siempre podrás contar con tu madre. 


martes, 28 de febrero de 2017

Cartas a Uve. La patria Infancia



Nadie nos advirtió que extrañar
es el costo que tiene los buenos momentos
Mario Benedetti


Me encanta sentirme patriota de tus carcajadas, de tus picardías, de tus mimos y de tus ocurrencias. Adoro pertenecer a tus comienzos, a tus logros y a tus aprendizajes. Es increíble formar parte de la construcción de la patria de alguien, de la tuya: de tu infancia. He leído atribuida a diferentes autores la frase de que la patria, es la infancia. Sin saber señalar el autor verdadero de semejante afirmación, no puedo estar más de acuerdo.

Patria es una de estas palabras tan desvirtuadas y tan asociadas a ideas dispares que su definición se hace imposible sin implicar sentimentalismo. Primero la asociamos a nuestro país, porque así nos lo enseña la sociedad que ha de atraparnos. Nos convertimos en patriotas de bandera o de himno sin saber a ciencia cierta de dónde vienen las cosas que idolatramos. Nada tan vacío y tan rancio como los patriotas sin memoria, sin historia, sin conocimientos sobre su propia pertenencia, sin preguntas, gente que asume que todo lo suyo es lo mejor sin cuestionar nada y sin asomarse a otros balcones. Los reconocerás por frases enlatadas del tipo: "como en (pongamos aquí el nombre del país/ciudad/pueblo de cada cual) no se está en ningún lado", o "somos la envidia de Europa porque (tal y tal cosa)". 

Me gustaría poder explicarte el sentido que para mí tiene la palabra patria. Tu madre, como de costumbre, pretendiendo explicar las cosas más "facilitas". Patria significa pertenencia, arraigo, identidad. Esto no tiene porque reflejarse en una bandera, en un idioma o en un himno (que puede ser). Creo que va mucho más allá. Patria es hogar, es tu hogar. Puede ser una casa, un pueblo o una ciudad, un recuerdo, un objeto, un olor, un rostro, un viaje. Puede ser cualquier cosa donde te encuentres a ti misma. Y si eres observadora y curiosa, difícilmente vas a conformarte con una sola patria. Por eso los culos más inquietos que he conocido se denominan "ciudadanos del mundo" y rechazan sentirse demasiado de aquí o demasiado de allá y renuncian parcialmente a lo que se consedera arraigo -tradicionalmente hablando- en pos del privilegio de sentirse en casa en cualquier sitio donde encuentren algo de felicidad.

No confundas patria con nacionalidad, Uve. No es lo mismo. La nacionalidad te la da el azar de nacer en un sitio o en otro, pero en los tiempos que vivimos, demasiadas veces viene amarrada con fronteras, con vayas o muros, con recelos y miedo a lo diferente, con egos irracionales y cerrazón. Rechaza esa patria. Quédate con la patria de tus vivencias, de tus valores y de tu gente, con la que muchas veces compartirás nacionalidad y otras tantas, no. Escoje la la patria de la tolerancia, la de los brazos abiertos y la solidaridad. No escuches a quienes te reclaman para besar banderas y meter un papel en una urna cada cuatro años para después devolverte a cambio tijeretazos en las cosas que más necesitas y mereces por dignidad humana. Esos peligrosos patriotas que gestionan lo de todos haciendo apología de la "patria", pero que solo buscan su propio beneficio, no te van a enseñar nada interesante sobre la profundidad del término.

Me gusta mucho reflexionar sobre esa idea de la patria infancia. Es nuestra etapa de construcción y de máximo desarrollo concentrado en menor tiempo. Es ese momento en que observamos el mundo sin filtros y sin tapujos, y nos relacionamos sin prejuicios. La infancia es libertad, es mirada limpia, es mente abierta. Si la infancia fue feliz, no hay una patria mejor a la que volver a refugiarnos cuando suenan truenos o tambores de guerra en nuestra vida adulta. No es que podamos volver en plan máquina del tiempo, pero sí podemos mirar la película que grabamos en nuestra mente en aquellos años, para reconocernos de nuevo, para saber cómo era aquella niña y cuánto puede decirnos sobre la persona adulta que ahora somos (que tú algún día serás) y que muchas veces no entendemos. La infancia son nuestros pilares, los cimientos de todo lo demás, el ancla con la que permanecemos en todos nuestros diferentes puertos. Nunca la pierdas de vista. Es tu pertenencia máxima y cuando pase -que pasa muy rápido- nadie te la podrá arrebatar.

Marca tanto esta etapa, si es feliz, si es traumática, si es dramática o si es idílica, que muchas veces me asaltan toneladas de dudas sobre qué tipo de cimientos estaré construyendo para ti. Lástima que esta patria solo se pueda defender y entender cuando ya se ha transitado, cuando se la observa en la distancia. Tendré que esperar algunos años para ver de qué forma te afectarán estos años. De alguna manera tu infancia será también mi patria, mi pertenencia, mi arraigo al mundo. Porque me muestras cada día cómo volver a mirar con ojos de niña, porque me enseñas tantas cosas o más de las que te enseño yo a ti, porque contigo ha vuelto la sorpresa, algo de inocencia y mucha curiosidad a mi vida. Por eso cuidaré tu patria hasta que la hagas tuya, con la esperanza de que el día de mañana entiendas que no hay más bandera que la libertad, ni mejor himno que la tolerancia. Todo lo demás, es un mundo inmenso donde las fronteras las pusimos nosotros (los seres humanos), las razas las describimos nosotros remarcando las diferencias sobre las infinitas similitudes, la riqueza material la distribuimos nosotros. Y en nuestra locura colectiva creamos con ello demasiadas patrias ficticias.

No las hagas tuyas. Sé ciudadana del mundo y de tu infancia. Reinventa, retoca y define tu propio sentido de la patria. Y no pierdas de vista al hacerlo estos primeros años de tu vida, tan decisivos. Recuerda: son tus cimientos. Tu construcción. Tu verdad. 

 

viernes, 24 de febrero de 2017

Cartas a Uve. El valor de la vida (I)

Hoy vengo a explicarte lo que entiendo por vida. Al menos lo que creo entender, pues se trata de uno de estos conceptos que no te quedan nunca claros del todo, que se reformulan a cada paso, y sobre los que se dice de todo y no todo cierto.

La vida para algunos es el valor máximo, para otros un don divino, para muchos una mera casualidad. Para mí quizás sea una combinación de esos tres aspectos, evitando lo divino y apostando por lo natural. La vida brota de la naturaleza, y desde mi punto de vista, solo a ella nos debemos. Cuando estabas en mi barriga leí en un libro que la misma energía y fuerza que hacer que un bebé surja de la unión de dos células, y que luego crezca, nazca, y llegue a ser persona, es la misma energía y la misma "magia" que hace que crezcan los árboles, que nazcan las flores, que bulla la sangre por nuestras venas a traves de espasmos eléctricos autoproducidos. Por supuesto hay razones científicas para todos estos fenómenos, pero no me dirás que algo de magia sí que se observa cuando atendemos a la vida con mayúsculas, a lo natural, a lo más primigenio, a aquello que nosotros, los seres humanos, no hemos puesto ahí ni hemos provocado.

Eso es lo que tu madre entiende por "vida". Un todo del que todos formamos parte. Por eso devociono la naturaleza como otros lo hacen a sus dioses. Por eso soy una ecologista convencida y practicante, porque ese es mi único dios, la energía que se ha convertido en mí, en ti, en nuestras personas queridas o en las desconocidas, en la naturaleza que nos rodea y en todas sus particulares manifestaciones a lo ancho de este -todavía- precioso planeta del que somos un ínfimo elemento. Creo que nuestras manifestaciones físicas se dan en un tiempo determinado y durante ese tiempo somos personas, y nos llamamos Cristina, o Pedro, o Pablo, o Uve. Y después, cuando nos marchamos de esa situación corpórea, pasamos a formar parte de nuevo del todo, de la infinidad cósmica, llámalo equis.

Hay muchas cosas que dudo sobre la vida. No tengo respuestas para las típicas preguntas de quienes somos o de dónde venimos, pero sí estoy convencida de que la vida es un regalo, aunque yo personalmente, no sepa de quien. Creo firmemente que todos tenemos derecho a luchar por hacer de nuestro espacio de existencia el lugar más fécil que podamos, siempre que no dañemos con nuestras pretensiones. Y me encanta cuando observo a la gente creyente, que ha canalizado estas dudas que todos tenemos y les ha dado respuestas que yo no comprendo, me encanta cuando lo hacen desde el respeto a los demás a dudar, a negar, a cuestionar. Me encantan también los ateos, tan seguros de su seguridad, tan científicos, tan combativos. Me encanta la gente que no sabe qué pensar sobre la vida, pero que la respeta y escucha de aquí y de allá para acabar hecho otro lío de los grandes. Me encantan todos y me encanta el debate sobre el origen de la vida, pero creo que es secundario respecto al debate principal: el valor de la vida.

La vida, ¿qué vale? Un creyente te dirá que no la posee, que es de su dios y que por eso su valor es supino. Un ateo te dirá algo como que el valor de la vida depende de facto de factores sociales o económicos. Un idealista te dirá que todas las vidas valen lo mismo pero, lamentablemente, el telediario se encargará de demostrarte todos los días que eso no es cierto. Cada loco con su tema en esta jauría de debates. Todos con un poco de razón. Todos con un poco de engaño.

Desde los ojos de tu madre no puede haber ninguna vida que valga tanto como la tuya. Pero no eres hija de todos, no todo el mundo percibirá tu vida como el valor definitivo. Habrá quien no tenga problema en hacerte daño, en pasar por encima de ti o de quien haga falta pensando que su propia vida es el valor máximo. ¿Cambia la vida de valor según quien la observe? ¿Según desde dónde se observe? Pues lamentablemente, así parece. No valoramos igual la vida de los animales o la vida natural que la vida humana; y en la propia vida humana hacemos diferenciaciones: verás que quien se escandaliza ante un aborto olvida al instante las últimas imágenes de niños refugiados malviviendo y condenados en campos de concentración; o que demostramos sin pudor y a los cuatro vientos que las vidas de Europa parecen no valer lo mismo que las vidas de Siria. Yo trato de convencerme todos los días de que no somos tan necios o tan malvados -especialmente los ciudadanos del lado acomodado del mundo, como lo somos nosotras- pero cada vez se me hace más difícil ante las crueles evidencias que todos dejamos como un reguero de miseria.

Si a lo largo de todas estas observaciones he llegado a alguna conclusión, es que el valor de la vida es relativo a los ojos de los humanos. ¿Es esto cruel? Seguramente. ¿Hipócrita? Desde luego. Pero es la única explicación que se me ocurre, y por otra parte es algo que seguro poca gente reconocerá.

Para mí también es relativo este valor. Desde mi punto de vista el valor de una vida viene denotado por dos aspectos: la inocencia en primer lugar, y esta dura poco. Por eso creo que los niños y las niñas sois sagrados, si es que hay algo que considero sagrado. La inocencia da valor a una vida porque añade la incapacidad de dañar, y eso siempre se merece un respeto, al fin y al cabo es una manifestación de la bondad. Por desgracia, la inocencia dura más bien poco. A partir de ahí, escojemos nuestro propio camino y con él, el valor que tendrá nuestra propia existencia. Cada vida será valiosa en tanto en cuanto sea positiva, aporte, ayude a crecer y a mejorar. Si la elección va más en la dirección de dañar, de matar, de violar, de destruir, entonces, no tengo duda alguna de que esa vida tiene un valor mucho menor. Y en esto, como en todo, también hay relatividad, porque podemos mejorar, podemos reinsertarnos, podemos darnos cuenta de nuestros errores -que hay errores, y "errores", claro está- pero quien opta por el daño, opta por que su presencia sea, objetivamente más prescindible que quien elige el camino del buen rollo y el respeto.

Ojo, con esto no quiero decir que me cargase a todo el que yo considere dañino, porque ni mi criterio sobre el daño es universal, ni pretendo erigirme como baluarte de las buenas conductas, precisamente yo, que tropiezo quince veces con la misma piedra y a veces lanzo la misma a quien menos lo merece. Solo pretendo ayudarte a reflexionar sobre qué vale la vida y los tipos de vida: la vida humana, la natural, la animal. ¿Cómo valoramos los árboles que crecen a nuestro alrededor, que también son vida? ¿La vida de los animales que fueron la carne que nos comemos? ¿Y la de nuestras mascotas? ¿Y la denuestros muertos? ¿La de quien vive del cuento y roba a su comunidad pero aparece como un triunfador definitivo porque su vida "vale" mucho dinero? ¿La del pequeñín que llega en patera a nuestras afortunadas costas buscando un futuro mejor?

Y ahora que ya tienes otro meollo mental fenomenal generado por las ralladas de tu madre, como a todo esto no le vas a encontrar explicación sencilla y menos aún resumida en un artículo de dos páginas, te invito a que observes tu propia vida y le des el valor que consideres. No vayas a cometer el fallo de mirar las cosas materiales que posees, que son muchas, porque eso es una lotería y nacer aquí o allá es como que te toque el gordo. Mejor piensa en los valores que te rodean, en el amor que te da tu gente querida, en la atención que te prestan y en la que prestas tú. Y cuando seas un poquito más mayor, mira un poco más lejos. Observa los problemas que te afectan y los que no, y pon tu vida al servicio de todas las causas que consideres justas. Dedícate a mejorar un poquito este mundo que te hemos dejado sin hacer daño a nadie ni a nada. ¡Hay tanto por hacer! Con esa actitud, te garantizo una cosa: no podrás equivocarte, estarás añadiendo irremediablemente valor a tu vida si la vives desde el amor, desde el respeto, y desde la solidaridad.

¿Parece fácil, verdad?

Tanto como explicarte el mundo en unas pocas palabras. Nada fácil.

Pero aún nos quedan páginas, aún cartas, aún esperanza... :)